miércoles, 2 de diciembre de 2015

Nosotros en Navidad: Ser y estar

Una tarde invernal de otoño, con ese frío que congela el humo de las cafeteras. Aquí plantado,sonrisa en mano, estaba esperando. Tenía esa sensación que tiene uno cuando padece de duermevela a ratos y a noches: mirar a través de las cortinas de la realidad, para intentar observar el mundo de lo soñado, el ideal de lo que deseamos. Pero con esas cortinas de seda brillante en frente de nosotros, sólo podemos intuir lo que hay detrás.

El corazón latía con la potencia de un huracán, que conforme va creciendo, va arrasando a su paso cada asomo de duda, cada momento de no saber, cada pregunta. Por eso, llegados a este punto, a las 8 de ese viernes (o jueves, o martes...al final eso es lo de menos), y a sabiendas de que en realidad no se había conseguido nada, ya lo tenía todo: tenía la suerte de disfrutar, como mínimo, de un par de horas que seguro serían un buen edulcorante para las noches más tristes.

Entonces, mientras mis ojos bailaban de unos paseantes a otros...llegó. La verdad es que no podría recordar qué llevaba puesto, porque sus ojos sonreían, y su voz me decía riendo que con este frío, nos metiéramos en la cafetería. Me pareció bien, porque había llegado la hora. No se trataba de convencer a nadie de nada, se trataba de...ester, de ser, no de parecer.

Horas. Horas al abrigo de cafés. Horas viendo cómo los niños jugaban abrigados en la plaza en torno a un árbol de Navidad. Riendo, contándonos nuestras vidas, nuestros mejores momentos sin obviar detalles, y los peores narrados en sinopsis, como el trailer de una película que más adelante sería desgranada. En un momento dado, no sabría decir por qué, me di cuenta.

Y es que desde hacía un rato nos habíamos cogido la mano mientras charlábamos. Entonces nos pareció buena idea salir a pasear, para ver el alumbrado de las calles. Íbamos de la mano...o no, no me acuerdo, porque estaba nadando en un mar de risas, anécdotas, deseos, confesiones...y pequeños planes: ir al centro a ver ese parque, o pasar por aquel cine en algún momento...por no hablar de esa
chocolatería...

Y al volver a casa, con la certeza de que una semilla gritaba crecimiento, volvía sonriente.

Y lo mejor de todo es que esto que recuerdo hoy, es algo que, probablemente, aunque no ha pasado...llenará en algún momento las páginas de lo vivido.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Tinta de vagón

Las luces de la mañana se están insinuando al cielo, como una barra de bar en la que alguien mira proponiendo un acercamiento, con esa complicidad del que sabe que será correspondido. Mientras, el frío de anoche ha ido dejando su rastro, su helada, su sombra escarchada en las lunas de los coches. Y así, voy caminando con calma hacia la parada; total, me queda tiempo para un café al llegar.

Me siento en el vagón. Veo cómo una persona mira sin cesar su teléfono. Quizás espere una respuesta...o una pregunta del tipo "¿y si tomamos café?"...o bien un "¿por qué no?". Aunque también puede ser que esté haciendo eso que a las personas se nos da también, y que la tecnología ha acentuado: repasar errores cometidos al conversar, y aprovechar la tesitura para torturarnos. Y es que, si tratáramos de decir con frecuencia lo que necesitamos, aquellas propuestas que bailan en nuestra mente...si fuéramos más benevolentes con los errores ajenos...quizás el mundo sería otro.

Al lado de una las puertas hay un chico bastante arreglado, con una mochila colgada de un sólo asa (tiene la situación controlada), con los auriculares puestos...sonriendo. Y la gente lo mira raro. ¿Por qué? ¿Por qué debe extrañarnos que uno se ría sólo? Sin embargo, nos parece lógico que alguien llore en soledad. Y, aunque creo que a veces un llanto sin aliados es una buena cura para el alma...¿no será igual de importante saber reír a solas, sin la ayuda de otro que nos haga cosquillas? Porque saber reír es a a vivir como saber dosificar el esfuerzo a una carrera: puede significar la diferencia entre conseguir lo que uno se propone o no. Es más...si eso es de locos..¿cuál es el problema?

Mmmm...toca cambiar de vagón. Una chica joven, nada más cerrarse las puertas, cede rápidamente su asiento a un señor con mucha mas edad, con ese rostro en el que el tiempo ha cincelado experiencias, y le ha dado una belleza que descansa sobre la experiencia. Gestos como este son los que, creo yo, pueden cambiar el mundo. Porque si aprendemos a ayudarnos, pequeñas obras como ceder un asiento, alcanzar algo a alguien, calan hondo en cada generación...y es ese grupo de personas el que, quizás mañana, lidere el futuro. Si han crecido con esa mentalidad, podrán desarrollarla...y construir un nuevo mundo. Vale. Es un sueño...y los sueños,,,sueños son. Pero mientras uno sepa soñar, sabrá tener esperanzas.

Cuando las escaleras mecánicas me devuelven a la superficie, y piso el suelo de la calle, lo hago reflexionando. Bajo tierra, compartiendo un pequeño espacio con personas que no conozco, y sólo observando, he podido aprender algunas cosas. Porque, en el fondo, cada personas tiene una obra que mostrar al mundo. Hay  a quien no le cuesta demasiado hacerlo...otros, por diversos motivos, necesitan ser ayudado. Y poder aprender de todos, ser capaz de destilar cada trocito de sabiduría...es un regalo que, al menos yo, trato de no desaprovechar.

Sí, me cunden los viajes matinales.

lunes, 31 de agosto de 2015

Bufón errante

La mañana era gris. Es de esas veces en las que parece que el cielo está hecho de plomo, y lentamente se derrama manchando a las nubes. El frío no era desagradable, sino más bien ese frescor que le queda al verano antes de extinguirse un año más, cuando ya ha guardado todo el calor en su madriguera, pero se ha dejado algo de aire de sus amaneceres sin recoger. 

Todavía envuelto en un saco ligero, me desperezo al son de los pájaros. Habría preferido que el amanecer fuese otro, pero una de las mejores cosas que tiene la vida es no poder elegir al gusto el tiempo, sino dejar que este te sugiera cómo comienza el día. Con todo recogido, decido seguir mi camino. No necesito más que un bastón, mi cantimplora y una canción en los labios para expulsarla en cuerpo de silbido. 

Lo mejor de los caminos es, entre la maleza, ir haciendo el tuyo. Sí, quizás me aburre que mi senda sea siempre la misma: las mismas motivaciones, las mismas metas, los mismos sueños. Prefiero ir escribiendo los sueños con la tinta que me van prestando los minutos, atendiendo los susurros del momento concreto. Además, es tan interesante mirar hacia detrás de vez en cuando como, con la misma frecuencia, desatender donde piso para admirar lo que viene.

Porque a cada paso que das y vuelves la vista, los errores que has cometido son huellas secas tapadas por la maleza que crece a tu paso. Maleza hecha de momentos vividos, como pequeñas señales que recuerdan donde pisaste, que tratan de aconsejarte que aprendas de ellos, no que te martirices sin descanso. Al final, una de las cláusulas que uno firma al ser humano es el derecho a equivocarse, el deber de levantarse.

Y cuando miras hacia delante, y ves lo que puede esperarte...siempre está envuelto entre niebla. Es demasiado fácil engañar a la intuición: los sentidos a veces son verdaderos tahúres con las cartas que el destino reparte, y donde había un cinco ahora ves una reina de corazones.Y es maravilloso poder evitar un sendero y abrir otro, y otro más, con la ilusión imperecedera que tiene el alma de un niño.

Al final, a pesar de decepciones,de chascos y de sinsabores, es recomendable seguir siendo uno mismo. A pesar del porte de un caballero, elegí la planta del bufón. Me gusta vestirme con una sonrisa, e intentar contagiarla, como una epidemia beneficiosa que te empuje a bailar. Porque compartir alegría es tan refrescante como vivirla. Habrá veces que será preciso llorar...pero ¡ssssssshhh!...es un secreto.

Esta fuente me gusta. Me voy sentar a dejar que el viento me acaricie la cara...¿y después?

¿Qué es eso de después?














miércoles, 26 de agosto de 2015

Promesas de café y cacao

- Un café con leche y un nesquik, por favor.

Cogí las dos tazas y me senté en una mesa apartada de la puerta. Dejé mi bolsa colgada en el respaldo de mi silla, y me senté a esperar. En aquella cafetería era todo fascinante. Envueltos en una nube de rock clásico, la gente charlaba animada, pero sin alzar la voz, comprendiendo que una verdad no es más cierta porque la gritemos, o porque, sencillamente, nos la callemos. Lo curioso es que todas las mesas eran parecidas: redondas, planchas de mármol desgastado que reposaban sobre cuatro patas de madera ajada. Sólo dos sillas, también de madera, con respaldo curvado en horizontal, se enfrentaban. En una, había siempre un niño, o una niña, bastante similares a los que, enfrente, escuchaban sin pestañear, embobados. Pero como en el fondo tiendo a preocuparme poco por lo que parece, decidí amenizar mi espera con un libro.

Cuando entró, lo hizo en silencio. Sólo lo rompió con un susurro, con una voz que me sonaba bastante,

- Vaya, veo que algunas cosas nunca cambian. Leyendo, ¿no?

Mi interlocutor era muy parecido a mí, pero a mi yo de 8 años. De hecho...

- Efectivamente. Soy tú cuando eras niño. Si te he citado aquí, en una cafetería que frecuentas poco, es por una razón importante. Y es que me debes varias promesas, y ambos sabemos lo importante que es dar tu palabra.

Hizo una pausa mientras bebía un sorbo de nesquik. Y entonces, con un pequeño berrete sobre el labio superior, volvió a reanudar la conversación.

- Gracias por la bebida. Como sabes, siempre me gustó el nesquik, sobre todo bien frío en una tarde calurosa como esta. Bien, vayamos al grano. Esta cafetería es, en realidad, un pequeño retal de memoria. Aquí vienen sólo las personas que han olvidado lo que se juraron a sí mismo de niños. Y siempre invitados por el recuerdo de su infancia, que es donde uno realmente se atreve a soñar con imposibles. Y cada uno la ambienta como más le gusta. Siempre te apasionaron las guitarras...

"Vengo a recordarte unas cuantas cosas. Cuando eras yo, ya soñabas con castillos y princesas. Y ya tenías una imaginación desbordante, que rebosaba por los bordes de tu corazón. Y siempre creíste que la magia existe, pero que no todos sabíamos verla. Y me prometiste -te prometiste- encontrarla y utilizarla...o dejar que te envolviera, y compartirla. Y hasta hace poco todo iba bien. 

"Pero llevas unos meses en los que parece que no lo recuerdas. Sólo quiero recordarte que sabes cómo hacerlo. Cuando eras pequeño y te caías, y te pelabas las rodillas, te levantabas y seguías jugando. Luego en casa te curaban, te bañabas, y a la cama. Y mañana una nueva aventura. ¿No ves que la vida es esto mismo? Ahora te has caído. Pero lo que te has herido es el alma, es lo más profundo de ti: tus sueños. Prueba a levantarte, a seguir jugando. Porque la vida es un juego más, donde tienes que aprender que las reglas varían según donde estés jugando, en qué momento lo hagas. Cuando salgas de aquí, quiero que abandones esa seriedad, te coloques en los labios tu mejor sonrisa, y sigas jugando. Porque cada noche puedes descansar, y seguir peleando. Aunque hay quien no te entienda, por cercano que sea; recuerda que, a veces, no encontrarás respaldo externo a tus motivos. Pero eso...también es parte del juego. Así que hazme caso...y sigue compartiendo con el mundo, con quienes quieran recibirlos, tus mejores momentos. Espero que la siguiente vez que te vea...sigas cumpliendo tu palabra.

Y es cierto. Cuando se levantó y se fue, abrí los ojos. Al parecer, sin querer, los había cerrado, en una profunda sensación de bienestar. .Había una nota. Reconocí mi caligrafía infantil. Sonreí.

"Por cierto, paga tú. Los niños no llevamos tanto dinero encima. Total, un helado vale una moneda."








martes, 25 de agosto de 2015

Esos cuerdos...¡Que se callen!

No podría decir si es de día, si es de noche, si las horas han pasado o simplemente están enredadas en las zarzas de lo cotidiano, de la rutina que pesa como el aire de una tarde calurosa de agosto. La verdad es que aquí dentro no puedo percibir algunas cosas; con los ojos abiertos no me basta para ver. Mientras trato de escuchar los sonidos del exterior, me he dado cuenta de que ese exterior está difuminado, en sepia, como si una neblina me separara de él. Aquí sólo estoy yo.

Estoy encerrado, como un recuerdo que cae preso de una canción eternamente; como una idea que se queda abandonada a su suerte en el mar del olvido; como un sueño que se quedó encajado en las paredes del desánimo. La camisa de fuerza que me han colocado a traición me queda grande, y por ello sigo estando tan "loco" (así me llaman, creo, aunque tampoco les presto demasiada atención) como siempre.

Paseo por mi celda. En realidad la conozco bastante bien, porque es mi mente: las presiones de lo que sucede, el miedo a lo que sucederá, la amargura de lo que sucedió, son tres de las paredes que ahora encierran mi espíritu. Y en realidad no es que falte una: es que sobra. Porque cuando no te apetece salir de tu prisión no es necesario que te encierren. Sin embargo, esas paredes se han levantado por sí mismas, supongo que para que pueda apoyarme en algo, o escribir algunos versos. La verdad, no tengo ni idea.

Después de un tiempo (mucho, mucho tiempo) aquí metido, me he dado cuenta de muchas cosas. Me quedé aquí dentro a propósito, con el fin de estar a la sombra del bochorno de las decepciones, la rabia o la tristeza. Pensé que el calor se apagaría, como una bombilla que, a pesar de seguir caliente cuando se oscurece, se enfría lentamente. Pero no ha sido así. refugiarme entre esas paredes que no he elegido no ha resultado como yo esperaba.

Ahora que el recuerdo de aquellos momentos de desazón; esos sorbos amargos que le dí a la tinaja del tiempo; aquellas paradas en los peajes de la vida; aquello por lo que luchaste pero que no sirvió...liberado de todo eso, la camisa se ha caído sola. No hay nada como darse cuenta de que, en realidad, la felicidad se esconde en cada uno, amando tu propio día a día, sin esperar lo repentino.

Porque lo repentino existe, claro, pero no es algo que pueda esperarse; si no, por definición, no sería inesperado, sino esperado...que tontería, por favor. Prefiero salir de aquí, seguir mi camino, y cuando ciertas voces del pasado me llamen, si ciertos personajes de mi vida eligen que es el momento de regresar...entonces estaré listo. Porque...simplemente...ya no estaré.

Así que elijo salir de aquí ya. A lo tonto, se me está escurriendo la vida, como un malabarista que avanza rápidamente con mil platos sobre las manos, y siente que se le caen irremediablemente. 

¡Anda! El sol sigue ahí. Curioso, ¿no?

lunes, 24 de agosto de 2015

Abrir los ojos antes de tiempo

6. 15 de la mañana. Abrí los ojos de golpe, con la fuerza de una estrella fugaz...y con su repentino dejar de brillar, volví a cerrarlos. Una vez más, consigo entreabrir mis párpados. Miro a mi alrededor. Parte de las sábanas cubren aún algo de mi cuerpo. Concretamente por debajo de los brazos, a la altura del pecho. Una de mis piernas asoma por el costado de la cama. Miro a la ventana...ya es de día.

Por alguna razón que escapa a mi control, tiendo a despertarme mucho antes de que el despertador cumpla con su cometido, y al igual que el, parece que mi mente no se queda dormida. Acostumbra, últimamente, a percibir el nacimiento de un nuevo día mucho antes de que lo haga yo. Y entonces me quedo tendido, con la suave pereza de despertar y saber que aún no hay que coger las armas, con la calma que grita el silencio a estas horas en casa...

Entonces medito sobre lo que tengo por delante. ¿Por qué nadie dijo que este juego no tenía reglas? La vida en sí, quiero decir. Una de las cosas que más me gustan de ella es que cada uno va configurando las reglas que quiere que rijan sus actos. Por eso hay cuestiones que no se pueden reprochar, ya que cada uno es (o debería ser) libre de elegir como quiere encarrilar su camino, por qué vías circular. Y por ese motivo trato de no cuestionar un acto o pedir explicaciones que no me pertenecen en absoluto.

Y sin embargo...nadie me dijo que las oportunidades estaban ahí. Un momento. ¡Sí, alguien me lo dijo! En realidad, muchas personas. Pero claro, es mejor no hacer caso de esa información: así, si lo que queremos lograr se resiste, podemos justificarnos con el clásico "te lo dije". Pero no nos engañemos: por cada oportunidad que escapa, dos se enteran, y se colocan en sus puestos, en los recodos concretos del camino donde deben esperarnos. Ahora bien, hay algunas que de hecho se van, pero se posicionan en un lugar más adelante, para ver, supongo, si ya estamos listos para atrevernos.

Porque atreverse puede ser el primer paso pasa fracasar, pero es un salto necesario para obtener lo que uno busca. Al final, lo que determina una victoria, es todo aquello que estemos dispuestos a arriesgar. La pequeña diferencia entre celebrar y lamentar está en nosotros: cuando se falla, depende de quedarse con lo aprendido o regodearse en el barro de lo sufrido; cuando se gana, de disfrutar paso a paso lo conseguido, o preocuparnos por su duración.

Al final, me giré, con una sonrisa. Cerré suavemente los ojos. Aún no estaba listo mi día, seguía en el horno, preparándose para mí.

Y el olor que desprende...mmmm...no pinta nada mal.

jueves, 20 de agosto de 2015

Desde los árboles

Suele sorprender la vida a veces, en cada esquina. Las personas aparecen y desparecen, cambian, se van o se quedan contra cualquier pronóstico. Es por eso que dar las cosas por hechas es como creer que por coger un puñado de arena marina estás conociendo todo el océano que la protege. Cada momento que vives es un puñado de tiempo. 

Es entonces cuando a pesar de las caídas o de los reveses de la vida te da por seguir creyendo en las personas. Cuando crees que, a pesar de lo que vives, de lo que conoces, o de lo que piensas conocer, siguen quedando en el mundo quienes se preguntan por qué las cosas son así, por qué no se pueden cambiar. Esas personas son los que pueden cambiar lo que no les gusta, porque el primer paso para transformar el hielo en agua es preguntarse cómo puede hacerse, y después, confiar en que es viable hacerlo.

Así, a través de los caminos, con el caerse y pelarse las rodillas, con la mirada cómplice ante las cosas que no funcionan, y en segundos vuelven a marchar como deberían, o cómo esperas que funcionen , se va forjando la vida, en los fuegos del día a día.

Y por esos senderos la pantera conoce al elefante. Está bien, porque cuando un camino está oscuro no está de más dejarse guiar acompañado por un montaraz, que conoce bien cada curva de la vida, cada trozo del valle, cada rama de cada árbol. 

Como digo, la vida no deja de darnos sorpresas. No se trata de esperarlas, porque eso genera una ansiedad que oscurece la comprensión, y transforma algo positivo, como lo inesperado, en algo tan negativo como la espera impaciente de lo que queda por vivir.

Y, en ese sentido, y en otros muchos, encontrar exploradores que te acompañen en tus pasos, que se embarquen en tus proyectos, que canten a tu lado contra las dificultades es siempre una buena noticia. Porque al final, entre tantos colores de cordura, donde la locura y la imaginación se abren paso a través de pequeños espacios, los buenos momentos son bien recibidos siempre.

Porque, en esencia...no todo está perdido. Y las buenas personas...existen.

martes, 18 de agosto de 2015

De lo que guardas y de lo que no

Mientras se consume el sol, como una vela que va agonizando sin que nadie pueda ayudarla, las estrellas y las sombras, las luces y la oscuridad, van cogiendo sus instrumentos, para actuar como cada noche. Los grillos y aves nocturnas comienzan sus ensayos, al ritmo que marca la brisa rasgando suavemente las hojas de los árboles, para deleitar a propios y extraños: pasen y vean.

Y observando esto, abro el almacén de pensamientos, y me dispongo a guardar cada sensación, cada deseo, cada momento del día. Incluso en un reloj, donde una hora en un día y la misma al día siguiente se marcan igual, cada retal del tejido del tiempo es distinto. Así que voy a mirarme en los bolsillos, para ver que tengo que guardar hoy.

Son reflexiones, divagaciones en color sepia, sin carta de ajuste, puesto que no puedo ajustar nada. Como nunca fui de cartabones, reglas y escuadras (sí, me gusta navegar a pelo, no le veo sentido de otra manera), saco todo revuelto, sin orden ni leyes fijas. Porque me he cansado de seguir ciertos patrones, ya que ser estricto con eso me ha demostrado que la vida va moldeando tus esquinas...y eres tú quien debe saber cómo encajar esos retoques.

Anhelos y deseos...en realidad no he encontrado demasiados. Simplemente, quizás, el hecho de intentar cada día ser mejor en cada campo que tengo batallar. Porque el deseo de algo concreto ahora se me antoja abstracto, ya que no tengo un puerto decidido. Pero sí el rumbo, un camino que hace tiempo fui aplazando, como quien pasa cerca de la verja repetidas veces, pero piensa que ya, si eso, mañana.

Pero muchas sensaciones. Observaciones, no juicios, que me han llevado a saber qué quiero ser y qué no. Todo lo que aprendo cada día del resto, de todos (puesto que cada gesto, cada acto de cada persona, encierra siempre una enseñanza), lo asimilo poco a poco cada noche. Y tengo claro que no quiero ser alguien que sea capaz de cualquier cosa. No cuando eso entrañe un dolor innecesario a otro. Las ansias de medrar, a veces, se juntan con malos compañeros, y forman una pandilla con la insensibilidad, la falta de empatía, la ausencia de cariño. Y no quiero que me acepten en esa tribu,

Veo cómo las personas, sin querer, se someten a caprichos o directrices de terceros, olvidándose de la primera persona, el "yo", que a veces tanto descuidamos. Porque no se puede levantar a alguien que sufre si quien agarra sus brazos está tendido en el suelo. Para hacer feliz, es preciso ser feliz primero, o serlo haciéndolo. Si no las cosas se vuelven más oscuras.

Lo último que dejo en el almacén, esta noche, es una sonrisa perdida. Una sonrisa que se fue a descubrir el mundo, se sintió sola, y no sabe regresar a casa. Una sonrisa que me encontré en mis recuerdos, que recogí muerta de frío, y que ahora descansa intentando recuperarse. Sin embargo, la he dejado tapada al fuego, para que tenga luz y calor.

Y con esto, bajo las persianas. Tengo una amante en la cama, bajo las sábanas, pidiendo que me tumbe a su lado. Y la soledad es impaciente; creo que será mejor hacerle caso.

lunes, 17 de agosto de 2015

Entonces me iré

Entonces, sí, me iré. Sólo cuando no quede un sueño por el que pelear. Por pequeño que sea, porque valorar algo por su tamaño es menospreciar lo que esconde, que a menudo, es lo mejor de sí. Incluso cuando hay nubes en el cielo, este no deja de estar ahí. Y a veces el mejor camino es la paciencia, teñida de perseverancia, pintada de esperanza.


Entonces, sí, claro, me iré. Sólo, eso sí, cuando se hayan acabado las cosas por cambiar. Hay que comprender que la vida es un constante ocurrir, es un cúmulo de circunstancias que condicionan lo que ocurre a su alrededor. Porque no hay dos minutos iguales, y el anterior no deja pistas sobre el siguiente. Tirar la toalla, rendirse, es cerrar los ojos a lo que vendrá. Sea bueno o malo, es recomendable continuar caminando.

Entonces, cómo no, me iré. Claro está, cuando luchar se torne innecesario. Y es que, en ocasiones, uno puede llegar a creer que no aguardan más batallas. Y no. Cada día es una nueva etapa. La suerte necesita de valentía que se sacuda el miedo a perder, y tenga claro que la derrota es una posibilidad...pero reversible.

Entonces marcharé. Cuando el tintero se derrame sobre el suelo del olvido y, con él, se desparramen todas las ilusiones. Al final, ilusionarse con volar es el primer paso para batir las alas. Siendo consciente de que el suelo es donde pisamos, nunca pierdo de vista el cielo, porque al final es donde debe brillar el sol.

Eso sí. Me iré. Pero no para siempre. Sólo me iré a preguntarle a la soledad dónde estoy. Si he perdido los sueños, entonces tejeré unos nuevos, acorde a lo que quiero, acorde a lo que busco. En realidad, hay quien decide que la grandeza de los sueños se basa en algo enorme, lejano, y a veces están tan cerca que no les damos la calidad de "sueño".

Iré a seguir buscando aquello que necesita cambiar. Pudiera parecer que los cambios ya no son necesarios, y sin embargo, para bien o mal, siempre existen oportunidades por mejorar, `por aprovechar por vivir.

Iré a recuperar mis armas, a encontrar nuevas batallas. El mismo hecho de querer sonreír es, ya en sí mismo, es una pelea sin cuartel. Pero, a veces, el camino, en su aridez, nos intenta demostrar que ya no es posible ser feliz, y por tanto, que la rendición es la cura. Y, no obstante, siempre hay una etapa más. Pero hay que saber enfrentarse al dolor y la tristeza para no caer en las trampas de la desesperanza.

Y si la tinta se cae...la recogeré en nuevos versos. Si se acaban las esperanzas, plantaré nuevas, con un tronco más fuerte, y más nudoso.

Así que...dudo que me vaya entonces.

jueves, 13 de agosto de 2015

Cierra los ojos. Abre tu mente.

Cierra los ojos. Vamos, inténtalo.Sé que no es fácil hacerlo...y sí, ya sé lo que estás pensando. Que puedo verlo todo demasiado fácil, que la vida que he tenido ha sido clemente conmigo, que me ha enseñado con la dulzura de un maestro sonriente...y creéme. No todo el camino ha sido sencillo. Porque al final todos tenemos nuestros baches.

Sí. Los senderos que riegan la vida son demasiado oscuros a veces. Porque los golpes, seguidos, unos detrás de otros, acechan como aves carroñeras, huelen el aroma de una alma que se pudre de dolor, de pena. Y entonces atacan. Además, no todo el mundo va a tratarte como tú lo esperas, como tú pretendes tratarlos a ellos. No. Hay maldad, sí. El odio es un hecho cotidiano, la mentira, la capacidad de reírse de quien más sufre...incluso la crueldad, huérfana de piedad, se endurece hasta llegar al punto de vender sonrisas, de regalar como algo vano los momentos.

Pero la vida esconde sorpresas. Siempre, hacia delante, existen algunas cosas que nos aguardan. No quiero engañarte. Lo que esos regalos del tiempo están esperando es alguien que llegue hasta ellos. Incluso aunque sea a gatas, pero avanzando. Porque luchar contra cada minuto es tan inherente al ser humano como tener miedo. Ah...el miedo, ¿verdad? Claro, es un fantasma de alargadas garras que nos apresa, nos retiene. Tira de la camiseta hacia detrás cuando queremos lograr algo. Pues que la rompa. Tampoco es preciso llegar vestido. Lo realmente importante es caminar, descubrir que cada día es una oportunidad de ser feliz.

No soy más sabio que tú. De hecho...seguramente lo sea menos. Pero puedo imaginar lo que puede hacerte llorar. ¿Desamor? Recuerda lo que vales, que tienes un destino y un tiempo que te son propios, y nadie puede robártelos. No pierdas la esperanza. Todos tenemos algo que ofrecer, y a veces, es mejor ser compañero de la soledad, de la que aprendes una gran multitud de cosas, que compartir tu piel con alguien que, sencillamente, no puede o no quiere valorarla. ¿Alguien se enfadó? Perdonar es una habilidad necesaria, puesto que todos erramos. Y a pesar de los defectos que pueda tener, un diamante sigue siendo un diamante. Y cada uno de nosotros lo somos.

O, quizás...¿Oportunidad perdida? Piensa en lo que has aprendido. Si has luchado por ella, enhorabuena. Porque sólo te queda asimilar qué has sacado en claro de tu experiencia. Si no luchaste...bien, a veces el cansancio hace mella en nosotros, pero lo bueno de este juego es que puedes seguir lanzando tus dados.

Así que...cierra los ojos, ahora que respiras mejor. Bien...siente el silencio. Escucha tu corazón, para ver qué deseas. Ahora...pon a trabajar tu mente. Que elabore el itinerario para conseguir aquello que necesitas. Y ahora...simplemente... sonríe.

Eso es.

Sigue buscando tu camino. Mejor aún. Sigue creándolo.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Despertar: las tres sonrisas

Suele decirse que cuando uno despierta es porque abre los ojos. Consiste, supongo, en afrontar la realidad a través de los sentidos,que se nutren de estímulos como un olor, un sonido, un fotograma a los ojos. Y digo supongo porque no lo sé. Es curioso, pero quienes decidimos que la locura consiste en desafiar a los sentidos y a la realidad, solemos vivir en otra frecuencia. En la misma realidad, pero sintonizando sus ondas a través de otros medios.

Por ejemplo. Esta noche he cerrado los ojos unos momentos, tan largos como para parecer que dormía, tan breves como para no hacerlo. Y entonces he vuelto a ver a través de ella: la imaginación. Esa maravillosa capacidad que se me perdió en los bolsillos del tiempo durante una temporada, hoy se ha posado de nuevo en mis párpados. Ahí es cuando he comenzado a pensar de verdad: en lugar de buscar la lógica de los problemas, me he atrevido a soñar soluciones acordes a mí. Porque al final los problemas, tan personales como la voz o la huella dactilar, siempre esconden una solución igualmente adaptada a nosotros: la cuestión es saber entender el juego, despegar la tapa del problema en cuestión, y buscar dentro. El problema en sí no es mas que el disfraz que se pone la solución para retarnos, y así conseguir que aprendamos. Primera sonrisa.

Después he abandonado el camino para rodar colina abajo. Y allí, junto a mí, rodaba la locura. Esa vieja amiga que ya echaba de menos. Porque, cómo es la cordura a veces, ¿verdad? Suelo creer que la cordura, tal como la entiendo, es el maestro racional, que nos aporta lecciones, pero que nos impide sentir más allá de lo que vemos. Si no, ¿de qué color es una oportunidad?¿A qué sabe un recuerdo?¿Cómo huele una ilusión?Ahí aparece la locura. Igual de personal que la imaginación. Para mí, las tres son sensaciones cambiantes: el color, el sabor y el olor de ellas se llama "depende". Y consiste en la actitud que cada uno demuestre ante ellos: querer aprender, disfrutar o simplemente alegrarse; aunque también puede ser dolor, angustia o tristeza. Es nuestra actitud la que define nuestras percepciones, y no debe ser al revés. Segunda sonrisa.

Finalmente, me abracé a la esperanza. Al final resulta que Pandora, en un descuido, la había encajado al fondo de la caja, y por eso no la veía. Puede parecer que se ha perdido, que ya no está, que se marchó de crucero con la amargura a través de un mar de minutos interminables. Sin embargo, cuando uno se carga de sus mejores intenciones, cuando quiere ser noble, y sobre todo, es fiel a sí mismo...acaba pudiendo verla. Tercera sonrisa.

Así, cuando abrí los ojos, tres sonrisas me esperaban al despertar. Con esos motivos, es absurdo no ser feliz.

Aunque a veces la vida tienda a ser cuesta arriba, después vuelve un llano. Quizás no sea cuesta abajo del todo aún, pero es que bajar mucho también puede cansar. Lo importante es subir despacito, disfrutar de un camino ligero...y después seguir caminando.

Desperté.


lunes, 10 de agosto de 2015

Bajo las estrellas

El mar estaba en calma. Por primera vez en tiempo, el barco se suspendía ligero sobre una balsa de agua tranquila. Y es que, al final, lo mejor ante cualquier situación es aceptarla; eso proporciona la mayor serenidad posible. No obstante, la nave se balanceaba, ligeramente, con la madera emitiendo breves suspiros, crujiendo levemente. El movimiento, pausado, era más propio de una cuna que de un mar bravío. Y la vida es tan bravía a veces...

El capitán pensaba apoyando su espalda en el mástil. Con las manos entrelazadas, observaba las aguas. Aunque pudiera parecer irónico, le era más fácil navegar cuando las olas azotaban su nave, cuando podía medir sus esfuerzos con una tormenta devastadora. La adrenalina venía a verlo con la locura y la pasión de la mano, haciendo que olvidase riesgos o posibles naufragios. Porque al final, en lo más profundo de ser, entendía que prefería vivir la vida de tú a tú, no esperando a que esta fuera marcando su camino.

Pensaba en cómo había afrontado las expediciones: una sola gota de esperanza, una pequeña señal pegada en el fondo de la botella, era suficientes motivos para levar anclas y zarpar. El éxito o el fracaso a veces van encadenados, pero lo importante es la ruta elegida, lo aprendido en ella, lo que se experimenta. Además, una aventura no se da por imposible nunca (¿Imposible?¿Qué es eso?), porque al final los cañones tienen más pólvora para disparar.

Sin embargo...meditaba sobre cómo necesitaba ahora un faro. Sin querer, aunque había dejado el timón desamparado, el propio rumor del mar lo había mecido hasta su destino. Una de esas islas que uno pisa esperando caer en una zanja o aparecer colgando de un árbol súbitamente en cualquier momento. Al parecer, era inevitable.

¿Pero quería evitarlo? Su espíritu aventurero se negaba a desaprovechar la oportunidad de realizar una locura; pero se sentía sólo sin señales, sin un fulgurante chorro de luz que le marcara el camino. Al final, las situaciones y los propios demonios pueden ocultar esa iluminación, y es preciso recibirla para poder continuar.

Porque dar todo perdido es el primer paso al fracaso; cualquier situación puede revertirse si uno quiere. Fácil quizás no sea la palabra, pero la dificultad es algo fugaz si uno quiere verlo así. A pesar de haber sido apeado de una aventura, nada se pierde si uno es capaz de recordar y luchar: la memoria y lo aprendido son a fin de cuentas los mejores mapas posibles.

Así que con una expresión rara, se levantó del suelo. Sacudió sus manos y se colocó en proa, acariciando la balaustrada de madera desgastada. Su mirada, tan fija como siempre, con la misma intención de escudriñar el horizonte, seguía mirando las estrellas.

No hay señales. Pero hay estrellas, y navegamos bajo ellas. Así que...no hay más remedio...

¡Avante toda!

sábado, 8 de agosto de 2015

¿Qué pedirías?

Los sonidos de la vida, del día a día, pueden presentarse de diversas maneras. Algunos son como susurros del viento, y para percibirlos hay que prestar atención, evitando caer en las garras del ruido. Otros, sin embargo, son pronunciados de forma clara, con voz cálida e insistente, con la misma serenidad de un mar en calma. También pueden ser gritos, que nos llegan directamente, siendo necesario detenerse un momento a interpretarlos. En fin, hay una gran variedad, y quizás eso sea una de las cosas que hace la vida una experiencia interesante. 

Sin embargo, me he dado cuenta de algunas cosas con el paso del tiempo. Y es que sentimos una serie de necesidades que escondemos. Puede ser el miedo, puede ser el orgullo, la actitud de mostrar ante el mundo que nosotros somos fuertes, que no precisamos ayuda ni regalos de nadie. Entonces el ruido cobra poder, porque se generan una serie de matices que distorsionan lo que debería ser una melodía clara, un diálogo tranquilo entre nosotros y la vida.

Muchas cosas podrían solucionarse pidiéndolas. El transcurrir de los días, de los momentos, va enseñándonos cómo una persona se siente desamparada por no pedir ayuda a tiempo; cómo alguien deja escapar, exhausto, un sueño, porque no acertó a alzar la voz. En ocasiones los problemas no son más que soluciones que no dejamos entrar.

Y esto es lógico, en realidad. Porque abrirnos a soluciones que no conocemos es, en esencia, desnudarnos ante lo que ignoramos. Por ello nos puede dar miedo caer, o si ya hemos caído una y mil veces, no poder seguir caminando. Claro, el miedo es una sensación demasiado humana, y nos acompaña desde el nacimiento, con el miedo a probar el mundo, hasta la misma muerte, cuando lo que nos aterroriza es abandonarlo.

Por eso hoy me pregunto: ¿Es sabio arriesgarse? No sé si lo será, dado que, en el fondo, no sabemos nada. Lo que sí sé es que para comprender el mar y disfrutar de lo que esconde es necesario lanzarse a él, y pelear cada día por navegar. Las estrellas pueden esconder un sinfín de secretos, pero no podemos averiguarlo sin desplegar las alas (que todos las tenemos) y volar hacia ellas. 

Habrá ocasiones que el ruido venga de nosotros mismos; de aquellos que nos acompañan; desde fuera, desde arriba...de todos lados. Pero las mejores cosas de la vida, además de carecer de definición exacta, no se perciben con los sentidos, sino con el alma. Y pretender encontrar el Edén, o el Dorado, sin echar a andar, sin luchar, sin exponerse al dolor...y a pesar de hallarlo, seguir perseverando...es intentar hacer artificial lo que precisamente nos hace humanos: aquello que transmitimos y escapa a los sentidos.

Por eso, pregúntate. ¿Qué pedirías? ¿Qué quieres? Que no te importe dar un paso atrás o hacia delante: en la vida, el avance siempre es relativo. Y ante todo, salta sobre el miedo, porque detrás de él, te espera tu camino.

Ruido. Ignóralo. Lo mejor, desde luego, siempre comienza una y otra vez.

jueves, 6 de agosto de 2015

Estrella fugaz

Cuando era niño solía quedarme hechizado mirando el fuego. No sé, quizás en su crepitar, en sus chispas, en sus llamas esperaba escuchar algunas explicaciones que no conseguía obtener de otro modo. Recuerdo rascarme los ojos, y seguir escudriñando su brillo con atención. Y cuando conseguía desviar mi atención, me parecía sentirme más en orden con mis pensamientos.

Algo parecido me sucedía (y me sucede) con el río. Cerrar los ojos para abrir los del alma, y tratar de fluir con el agua, cuando a veces la vida se me estanca con los escollos que ella misma va pariendo. Es buscar caminos en movimiento, destinos que me aguarden a cada meandro, para al fin encontrar mi mar.

Pero hay algo que aún hoy me sobrecoge más: un cielo estrellado. Porque en el mapa de las estrellas, donde cada uno puede ver cosas distintas si apaga los sentidos, pienso a veces que hay senderos simulados, reflejos de la realidad. Algo así como si las estrellas fueran sucesos, hechos o misiones que uno debe llevar a cabo, conectando momentos que finalmente formen una constelación. Hay quien cree predecir lo que sucederá con el baile de una moneda, con su caer; otros, miramos el cielo buscando estrellas fugaces.

Lo peor de todo es cuando no sabes qué pedir. Me siento como un niño (en realidad, nunca dejé de serlo) que está en las rodillas del Rey Mago, y cuando este le pregunta qué es lo que quiere como regalo, duda. Porque en principio va a pedir los típicos juguetes de moda...pero reserva para el final algo que desea de verdad, en un juego retórico perfectamente estudiado: si te vas a olvidar de algo, que no sea de esto. Te lo diré al final, y así fortalezco su recuerdo.

Y obviamente, hoy sentía lo mismo. Porque mientras pensaba, trataba de enumerar mentalmente todas aquellas cosas que me gustaría lograr. Y sin embargo, como en una conversación entre dos viejos amigos, tanto la estrella como yo sabíamos cual era el final. Qué era eso que yo pedía.

Hay deseos que se nos antojan imposibles. Para alguien como yo, que eternamente ha creído en que llamar a algo "imposible" es sólo un reflejo de cobardía, o un velo para no reconocer que no queremos luchar...es raro pensar que algo no sea susceptible de ocurrir. He pensado siempre que el esfuerzo, la dedicación, la confianza, la fidelidad a los propios principios y la voluntad de hacer algo, son siempre columnas sólidas de un altar donde convertir lo imposible en posible; de ahí, con ilusión, muda a improbable, para vestirse de poco probable...probable...y finalmente conseguirlo.

Sin embargo, hay noches más oscuras que otras. Hay estrellas fugaces que parecen tener una luz opaca. Tela negra y gruesa que oculta las señales. Y es curioso: a pesar de no temer a caer, de que no me importe pelarme las rodillas una y mil veces...no veo ese brillo. Será que, cuando la ilusión se somete a examen durante demasiado tiempo, comienza a conseguir peores notas.

Tengo por seguro, hoy día, que la imposibilidad y la posibilidad son sólo nombres, no estados de la realidad. Porque para construir ese altar, para llevar a cabo ese juego de chistera...sólo necesito un punto de apoyo. Porque sigo confiando, a pesar de todo, en que salvo la muerte, cada situación vital se puede revertir. Sólo basta sentarse con calma, sacar papel y lápiz...y comenzar a imaginar.

Si el fracaso tiene que encontrarme, prefiero que lo haga mientras camino. Pero al menos, cuando me entregue a los centinelas de la derrota...que sea honesto y diga que, a pesar de todo, luché hasta el último suspiro.

Hoy vi estrellas fugaces...y quiero seguir su camino.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Señales

Puede haber caminos. Sí. En el caprichoso baile de segundos, minutos y horas que es el tiempo, hay ocasiones en que aparecen ante nosotros caminos. Lo cual no significa que estos sean fáciles o difíciles. Siempre he creído que las situaciones son maleables, neutras al principio, puesto que siempre van a arrojar una serie de aspectos positivos, y otros negativos. Es la persona que se enfrenta a esas situaciones quien debe tratar de facilitarse las cosas...o ponérselas aún más difíciles.

Y a pesar de la dificultad...tiendo a pensar que la imposibilidad no es más que la improbabilidad disfrazada para asustarnos. Porque al final nada es imposible. Y todo es imprevisible. Por suerte, la vida no es una ciencia que pueda medirse en unidades, porque...¿Cuántos litros tiene un abrazo?¿Cuánto pesa una sonrisa?¿Y metros un buen momento? En realidad, y por esa incapacidad de reducir la vida a unidades racionales, no se deben eliminar posibilidades. Porque como digo, todo es posible.

Podemos intentar engañarnos. Claro, es muy común. Tenderle trampas a lo que sentimos trucando las percepciones. Sin embargo, hay algunas cosas que no podemos discutirnos. Y es por el simple hecho de que están. El destino juega a los dados, en una partida donde su mano siempre es tan poco predecible como caprichosa. Tiende, además, a ponernos a prueba: renuncia a ese dado, que no te hará falta...y al obedecerlo, a veces, descubrimos que dos jugadas más adelante habríamos tenido un póker.

Por eso precisamente nunca supe decir adiós. He preferido un "hasta pronto", siempre, por dos motivos: en primer lugar, porque "pronto" es igual de relativo que "tarde", es nuestra ansiedad o deseo quien elige un nombre u otro; en segundo lugar, porque hace tiempo decidí no ser más listo que el destino, que siempre me ganará nuestra partida...y no puedo aventurar qué puede depararme.

Prefiero seguir sobrevolando, con más o menos plumas en las alas, confiando en que al final las personas  tienen un buen corazón, pero con demasiadas intervenciones quirúrgicas, con demasiadas heridas que, al ser cicatrices, señalan cómo funcionó el pasado.

Esperando señales. Porque eso sí puedo asegurarlo: si distingo un destello, una voz, una sonrisa...un sólo gesto...me lanzo en picado. Total, para levantarme siempre hay tiempo; pero para arriesgarse las oportunidades siempre, siempre, siempre...son únicas e irrepetibles.

"Yo seguiré mirando al cielo..."

martes, 4 de agosto de 2015

No son molinos: son gigantes.

La mejor manera de comprender un naufragio es analizar sus restos. Cada madero que ha quedado flotando a la deriva puede ser un recuerdo: es posible dejarlo eternamente a su suerte, o bien, coger uno de aquí y allá, repararlo, y volver a utilizarlo.

Lo único que puede saberse con certeza, tras una tormenta de sangre y arena, es el estado en el que uno mismo se encuentra. Y es curioso. Los valores que siempre he tratado de defender siguen intactos. Tiene quizás alguna mancha en las urnas que los protegen. Pero su esencia se mantiene inmaculada.

Hablaba de tormentas. Durante mucho tiempo me he visto inmerso, como casi cualquiera, en una nube de confusión, golpes y bailes con el viento bravío, nadando en aguas tan incontrolables como los momentos que la vida te pide vivir. Y pasan los días. Las semanas. Los meses.

Y sólo me queda algo: mi alma. Para mí (aunque no me guste ponerle nombres a según que cosas, puesto que es el principio de limitarlas), el alma es el conjunto de todo aquello que cada uno tiene, pero que no se puede calibrar o medir. Es el libro donde están escritas las ideas o los sentimientos que rigen nuestros pasos, el frasco que esconde el olor de todas nuestras emociones.

Y al mirarme en ella...sigo viendo los mismos colores. La locura, entendiendo esta como un modo de vida bastante extraño que  permite saborear algunos matices que una rígida cordura no dejaría filtrar. La incapacidad para rendirme, porque una victoria no puede ser completa si uno para de luchar, y las derrotas duelen más cuando vemos que nuestras manos no se han manchado de minutos útiles.

Observé también que mi libertad seguía gritando, que me exigía que la escuchara. Vi como la cara de un niño me pedía que no me olvidara de disfrutar de correr junto a ellos como uno más. Los ojos de una pantera me miraban desde unos arbustos, con la seriedad y la firmeza de un maestro, expresándome que la única manera de vencer es seguir en el ruedo.

Al final, a pesar de amarguras, de olvidos a los que nos negamos, de los reproches que le hacemos a nuestra vida...lo importante es luchar por lo que uno quiere. Negarse a uno mismo la existencia de un deseo, de un propósito, aunque el aval sea un miedo o el dolor...es dejar en bancarrota a nuestra alma.


lunes, 3 de agosto de 2015

Cuando la arena quema, espada en mano

Puedo escuchar la frescura de mi cubículo, sentir en la piel los gritos del público. Paladeo amargamente la oscuridad que me envuelve, que puedo oler. Veo el espeso olor del miedo. Mis sentidos se han vuelto locos...no, eso estaba bien. Se han vuelto cuerdos.

Mi lanista, que me prepara para la batalla, me insiste: "Has demostrado una y mil veces que no hay derrota que te venza, no hay victoria que te derrote. Sólo se tú mismo." Es fácil de oír; casi imposible de creer. Atrás quedan esos días de gloria. Donde todos mis malos pensamientos se agolpaban en las gradas gritando mi muerte...pero no dejaba verdugo que me sometiera. Mis armas, esa fe en mi mismo; la sonrisa; la capacidad de soñar; y mi añorada locura...están al borde del óxido.

Oigo la bocina. Es el momento. Ciño la tira de cuero que cubre mi cintura, que me separa entre lo que comprendemos por "desnudo" y "vestido". Desgraciadamente no llevo más armadura...no sé donde está ni siquiera el escudo. Cojo mis armas. Respiro hondo. Inhalo todos los buenos momentos, todas las sonrisas de aquellos que hicieron de mis combates victorias redondas. Pero entonces...

Siento la punzada de dolor. Ardiente, algo me está quemando la sangre. Veneno. El dardo me ha acertado en el brazo derecho. Se me cae la alegría de la mano. Vuelvo a empuñarla. Pero sé lo que ocurre: parece que el pueblo quiere espectáculo.

Con la boca seca comienzo a caminar hacia la arena. Oigo sus risas, sus insultos. No importa, estoy acostumbrado. Sólo peleo para poder pagar el honor en el que quiero vivir. Piso el suelo polvoriento. Las plantas de los pies me arden: sabía que la vida quemaba, pero no hasta ese punto. El sol me ciega, y no veo más que sombras y destellos. El veneno comienza su labor. Cuando llego al centro y me niego a saludar con pleitesía al tiempo, siento un nuevo pinchazo; este ahora ha perforado mi muslo izquierdo, y me tambaleo. Hoy los fracasos se lo están tomando en serio.

Siento cómo me atacan cuatro leones. Cuando el primero salta hacia mí, lanzo una sonrisa afilada y consigo cortar su cuello, y cae desplomado. Por la espalda avanza el siguiente, y su zarpazo me rasga la piel. Siento la cálida sangre manando en río, y me giro y lo atravieso con mi locura. "Tú no me falles".

El tercero de ellos intenta morder mi mano, pero esta vez estoy atento, y mi alegría consigue cortar su garganta, e incluso en el mismo movimiento, segar la vida del siguiente. Tambaleándome, trato de mirar hacia el público...pero...

Por la espalda. Como más podría dolerme. Una flecha se incrusta en mi cuerpo. Abro los ojos. No esperaba esto. Siento como se me nubla la
visión aún más. Cómo el público estalla de júbilo. Tanto tiempo esperando mi derrota. Caigo de rodillas en la arena. No siento ya su calor. Mientras noto que mi mente está en las montañas, a la sombra de un castaño, en casa...me desplomo como un cuerpo inerte en el suelo.

"Oigo voces. Algo me está sacando del combate. No puedo distinguir el qué. Pero un grupo de personas están llevándome cogido. No puede ser que haya perdido. Es imposible. Es injustamente imposible. Quiero una lucha de igual a igual, sin trampas, sin artimañas: uno contra 100, pero sin torturarme antes. "

Y no despierto. Sigo tendido en el suelo, mientras puedo escuchar las voces apagadas de alguien.

Y no despierto.








domingo, 2 de agosto de 2015

El Espantapájaros

Sobre suelo yermo se alza con sus cuencas vacías, armado con una mirada punzante. Su pelo pajizo ya se ha secado, envejecido por los constantes vaivenes del tiempo. Su postura es rígida, insensible, acostumbrado a que un millar de cuervos se posen sobre sus brazos. Y cubre su cuerpo inerte una ropa remendada que no logra ocultar su desnudez.

Puesto al sol, esos ojos sin visión quedaron cerrados. Los constantes destellos burlones terminaron por arrancarle la vista. Hace años, era capaz de percibir no sólo imágenes con ellos, sino incluso sensaciones, pensamientos o intenciones. Pero  hay ocasiones en las que la luz de la realidad y las sombras de lo posible generan un fogonazo conjunto, y terminan por matar la visión.

El pelo, ahora marchito, antes se dejaba acariciar por el viento, Se fundía con él en una danza suave, como dos bailarines cuyos pasos, improvisados, casan sin problema. Pero el tiempo logró atrofiar su elasticidad. consiguiendo que su movimiento hierático sea capaz de congelar una sonrisa candente.

¿Y el cuerpo? Hace tiempo era capaz de realizar complicadas posturas cuando la situación lo merecía. Podía ejecutar el salto y la caída que los minutos concretos de cada momento parecían exigirle. Más o menos acertado, sabía cómo debía moverse y cómo debía levantarse. Sin embargo, falto de motivación, decidió quedarse así...varado.

¡Por no hablar de sus ropas! lo que hoy son remiendos, fueron en su día bellas prendas que cubrían de una forma especial sus formas: porque eran sonrisas que, si uno se fijaba bien, dejaban pasar la luz positiva que permite ver lo que se esconde en el fondo. El problema es que las sacudidas de la lluvia, ese calabobos que parece no mojar pero empapa, fue destiñendo los vivos colores, sepultándolos a un gris inmudable...y realizando agujeros necesitados de agujas.

Y así esta el alma. Varada sobre un corazón de secano, que necesita que lo rieguen, que precisa de una señal adecuada para abrir los ojos, esbozar una sonrisa, desanclarse del suelo, y quitarse las grises vestiduras.

Porque a final, en un alma que aspira a ser noble, cabe la comprensión y la capacidad de reinventarse y caminar. Es más, caben 100 niños que sonrían y cojan una mano para correr a jugar, pero no hay sitio para un sólo juez.

Mientras tanto...sigue lloviendo sequedad. Y sigue la polvareda en el camino.

sábado, 1 de agosto de 2015

Carta a Campanilla

Buenas noches, Campa:

Me gustaría dirigirte otra clase de palabras. Esas que normalmente arrancabas de mis cuerdas vocales en las noches de tormenta, cuando el barco vibraba y, calado hasta los huesos, con el peso de segundos vacíos sobre los hombros, tenía que arrastrar la nave hasta lugar seguro. Sin embargo, noto como el sabor avinagrado de los momentos recorre mi garganta, desfigurando mi voz entrecortada por el veneno.

Parece que se me ha caducado el polvo de hada. Y en qué momento. Me encontraba volando sobre el arco iris, descubriendo nuevas y bellas formas, sueños y retos por descubrir...cuando empecé a caer. Y atravesé bancos de nubes, manadas de aire que trataban de agarrarme...pero no podían. hacer nada ya por mí.

He caído en un oscuro bosque donde no cabe ni un sólo rayo de sol. Aquellos destellos ambarinos que antaño me sonreían se fundieron con la niebla del olvido. Y no podía moverme, porque cada opción me parecía peor que la anterior. Y es que no hay nada peor como querer volar y no ser capaz; como intentar caminar y no querer hacerlo.

Fríamente repaso mis opciones. El problema siempre es el mismo. Aunque quiera volar me falta que me espolvorees con tus labios nuevo combustible, pero esa magia no me pertenece. Y nunca he sabido robar. Pero en cambio, no puedo caminar, porque mis ansias de volar no me lo permiten. Cambié mis pies por alas, y ahora que no vuelan, me tropiezo y me caigo.

Sé que mis palabras tal vez nunca lleguen a ser leídas por ti. Pero a pesar de todo quiero agradecerte que me hayas enseñado que por encima de lo que vemos siempre hay más.

Espero que, cuando salga de este bosque, en mi nuevo y último rumbo...encuentre paz.


lunes, 20 de julio de 2015

La canción de la Luna Llena

El arrullo del viento balanceaba la embarcación. Las estrellas crepitaban en el firmamento, y hacían que el mascarón de proa se ruborizara en destellos. Las velas plegadas coronaban el mástil, descansando de un largo día llevando al barco en volandas, que se deslizaba suavemente sobre el mar. Y allí, sentado sobre su nave anclada, descansaba el pirata.

Pensativo, miraba sobre la cubierta. Estaba en medio del mar. Una masa de agua cristalina a ratos, otras veces turbia: flotaba sobre el destino, que con su caprichoso oleaje puede desviarnos de la ruta. Y entonces decidió pensar sobre ello. Cansado de abordar, decidió navegar en soledad, evitando encontrarse naves a las que saquear. Por eso siguió navegando...

El sabor de sus labios, secados por el sol, a salitre, tenía un gusto ligeramente dulce, el de la esperanza. Se incorporó para apoyarse sobre la proa y mirar el cielo. No pudo evitar sonreír. Un par de estrellas, de color ambarino, como los ojos de una lechuza, parecían enviarle guiños. Esa mirada...ya había aparecido antes en sus sueños. Pero a veces, por miedo a naufragar, preferimos no adentrarnos en la bruma de lo que no conocemos.

Pero esta vez...¿Qué si fracasa? Si se hunde, dejará que el mar lo engulla, y como tantas veces, lo dejé dormir sobre cualquier islote, para volver a hacerse a la mar. Pero sabe que puede llegar a esa isla. ha cargado sus cañones con sonrisas, y su bodega está llena de ilusiones y pequeños momentos venideros. Al final, las mejores islas son aquellas que parecen distar millas si se miran con los ojos; pero cuando ves con el alma, podrías percibir el aroma de la piel de sus árboles.

"Voy a levar anclas. Si me hundo, no saltaré del barco, porque hay que saber aceptar la derrota. Si llego, quizás sea el momento de pagar la deuda por Campanilla. Sobre todo, voy a navegar con valor"

Desplegó las velas. Puso su confianza al timón, y se subió al mástil. Sonriendo, mientras el viento besaba su cara y ondeaba su pañuelo negro...se dispuso a la mar.

"No hay mayor derrota que la de no haberse atrevido, ni mayor recompensa que el valor de comenzar".

domingo, 19 de julio de 2015

Cuando a Peter le embargaron a Campanilla

El fuego. Siempre ha sido el fuego. Ha tenido ese poder de abstraerme de la realidad, de huir a pensamientos encadenados sin razón, de quemar mi lógica. Esta noche es una vela, sobre mi escritorio. Este es mi testigo, mi confidente, donde sangro palabras, donde grito silencios y murmuro mis deseos. Y hoy...lo que consigue prender mi entendimiento es, precisamente, no comprender.

¿Cuándo comenzó? ¿Cuándo empezamos a complicarnos el juego con reglas que no son universales? Alguien dijo que el hombre se rige por la sencillez; si tiene sed, bebe; hambre, come; fatiga, descanso. Pero cuando lo que nos oprime es invisible, sólo queda entregarse a deducciones vagas, a un vapor de hipótesis que se disuelven en el tiempo.

Y es el tiempo. Es el marco donde poder desarrollarnos. Es un recurso tan necesario como el mismo aire. Sin él, sin la oportunidad de ser, y no de parecer, es imposible estar. Porque en ocasiones tratamos de negar lo que vemos, sólo por miedo, e incluso desidia.

Y es esta la que me abraza hoy, con brazos tan fríos y fuertes como una columna de hielo. Congela mi sangre, aturde mis esperanzas. Sin ir más lejos, he recibido una carta allí donde no pueden llegar los carteros...y ni siquiera un email. Grabado en el alma, me han dejado escrita una breve misiva: "Sentimos comunicarle que, debido al impago de su crédito en ilusión, procedemos a embargarle a Campanilla. Podrá recuperarla cuando pague las ilusiones que debe. "

Y no me queda mucho polvo de hada. Lo cierto es que se me está acabando. Al final, las guerras han agotado mis alas, y aunque puedo disfrutar viendo el reflejo en otros rostros, en otros ojos... quiero que estos me miren. Que me lean. Que rían, lloren o se sorprendan.

Sobre todo que se sorprendan. A veces parece que las personas han encontrado en ti un compañero, que sea capaz de sacrificar sus últimas gotas de agua fresca para darles de beber, pero también de valorar las que nos ofrecen.

Al final, somos libres de elegir. Y suele ocurrir que, cuando hallamos a ese compañero de aventuras, tiene un pequeño defecto: no nos atrae como para arrancar a volar. O incluso nos atrae tanto que volamos con una venda en los ojos, sin ver (o sin querer ver) que sus alas son egoístas, y nos dejarán caer.

Y a la luz de la vela...decidí estar cansado. Restan poco, apenas dos meses, para zarpar. Tengo el derecho de estar cansado, y por tanto el deber de salir a la mar.  Subo a la cubierta, agotado, para despedirme, por el momento, de las estrellas. Esperadme. Porque parece que esa mirada se me resiste. Y tengo que descansar, para coser mis velas. Con o sin polvo de hada tengo que marchar.

Pero volveré a por ti, Campanilla. Te lo prometo.

domingo, 5 de julio de 2015

Ponga aquí su nombre

A la atención de (Ponga su nombre aquí):

Es curioso como arrancan estas cartas. Porque le damos mucha importancia al nombre. En este caso, prefiero que no aparezca, porque hay cosas que aún no sabemos cómo nombrar. Si escribo estas líneas, es porque un día aprendí que la tinta puede drenar algunas sensaciones sobre el papel (o la pantalla). Además, es una buena forma de acordar algunas decisiones. Y que quede constancia de ellas.

Hace un tiempo no me preguntaba qué derroteros había marcado el destino en mi ruta. En realidad, si no me preocupaba esto, es porque parecía que mis pasos estaban llevándome a un nuevo mundo, a uno donde podía estar a la altura de mis desafíos. Sin embargo, ese camino se acabó frente a una pared, y entonces tuve que saltar la tapia, desgarrando algunos sueños, dejando el alma hecha jirones de vapor, un humo suave que se disolvía en los vientos del tiempo lenta y suavemente.

Después de varias posadas, de conocer una multitud de pareceres en esa espesa maleza que me aguardaba tras el muro, encontré un nuevo sendero. Y por él me dispuse a caminar...te preguntarás quizá por qué te cuento esto. ¿Es una despedida? No sabría decirlo. Puede serlo, aunque la vida me ha demostrado que hay puertas que no podemos cerrar. Y es mejor así.

Nunca podría explicar lo que siento. Quizás es una infusión amarga con suaves trazos dulces, mezcla de sueños por cumplir, sueños desterrados, nuevos horizontes, horizontes descartados...llamada incertidumbre. Sí sé sin embargo que el momento de partir está cercano. El valle que me ha visto crecer tendrá que esperar a mi regreso. Porque volveré. No sé cuando ni cómo, pero lo haré.

Esta despedida tiene su sentido. Hay ocasiones en las que necesitamos explicar nuestros actos, puesto que dichos en voz alta cobran realidad, y dejan de ser fantasías o especulaciones. Considero un error no atreverse, no intentar experimentar lo nuevo, las visitas que otras almas hacen a nuestra vida. Nunca podemos estar seguros de algo que se relacione con otros, porque las personas somos (todas, sin excepción) ese libro que tiene mucho por ofrecer, mucho por enseñar.

Pero ahora es tarde para eso. Mi vuelo no hace escalas, en principio (ya he dicho que sería un error eludir posibles paradas en un camino como la vida). Tengo que irme a escribir con sueños mi destino, a adornarlo con sensaciones, con cariño, con momentos para el recuerdo.

Y antes de hacerlo...gracias. Gracias por recibir esta carta y abrirla. Gracias por enseñarme que tras una sonrisa se esconde una forma de entender la vida. Gracias por inclinarme a decidir.

Y ahora...pon tu nombre arriba, Así sabré que lo leíste, y podré enviarte postales desde los nuevos mundos a los que me enfrento. A pesar de que mi sonrisa esté convaleciente...es turno de sacudirse el polvo y seguir viajando.

Hasta pronto.

"Sonríe aunque sólo sea una sonrisa triste, porque más triste que la sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír."  (Anónimo)

miércoles, 1 de julio de 2015

La locura: color sonrisa.

Esas tardes de calor en las que la temperatura pasa de grados a kilos. Pesa el aire, pesa el ambiente, el cansancio de dormir poco porque hasta las sábanas sobran. Sentado frente a la montaña, en silencio, tratando de percibir los susurros del aire, como si así fuera a refrescarme más.

En ese momento me da por pensar. Y prefiero hacerlo sin firmar acuerdos con la conciencia. Porque, al final, hay cosas que, al firmarlas, nos encadenan a algo. Por eso prefiero dejar que una corriente de sensaciones y pensamientos, aderezados con dulces gotas de locura, deambulen sin rumbo ante mis ojos cerrados (las mejores cosas, al fin y al cabo, son vistas sin mirar).

Lo primero que veo ante mí es una hoja en blanco, que adivino será usada para hacer un inventario. ¿De qué? Supongo que de las cosas que he logrado, y de aquellas que me han restado trozos del alma. Al final las cuentas salen como las quieras ver; si sólo miras los momentos buenos que parece que la vida te debe, al final olvidas sentirte bien por las alegrías que te ha regalado.

¿Y qué me dices de las derrotas? Sí. Tendemos a configurar como fracaso cada cosa que no sale como realmente se espera. Y esperar es un aliado confuso, porque soborna a partes iguales a la ilusión y al desengaño. Se me ocurre que el fracaso no existe; es más bien una victoria difícil de ver, pues a pesar de lo negativo, nos ofrece más enseñanza que haber aprendido sin haber luchado.

Y la lucha más cruel...contra uno mismo. Somos tan exigentes con nosotros que nos olvidamos de cuidarnos, y al final, esa falta de cuidado se filtra en el trato a los otros, como una bolsa de amargo té que tiñe el agua con su opacidad. Té que luego tenemos que beber.

Justo antes de abandonar estas ideas (absurdas o no, tampoco me preocupa mucho su sentido o su lógica), llego a la conclusión: quiero valorar más lo que tengo que lo que perdí o lo que no se si podré conseguir. Voy a luchar cada día por ser mejor que el anterior, por ofrecer de mí la versión óptima. Si coincide que alguien se para a sonreír conmigo, que caminemos juntos de forma separada, formando unidos un mundo privado y particular de sólo dos plazas, conservando cada uno el suyo; no quiero suponer una traición a los sueños de quien esté a mi lado (y yo al suyo, claro, a partes iguales).

Como dijo Azaña, "la libertad no hace felices a los hombres, los hace, sencillamente, hombres".

Y tras una última mirada, un parpadeo tan rápido como los segundos en buena compañía...me marché.

Y esos ojos seguían abiertos en mi mente. ¿El color? Color sonrisa.

lunes, 29 de junio de 2015

Conversaciones de madrugada

Estaba tumbado en la cama, en esos momentos en los que dormirse es lo mismo, igual de complicado, que continuar despierto. Estaba revisando el álbum de recuerdos de mi memoria.Y entonces pasó.

- ¿Qué quieres rescatar del pasado?

Quien me hizo esa pregunta estaba sentado a los pies de mi cama. Mirándome tras una niebla tenue, como si estuviera tejida con gasas. Su voz parecía gastada, y a cada palabra sonaba más grave, como si estuviera consumiéndose. Pero poco a poco, como una vela descomunal. 

- Entiendo que no contestes. En realidad, no esperaba que supieras responder. He hecho esta visita tantas veces que me he acostumbrado a que mis interlocutores no sepan darme una explicación. Y es normal. Es sencillo. Porque yo soy la base de los recuerdos, el agua que riega las expectativas, quien soporta los momentos. Es curioso, pero estáis tan pendientes del cómo que, simplemente, dejáis arrodillado el qué. 

"Y os entiendo. Porque cuando un rato deja de ser un puñado de segundos que se caen poco a poco al olvido, y pasa a convertirse en una destilería de sensaciones...queréis detener el retiro de los minutos. Pero eso es imposible. Entonces optáis por guardar en un frasco todo lo vivido, como un tarro de sales de colores. Y lo subís a la estantería de la mente. Sin embargo, no comprendéis que lo único que os ofrecen esos recipientes es decoración, adornar un momento amargo con gotas de algo dulce que os ayude a pasar la noche. Eso sí. La noche pasará....y otra...y una más. Quizás dos, Quizás 100. Quizás más de mil, si tienes suerte.

"Y ese es el secreto. Porque el tiempo es libre. Porque un reloj no puede enjaularlo. Porque las manecillas son una pobre imitación de mi caminar. Sí, soy el tiempo. Y he venido para evitar que sigas perdiéndome. Porque no soy fácil de encontrar de nuevo. De hecho, cuando no me has hecho caso en un momento dado, no vuelvo. Para que eso no ocurra, sigue mi consejo: sé tan libre como yo. La libertad consiste en utilizar tus cartas como quieras, como prefieras, en una partida con el destino. No hay reglas. Deja de observar momentos que no volverán, y cultiva tus mañanas, regándolas con la ilusión de saber que después de un día, otro viene de la mano con él. Si aprendes a bailar con el presente, podrás abrazar al futuro, pues al final este no es más que un presente que está llegando continuamente, como una fuente que no deja de manar. Ten tus recuerdos como aliento si algo va mal, pero no como un cuadro que quieras imitar, porque aunque seas un gran pintor de sentidos...no hay dos parcelas de tiempo iguales.


Y cuando desperté, miré sobresaltado mi reloj.

Las manecillas se habían parado. 

Y sonreí.


viernes, 5 de junio de 2015

Cuentos de la Luna

Una noche veraniega, donde el aire espeso parece caer perezoso sobre las hojas. Apoyado sobre un roble, escuchando como armonía el ulular de las lechuzas. El aroma del verano, que en su huída va dejando la primavera tras de sí, ese olor a junio, esa fragancia del estado intermedio entre frío y calor templado. En los labios, el sabor de lo inesperado, como si lo dulce y lo salado bailaran abrazados, al son de la batuta de la amargura. Y completando sus sentidos, la Luna en lo alto, llena, radiante, resquebrajando la oscuridad con su luz perlada.

Esa Luna...quiere alcanzarla. Quizás por el mismo motivo que se quiere alcanzar lo que se aleja. Es esa esa sensación de querer tener valor, el suficiente como para aceptar que lo imposible es una máscara que se coloca lo improbable para engañarnos. Y al final, algunas mentiras estudian retórica, ensayan su mejor sonrisa, y llegan a convencernos de que es mejor plegar las alas, y caminar, y gatear...hasta que cansados llegamos a ese punto del camino. Sí, ya sabes. Ese. En el que nos apoyamos en un árbol a contemplar a la luna en la distancia.

Y mientras la mira...parece que ella se ruboriza. Con guiños de luz, parece corresponder a sus pensamientos. "¡Qué locura!", pensarían algunos. Claro, se me olvidaba. Cuando hay algo que parece costar demasiado valor, lo teñimos de locura, y eso nos aleja. Bueno, les aleja. Porque él seguía allí, intentando comprender los susurros de la Luna. Porque sólo un loco puede comprender los mensajes crípticos que se caen de los bolsillos al destino.

Quizás ella no esté diciendo nada. Sólo lo ilumina por cortesía; o por quedar bien; o porque no quiere ofender a alguien que lo observa con esa humildad. El caso es que...quizás nunca lo sepa, porque el caballero (¿era un caballero?¿o un bufón? Quizás valiente como lo primero y alegre como el segundo) jamás se lo preguntaría. A lo mejor ni siquiera hablaba con él, y desplegaba una cortesía común entre ella y cualquier otro.

Por eso se levantó, se ajustó los pantalones...y siguió caminando bajo el abrigo de la noche, el manto de las estrellas...y la luz de la Luna. Quién sabe, quizás esos caminos se crucen.

Y es que a veces...lo inesperado llena nuestras vidas, la locura desborda nuestra esperanza...y el destino nos abraza.

martes, 26 de mayo de 2015

Y el tiempo pasa

Los días se suceden como arena que se escurre entre los dedos. Como las gotas de un cristal, en un día de lluvia. El frío se calienta, y da paso a la primavera, que espera, mirando el reloj, a que llegue el verano a darle el relevo. Y sin embargo, parece que las cosas no cambian, como si a pesar de que el tiempo sigue caminando dejando su huella, el camino se hubiera detenido.

En una tierra de nadie. En un lugar donde la incertidumbre ha ganado sus elecciones, con mayoría absoluta. Como si todos los segundos del calendario la hubieran votado, para rescatar de la crisis a la vida, al destino. Sigo varado en la playa, con los ojos cerrados, intentando que el viento me haga girar la cabeza, que pueda mirar hacia donde las olas caminan despacio, mientras pasean...

Tumbada a mi lado, la soledad,que me abraza con su piel de niebla, con un futuro hecho jirones, del que nada se puede reconocer. Y es que, al final, cuando no extrañas algo concreto, parece que todo es más sencillo: así, no cierras la puerta a cualquier visitante que pueda aparecer en el futuro. Algunos venderán humo, y será cuestión de, educadamente, cerrarles la puerta. Otros, en cambio, sólo querrán que firmes para compartir un destino más puro, más cristalino.

Por eso, y mientras el cielo se va nublando...no pierdo la esperanza. Un día comprendí que, a pesar de que lluvia moja, también refresca: depende de lo que tú quieras sentir. Y mientras tanto, esperando con el café en la mano, con su calor contagiando mis manos, con su aroma inundando mi ambiente...espero expectante. Quizás haya llegado, pero no me doy cuenta. Quizás...sólo el esfuerzo sea lo que me separa de lo que sueño.

Y es que al final...los sueños pueden tomar solidez, y vestirse de realidad.

sábado, 28 de marzo de 2015

Cadenas rotas

Poco más que pensar con calma se podía hacer. Allí, en aquella celda oscura, el tiempo y el espacio formaban una mezcla espesa, con un aderezo de desesperación. El resultado de esta mixtura era una sensación de agotamiento, de desidia, de un dejarse llevar por el paso de los minutos...

Levanté la mirada. Mis ojos oscuros no veían nada, puesto que la oscuridad acariciaba cada poro de mi cuerpo desnudo. Me picaba la cara, y sentía que la barba había hecho de mi rostro su reino. Colgado de unas cadenas, sujetadas firmemente a la pared, sentía que la vida pasaba. Abandonada toda esperanza, comencé a reflexionar. Durante horas hablé con mi único interlocutor: mi carcelero.

"¿Sabes? Los estímulos son tremendamente importantes. No nos damos cuenta quizás,pero son quienes desencadenan nuestras respuestas. Desde el exterior de nosotros sufrimos el asedio continuo de ofertas vanas y generales, que condicionan cada pensamiento que produce nuestra mente. Así, el éxito habla en un idioma que, traducido a nuestros oídos, significa destacar, superar al resto, pero siempre amoldado a un vaivén social que nos envuelve.Algo así como cambiarnos la ropa según el clima que nos espera ahí fuera. El problema es que el alma no entiende esas modas...

Por eso acabamos con estas cadenas. Porque si no conseguimos superar al resto en cada faceta de la vida, si no destacamos en nuestro campo...parece que hemos sido detenidos por la derrota. Y entonces esta nos carga de cadenas, y nos condena a una vida de tristeza, donde arrastramos los pies de nuestros sueños, y vivimos lo que tenemos sin esperanzas, sin ilusión...

Y ahí es donde quizás está el error. En primer lugar, destacar no debería ser algo que pretendamos,porque al final cada uno tiene su cometido en este mundo. Y tiene también una serie de capacidades que esperan que las saquen a bailar, como esa persona que nos gusta, pero que no hacemos caso por miedo a caer. Destacar es ser recordado por alguna persona que realmente quieras: porque si eres tú mismo, alguien aparecerá que guardará en su interior un lugar para ti: quizás sea preferible importar de corazón a una o dos personas que ser conocido por muchos que finalmente no avalarían tus sueños.

Y superar a los demás...¿por qué? Cada uno va montado en su vida, capitaneando su barco, y de poco sirve ganar en carrera al resto: al final, tenemos que velar por no naufragar nosotros, y siempre que se pueda, claro, si uno quiere, ayudar a otras embarcaciones para que no sean engullidas en los mares del tiempo. La verdadera superación es tratar de ser mejor cada día, ofreciendo lo más alto de uno mismo.

Quizás he perdido el tiempo lamentando lo que veía, sin darme cuenta que, comenzando por valorar lo que tengo, puedo alcanzar aquellos sueños que siempre quise vivir."

- Vale, han pagado tu fianza. Puedes irte.
-¿Quién ha sido?
- Aquí está.

Y allí, frente al espejo...me vi sonreír de nuevo.
 

lunes, 23 de marzo de 2015

Cauces y corrientes

Parece que el bosque vuelve a estallar de rabia. Entramos en ese momento del año en el que Mamá naturaleza empieza a desperezarse. Y claro, lo hace extendiendo sobre sus dominios lluvia y viento, para recordarnos que siempre ha estado allí.

Todo esto lo podía sentir al abrigo de una tienda de campaña, sintiendo la magia del bosque, que te arrulla con sus ríos, que te mece con el aliento del viento. Y me pareció un buen momento para meditar sobre estas líneas. Quizás me he empapado de esa rebeldía de la naturaleza, y he sentido cómo desde mi interior ruge el alma, aportando un nuevo estado a mi vida. Sólido no, porque me suena demasiado estático; gaseoso...mmm, interesante, pero pesa tan poco que vuela al son de vientos externos, al ritmo que le marca la vida. Pero...¿y líquido?

Ahí fue cuando recordé que, en mi caso, la clave para ser feliz, es sentirse río. Paseamos entre los cauces de la vida moldeando los segundos con la perseverancia del agua. El problema es que ha habido ocasiones en los que los miedos, las incertidumbres y las dudas han sido tapones de hojarasca y cantos que han dificultado el camino. Y entonces me quedo abatido, sin darme cuenta de que pequeños hilillos de agua, como susurros del río, se filtran entre esos obstáculos, entre los malos momentos.

Y entonces aparecen las cosas. Como mi intención es seguir por los cauces que vaya encontrando, aparecen las sonrisas de tus amigos, el cariño de los tuyos, las grandes personas por las que, inesperadamente, serías capaz de volar bajo el agua; y con eso, ver que los sueños pequeños se convierten en grandes realidades. Y de nuevo...fluye.

Esto pensaba mientras la naturaleza seguía dándome conversación. Al final no conseguí que durmiera conmigo, pero sí que se sentara en mi cama mientras yo trataba de descansar. Al día siguiente, al despertar y sentir el rocío en mi piel...sonreí.

Y volví a ser oleaje.

martes, 10 de marzo de 2015

El café de Dante

Esta historia transcurre en una cafetería. En ella están todos los elementos que uno quiera imaginarse. Están esos pequeños grupos que se reúnen en torno a una mesa, en cuyo centro titila una vela, emitiendo leves susurros de luz.  Los murmullos de estas personas son tan suaves que no impiden que la música siga sonando. Unas notas de algodón que flotan en el aire, que permiten que uno cierre los ojos e imagine lo que quiera en ese momento de relax. Un café humeante espera en la mesa del protagonista.

Y entonces se abre la puerta, pero la cortina oscura repele la luz, así que esa posible molestia no interrumpe las conversaciones. Ella entra  y le sonríe, y va a la barra a pedir un café con leche, pero él ya se lo ha pedido. Con dos chocolatinas, además, como a ella le gusta. Cuando se sienta frente a él, ambos irradian sensaciones con la mirada: es esa sensación irrepetible de la primera vez; es esa necesidad de levantarse y gritar: "Pues sí, somos afortunados de poder compartir este momento"; es ese puñado de segundos que son polvo de hada, que paralizan el reloj...

Y entre conversaciones, y sin saber cómo... se han dado la mano. Y ambos siguen sonriendo. Lo mejor de una historia en la que ambos conocen el desenlace es, precisamente, compartir las sonrisas como algo instintivo. Nunca un café caliente supo tan reconfortante...

Y llega la hora. Antes de irse, ambos toman la misma servilleta. Garabatean una fecha, que coincide con el día que marca  un calendario. Y uno de ellos escribe debajo: "Recuerda esta noche, porque marca el principio de la Eternidad . ( Dante Alighieri)." Y entonces se van.

Dejo al libre albedrío de quien lea estas líneas escoger tanto su personaje como el final. Eso sí: que nadie se prive de tomar un buen café acompañado de una persona con quien com
partir nuestro tiempo. Como demuestra Dante, el Paraíso existe...sólo hay que tener valor de cruzar el Infierno.

martes, 20 de enero de 2015

Y tú, ¿qué quieres?

-A ver, ¿Qué quieres?

Así empieza la conversación conmigo mi reflejo en el espejo. Y vaya pregunta. Porque por más claro que uno quiera tenerlo es a veces complicado. Quieres, por ejemplo, huir de la ciudad de toda la vida, pero cuando no estás...recuerdas. Y ves esas calles en tu retina, que como un proyector plasma la imagen en tu mente, avivando el fuego de la memoria. Y es que somos así: basta un pequeño momento en el mundo, una callejuela oscura, sin aparente encanto, para que atemos ahí un recuerdo, para revivirlo, rescatarlo, cada vez que nos encontramos allí.

Luego piensas que deseas algo o a alguien. Sin embargo, cuando lo tienes o lo piensas en frío, tampoco es eso. Es quizás que quieres vivir una serie de instantes que ahora no tienes, y claro, qué vas a desear: ¿lo que ya tienes o lo que te falta? Es curioso cómo anhelas las nubes cuando no puedes tocarlas, y valoras mantenerte firme, de pie, sobre el suelo. Sin embargo, cuando vuelas, nace en ti, como una zarza que te enreda, la sensación de vértigo, las ganas de volver a caminar.

Y lo mismo pasa con la soledad. Cuando estás solo, no paras de imaginar maneras de aniquilar esa sensación de silencio externo, porque dentro de ti tu mente no para de funcionar, como máquina incansable, como una eterna galopada de tu espíritu. Sin embargo, cuando estás en compañía, llega un momento en el que añoras la quietud del silencio, la ausencia de todo sonido, la compañía de ti mismo.

En resumen: llegamos a ser tan caprichosos a veces como desagradecidos. Es como intentar ver tu película tótem, esa con la que te identificas, saltando todo el rato las escenas. No has terminado de ver ese momento que te eriza el vello, que casi consigue arrancarte una ovación (y sin el casi)...y ya estás queriendo saltar al siguiente.

Quizás sea el año nuevo. Quizás no. Seguramente no. De hecho, no. Es más la corriente que me envuelve, un río de cambio que me arrastra como un barco, cuyo capitán se preocupa más de disfrutar del oleaje y la brisa marina subido al mástil, que de pilotar con lógica el navío.

Vale, espejo, lo tengo. Lo que quiero, es vivir. Y saborear cada instante como un trago de refrescante incertidumbre,

Lo que quiero es vivir. Ahora. Porque ayer ya murió. Y mañana no ha nacido.

lunes, 19 de enero de 2015

No son molinos...nunca lo fueron

El frío parece haber montado campamento en la ciudad. Por todas partes pueden sentirse las unidades del Invierno, que trabajan sin descanso para aprovechar el tiempo que les resta hasta que regrese la Primavera. Parece que el viento susurra escarcha en las aceras, que la noche extiende su manto a su antojo. Sólo unas pocas estrellas cuajan el cielo, quizás para recordarnos que toda noche fría acaba siendo derrotada por el sol...

En esas me encontraba mientras caminaba a casa, recordando...Hubo un tiempo donde no podía divagar, donde las horas me contaban que el tiempo se acababa, como si mi reloj de arena estuviera lleno, simplemente de aire. Era la época en la que soñar era tabú, en la que podía importarme la opinión de los cuerdos...sin querer, me dejé encerrar en una camisa de fuerza, intentando buscar una felicidad demasiado lejana de los sueños, demasiado cercana a la cordura.

Pero un buen día, al abrigo del bosque, en soledad...empecé a imaginar. Si algo bueno tiene el invierno es un café donde podemos confesarnos. Hablando despacio, bajito, casi respirando las palabras, se encadena una conversación, y aunque no lo parezca, estás cambiando el mundo. Acaba de caer una de las correas de mi camisa.

Luego me atreví a embarcarme en el camino que, tarde o temprano (mejor cuanto antes), todos emprendemos: los entresijos de la felicidad. Y es que acabé por darme cuenta de que cualquier pequeño instante puede encerrar una sonrisa grande como un molino...como un gigante,quería decir (qué gran razón tenía Quijote).

Al caer la camisa de correas, decidí hacer como el Hidalgo. Ensillé un caballo, el que me pareció mejor, y le llamé Paciencia. Me armé con una sonrisa y tomé por escudero a la esperanza. Y así me lancé a los caminos de la vida, dejando que ni siquiera las gotas frías del desánimo pudieran calarme. Me he encontrado demasiados Caballeros de la Blanca Luna, y sin embargo...no pudieron desmontarme. Nadie puede detener a quien abrazó a su locura, a un soñador que sólo desea volar por encima de la cordura.

Y ahí seguí. Sin Dulcinea esperándome, pero cabalgando por donde otros sólo ven momentos...porque yo ahí siento oportunidades.

Que nada borre una sonrisa. Que todo nos haga sonreír.

miércoles, 14 de enero de 2015

La sencillez de vivir

Nunca quise ser imprescindible para nadie. No entiendo a esas personas que sufren por eso. Es una responsabilidad que convierte el sentimiento de amor o amistad en una carga. Porque al final la vida es una sucesión de momentos, en los que todos podemos encontrar nuestro camino. Un camino lleno de aspiraciones, donde las personas aparecen,y pueden quedarse o no a tu lado. En cualquier caso, el actor principal de tu novela eres tú. Porque el día en que caiga el telón y acabe todo (sí, por si alguien se resiste a esa idea, a todos nos debe llegar)...tu novela muere contigo, y de ella sólo puede quedar un recuerdo.

Es como la necesidad. Es precioso cuando un amigo está a tu lado y compartes una tarde de risas y locuras, en las que acabas dominando el mundo de mil maneras posibles; o cuando compartes con esa persona única unos momentos de pasión. de risas ( en incluso de lágrimas, porque restarle esto a  la vida es, al final, quitarle parte de su sabor.)...pero transformar esto en necesidad es quitarle la parte maravillosa que tiene de sentimiento, de deseo. Creo que amar no es necesitar, sino desear compartir, que es muy distinto. Querer compartir tus pasos (que no colocarlos bajo los pies de otro, pues tus pasos son tuyos), pero sabiendo que sólo también es posible caminar,

Por eso quizás esté completamente loco...o eso piensan los cuerdo. Porque al final la realidad es interpretable. Se supone que por saltar o reírme de cualquier tontería soy más tonto que nadie, o ese ha de ser un motivo para apartarse de mí y del resto de locos. De acuerdo, me parece respetable que lo hagan. Sin embargo no es algo que me afecte, porque si para ser feliz necesitas la aprobación de todos y cada uno de los que te rodean...es complicado.

Por el contrario, hay algo más sencillo. Uno de mis peores vicios (peor bien entendido, que en seguida etiquetamos las cosas como algo malo) es ser un adicto a la vida. Quitarse la ansiedad de lo que está por venir siendo capaz de irlo creando e imaginando poco a poco. Entender que a veces una buena carcajada es justo lo que se necesita. Una tarde sentados en un banco riéndote de un gesto o algo parecido no se puede tasar en dinero (como casi todo lo importante).

Quizás puedan cogerme los cuerdos y condenarme bajo sus miradas por decir esto: creo que la vida es sencilla en sí, hasta que la complicamos. Disfruta de lo que tienes y, si necesitas algo más, lucha por ello, pero siempre con una sonrisa, entendiendo que mientras te esfuerces al máximo, nada hay que reprocharte. Y por lo tanto, debes estar satisfecho, pase lo que pase.

Pues eso. Sonríe.

Y ya está.

domingo, 11 de enero de 2015

Alas de fuego

La Navidad ha sido puntual. El día de Reyes dejó ilusión en todos los corazones de aquellos que un día decidimos no dejar de ser niños. Acabada esta etapa,los proyectos de un nuevo año son quienes salen a actuar. Los nuevos sueños han roto su cascarón, y como polluelos de fuego, lloran pidiendo su alimento.

Gritan porque saben que otros polluelos, quizás sus hermanos, no fueron alimentados y quedaron en ceniza, mezclándose en el polvo del camino. Y ellos quieren vivir. La locura será la nana que los cuide, que los alimente de ilusión y esperanza. Porque tienen que hacer honor a su raza. Son crías de fénix.

A pesar de las dudas, los momentos que se quedan atascados en los recovecos del tiempo, el ave fénix sonríe mientras se consume en su propio fuego. Sabe que los momentos en la ceniza son amargos, que la incertidumbre puede ser un invierno largo que impida que el calor avive sus latidos. Sin embargo, sabe que volverá. Sabe que no hay nada que pueda apagar la sonrisa de un loco, que un adcito a vivir conoce los senderos que hay que tomar para saltar desde el acantilado y desplegar las alas.

Porque hay que seguir buscando. Lo maravilloso de la vida es comprenderla como ese camino que se debe caminar. Pero no es necesario buscar un método, porque los límites de la razón son tan franqueables como una vieja cancela. Porque caminar saltando y cantando, siendo capaz de disfrutar igual de una fuente que de un pequeño arroyo es algo que facilita las cosas.

Hoy cenizas, mañana fuego. Hoy no sonríes, mañana carcajada.

Cuando en la vida damos pasos, es necesario dudar y arriesgar. Todo lo peor que puede pasar es...perder. Pero entre las esquinas de la derrota se esconden posibilidades de victoria, de aprender y aplicar lo aprendido.

Cierra los ojos. Escucha tu interior. Arriesga.

Entonces no serás cenizas. Serás alas de fuego.