viernes, 14 de noviembre de 2014

Soluciones a una crisis



Esa sensación que todos conocemos. Ese momento en el que el ser humano es capaz de dar lo mejor de sí mismo y arrimar el hombro al que tiene al lado,sin necesidad de que este se lo pida. Es similar a la sensación de oír llorar a un bebé, quizás parecido a la impotencia que nos produce no saber cómo calmarlo.
Cuando vemos a alguien conocido que puede estar chapoteando en su desesperación, se despliegan nuestras alas y volamos a socorrerlo sin dudar. Y eso es algo precioso. Sin embargo, en ocasiones no somos tan...considerados, digamos, con aquellos que no nos conocen.

Este es un mundo con una crisis severa, tan arraigada en nuestra sociedad que puede extender su veneno a través de sus ramas para alcanzar cualquier plano de la realidad. No sólo la economía debiera preocuparnos. También en lo humano puede observarse una profunda desaceleración ( o así etiquetaron al principio a este fenómeno).

Para hacer honor a la verdad, las personas son más conscientes del sufrimiento cuando ellas mismas lo padecen. Por eso, ahora que casi todos necesitamos, aunque sólo sea un abrazo, es más fácil ver los destellos de humanidad en la gente. El problema reside en aquellos que aún no necesitan, porque ignoran que tal necesidad exista. 

Por eso, es importante hacer oír nuestra voz. No tener miedo a expresar lo que sentimos o pensamos. Básicamente, se trata de no dejar que un abrazo caduque, no permitir que una sonrisa se ahogue en su tintero, sino escribirlos libremente, y del mismo modo, recibirlos sin temor. Por extraño que parezca, hay todavía personas que no esperan algo que exceda a lo que ofrecen. Incluso, las hay que no esperan nada en concreto. Son esas que no crean un código de trueque en el campo del cariño; que entienden que el tiempo puede ser tan relativo como el espacio. Sí, por suerte, aún existen tales personas.   

jueves, 13 de noviembre de 2014

Las pequeñas cosas

Y ahí estaba, un niño pequeño que se abraza a la vida de la mejor forma posible:jugando. Esta tarde le tocaba surcar los mares como un pirata aventurero que se bate con enemigos que cumplen con la misma condición que su espada y su barco: están hechos de imaginación. Sin embargo, mañana por la mañana ganará con su equipo la Copa de Europa. No se queda a la celebración, porque después de comer tiene que subirse a su avión y eliminar pilotos rivales. Y es que los fines de semana dan mucho de sí.

Ahora ya ha crecido. Últimamente toma mucho en consideración los consejos de sus amigos, y se ha dado cuenta de algo nuevo: las chichas ya no son tontas, sino que producen en él una extraña sensación: ahora necesita que le hagan caso, sobre todo ella, que precisamente...ni siquiera le mira.

¡Qué feliz, graduándose en eso que siempre soñó, en el atrio de su universidad! Y a los pocos días, una importante empresa le ofrece un gran puesto directivo...no cabe más felicidad.

O sí. Sí que se puede. A los pocos años de estrenar su despacho (y de casarse con su bella esposa) va cumplir uno de sus sueños más deseados: va a ser papá de una niña preciosa. Cuando se entere su madre...

Todas estas imágenes pasaron ante sus ojos mucho más rápido de lo que se tarda en leer estas líneas. Allí, tirado en un charco de la carretera, totalmente embarrado, le costó enfocar las caras que lo miraban. Acababa de lanzarse al suelo, sin querer, puesto que acababa de esquivar en el último suspiro a una furgoneta de reparto. Es curioso, pero en situaciones como esta parece barato mancharse el traje. Se palpó el cuerpo. Estaba entero...

Y, mientras unas lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, con el dolor íntimo que nadie puede escuchar, sino que resuena con fuerza en la cabeza de uno mismo, comprendió: hay cosas en la vida, las pequeñas cosas, los pequeños ratos...que son grandes al cambio cuando cruzan la frontera del hoy hacia el mañana. Y eso...no debe ser desperdiciado.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nuevo Mundo

Hubo un día en el que el molinero tuvo que cerrar el que, durante unos cinco años, fue su hogar. Tuvieron lugar una serie de cambios en su vida, algunas retales de tiempo difíciles de ensamblar. Por ello, decidió que su etapa amasando ideas en su viejo molino había llegado a su fin. Sin embargo, una noche alzó la vista...

Y le encantó lo que pudo ver. Como cada día, cuando el sol se pone, la noche organiza un tapiz de luces. Una serie de elementos que el hombre lleva contemplando desde el amanecer de sus tiempos, deseando poder tocar aquello que lucía en el cielo, que brillaba con esa intensidad. Entonces descubrió que la luna tiene fases, y aunque en ocasiones la luna es nueva, es sólo la introducción a una luna llena.

Sin titubear, el molinero se levantó del suelo, y tomó una serie de decisiones. La primera de estas consistió en exiliar de su alma cualquier cosa que no se pareciera a una sonrisa o a una lágrima. En realidad, a veces es tan necesario llorar como reír. Todo depende de si se quiere liberar tristeza o alegría. Y ni eso. Simplemente a veces es preciso drenar el alma, y en otras, cubrirla de suaves pieles.

La segunda, fue negarse a darse por vencido. Aunque la vida tenga momentos difíciles, otros han de llegar, porque el tiempo es eso: la secuencia ininterrumpida de momentos, escenarios donde poner en valor todo aquello que hemos ido aprendiendo a lo largo de los años; e incluso, son escenarios donde nuestra mejor sonrisa sale a actuar, interpretándose a sí misma.

Y por último: intentar dar lo mejor que haya en sí mismo en cada ocasión, en cada latido. Al final, de las malas experiencias hay que recuperar el aval, y no dejarse amedrentar por una derrota.

Y aquí estoy ahora, mirando al cielo...una vez más.