domingo, 19 de julio de 2015

Cuando a Peter le embargaron a Campanilla

El fuego. Siempre ha sido el fuego. Ha tenido ese poder de abstraerme de la realidad, de huir a pensamientos encadenados sin razón, de quemar mi lógica. Esta noche es una vela, sobre mi escritorio. Este es mi testigo, mi confidente, donde sangro palabras, donde grito silencios y murmuro mis deseos. Y hoy...lo que consigue prender mi entendimiento es, precisamente, no comprender.

¿Cuándo comenzó? ¿Cuándo empezamos a complicarnos el juego con reglas que no son universales? Alguien dijo que el hombre se rige por la sencillez; si tiene sed, bebe; hambre, come; fatiga, descanso. Pero cuando lo que nos oprime es invisible, sólo queda entregarse a deducciones vagas, a un vapor de hipótesis que se disuelven en el tiempo.

Y es el tiempo. Es el marco donde poder desarrollarnos. Es un recurso tan necesario como el mismo aire. Sin él, sin la oportunidad de ser, y no de parecer, es imposible estar. Porque en ocasiones tratamos de negar lo que vemos, sólo por miedo, e incluso desidia.

Y es esta la que me abraza hoy, con brazos tan fríos y fuertes como una columna de hielo. Congela mi sangre, aturde mis esperanzas. Sin ir más lejos, he recibido una carta allí donde no pueden llegar los carteros...y ni siquiera un email. Grabado en el alma, me han dejado escrita una breve misiva: "Sentimos comunicarle que, debido al impago de su crédito en ilusión, procedemos a embargarle a Campanilla. Podrá recuperarla cuando pague las ilusiones que debe. "

Y no me queda mucho polvo de hada. Lo cierto es que se me está acabando. Al final, las guerras han agotado mis alas, y aunque puedo disfrutar viendo el reflejo en otros rostros, en otros ojos... quiero que estos me miren. Que me lean. Que rían, lloren o se sorprendan.

Sobre todo que se sorprendan. A veces parece que las personas han encontrado en ti un compañero, que sea capaz de sacrificar sus últimas gotas de agua fresca para darles de beber, pero también de valorar las que nos ofrecen.

Al final, somos libres de elegir. Y suele ocurrir que, cuando hallamos a ese compañero de aventuras, tiene un pequeño defecto: no nos atrae como para arrancar a volar. O incluso nos atrae tanto que volamos con una venda en los ojos, sin ver (o sin querer ver) que sus alas son egoístas, y nos dejarán caer.

Y a la luz de la vela...decidí estar cansado. Restan poco, apenas dos meses, para zarpar. Tengo el derecho de estar cansado, y por tanto el deber de salir a la mar.  Subo a la cubierta, agotado, para despedirme, por el momento, de las estrellas. Esperadme. Porque parece que esa mirada se me resiste. Y tengo que descansar, para coser mis velas. Con o sin polvo de hada tengo que marchar.

Pero volveré a por ti, Campanilla. Te lo prometo.

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