lunes, 3 de agosto de 2015

Cuando la arena quema, espada en mano

Puedo escuchar la frescura de mi cubículo, sentir en la piel los gritos del público. Paladeo amargamente la oscuridad que me envuelve, que puedo oler. Veo el espeso olor del miedo. Mis sentidos se han vuelto locos...no, eso estaba bien. Se han vuelto cuerdos.

Mi lanista, que me prepara para la batalla, me insiste: "Has demostrado una y mil veces que no hay derrota que te venza, no hay victoria que te derrote. Sólo se tú mismo." Es fácil de oír; casi imposible de creer. Atrás quedan esos días de gloria. Donde todos mis malos pensamientos se agolpaban en las gradas gritando mi muerte...pero no dejaba verdugo que me sometiera. Mis armas, esa fe en mi mismo; la sonrisa; la capacidad de soñar; y mi añorada locura...están al borde del óxido.

Oigo la bocina. Es el momento. Ciño la tira de cuero que cubre mi cintura, que me separa entre lo que comprendemos por "desnudo" y "vestido". Desgraciadamente no llevo más armadura...no sé donde está ni siquiera el escudo. Cojo mis armas. Respiro hondo. Inhalo todos los buenos momentos, todas las sonrisas de aquellos que hicieron de mis combates victorias redondas. Pero entonces...

Siento la punzada de dolor. Ardiente, algo me está quemando la sangre. Veneno. El dardo me ha acertado en el brazo derecho. Se me cae la alegría de la mano. Vuelvo a empuñarla. Pero sé lo que ocurre: parece que el pueblo quiere espectáculo.

Con la boca seca comienzo a caminar hacia la arena. Oigo sus risas, sus insultos. No importa, estoy acostumbrado. Sólo peleo para poder pagar el honor en el que quiero vivir. Piso el suelo polvoriento. Las plantas de los pies me arden: sabía que la vida quemaba, pero no hasta ese punto. El sol me ciega, y no veo más que sombras y destellos. El veneno comienza su labor. Cuando llego al centro y me niego a saludar con pleitesía al tiempo, siento un nuevo pinchazo; este ahora ha perforado mi muslo izquierdo, y me tambaleo. Hoy los fracasos se lo están tomando en serio.

Siento cómo me atacan cuatro leones. Cuando el primero salta hacia mí, lanzo una sonrisa afilada y consigo cortar su cuello, y cae desplomado. Por la espalda avanza el siguiente, y su zarpazo me rasga la piel. Siento la cálida sangre manando en río, y me giro y lo atravieso con mi locura. "Tú no me falles".

El tercero de ellos intenta morder mi mano, pero esta vez estoy atento, y mi alegría consigue cortar su garganta, e incluso en el mismo movimiento, segar la vida del siguiente. Tambaleándome, trato de mirar hacia el público...pero...

Por la espalda. Como más podría dolerme. Una flecha se incrusta en mi cuerpo. Abro los ojos. No esperaba esto. Siento como se me nubla la
visión aún más. Cómo el público estalla de júbilo. Tanto tiempo esperando mi derrota. Caigo de rodillas en la arena. No siento ya su calor. Mientras noto que mi mente está en las montañas, a la sombra de un castaño, en casa...me desplomo como un cuerpo inerte en el suelo.

"Oigo voces. Algo me está sacando del combate. No puedo distinguir el qué. Pero un grupo de personas están llevándome cogido. No puede ser que haya perdido. Es imposible. Es injustamente imposible. Quiero una lucha de igual a igual, sin trampas, sin artimañas: uno contra 100, pero sin torturarme antes. "

Y no despierto. Sigo tendido en el suelo, mientras puedo escuchar las voces apagadas de alguien.

Y no despierto.








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