lunes, 10 de agosto de 2015

Bajo las estrellas

El mar estaba en calma. Por primera vez en tiempo, el barco se suspendía ligero sobre una balsa de agua tranquila. Y es que, al final, lo mejor ante cualquier situación es aceptarla; eso proporciona la mayor serenidad posible. No obstante, la nave se balanceaba, ligeramente, con la madera emitiendo breves suspiros, crujiendo levemente. El movimiento, pausado, era más propio de una cuna que de un mar bravío. Y la vida es tan bravía a veces...

El capitán pensaba apoyando su espalda en el mástil. Con las manos entrelazadas, observaba las aguas. Aunque pudiera parecer irónico, le era más fácil navegar cuando las olas azotaban su nave, cuando podía medir sus esfuerzos con una tormenta devastadora. La adrenalina venía a verlo con la locura y la pasión de la mano, haciendo que olvidase riesgos o posibles naufragios. Porque al final, en lo más profundo de ser, entendía que prefería vivir la vida de tú a tú, no esperando a que esta fuera marcando su camino.

Pensaba en cómo había afrontado las expediciones: una sola gota de esperanza, una pequeña señal pegada en el fondo de la botella, era suficientes motivos para levar anclas y zarpar. El éxito o el fracaso a veces van encadenados, pero lo importante es la ruta elegida, lo aprendido en ella, lo que se experimenta. Además, una aventura no se da por imposible nunca (¿Imposible?¿Qué es eso?), porque al final los cañones tienen más pólvora para disparar.

Sin embargo...meditaba sobre cómo necesitaba ahora un faro. Sin querer, aunque había dejado el timón desamparado, el propio rumor del mar lo había mecido hasta su destino. Una de esas islas que uno pisa esperando caer en una zanja o aparecer colgando de un árbol súbitamente en cualquier momento. Al parecer, era inevitable.

¿Pero quería evitarlo? Su espíritu aventurero se negaba a desaprovechar la oportunidad de realizar una locura; pero se sentía sólo sin señales, sin un fulgurante chorro de luz que le marcara el camino. Al final, las situaciones y los propios demonios pueden ocultar esa iluminación, y es preciso recibirla para poder continuar.

Porque dar todo perdido es el primer paso al fracaso; cualquier situación puede revertirse si uno quiere. Fácil quizás no sea la palabra, pero la dificultad es algo fugaz si uno quiere verlo así. A pesar de haber sido apeado de una aventura, nada se pierde si uno es capaz de recordar y luchar: la memoria y lo aprendido son a fin de cuentas los mejores mapas posibles.

Así que con una expresión rara, se levantó del suelo. Sacudió sus manos y se colocó en proa, acariciando la balaustrada de madera desgastada. Su mirada, tan fija como siempre, con la misma intención de escudriñar el horizonte, seguía mirando las estrellas.

No hay señales. Pero hay estrellas, y navegamos bajo ellas. Así que...no hay más remedio...

¡Avante toda!

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