miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nuevo Mundo

Hubo un día en el que el molinero tuvo que cerrar el que, durante unos cinco años, fue su hogar. Tuvieron lugar una serie de cambios en su vida, algunas retales de tiempo difíciles de ensamblar. Por ello, decidió que su etapa amasando ideas en su viejo molino había llegado a su fin. Sin embargo, una noche alzó la vista...

Y le encantó lo que pudo ver. Como cada día, cuando el sol se pone, la noche organiza un tapiz de luces. Una serie de elementos que el hombre lleva contemplando desde el amanecer de sus tiempos, deseando poder tocar aquello que lucía en el cielo, que brillaba con esa intensidad. Entonces descubrió que la luna tiene fases, y aunque en ocasiones la luna es nueva, es sólo la introducción a una luna llena.

Sin titubear, el molinero se levantó del suelo, y tomó una serie de decisiones. La primera de estas consistió en exiliar de su alma cualquier cosa que no se pareciera a una sonrisa o a una lágrima. En realidad, a veces es tan necesario llorar como reír. Todo depende de si se quiere liberar tristeza o alegría. Y ni eso. Simplemente a veces es preciso drenar el alma, y en otras, cubrirla de suaves pieles.

La segunda, fue negarse a darse por vencido. Aunque la vida tenga momentos difíciles, otros han de llegar, porque el tiempo es eso: la secuencia ininterrumpida de momentos, escenarios donde poner en valor todo aquello que hemos ido aprendiendo a lo largo de los años; e incluso, son escenarios donde nuestra mejor sonrisa sale a actuar, interpretándose a sí misma.

Y por último: intentar dar lo mejor que haya en sí mismo en cada ocasión, en cada latido. Al final, de las malas experiencias hay que recuperar el aval, y no dejarse amedrentar por una derrota.

Y aquí estoy ahora, mirando al cielo...una vez más.

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