domingo, 2 de agosto de 2015

El Espantapájaros

Sobre suelo yermo se alza con sus cuencas vacías, armado con una mirada punzante. Su pelo pajizo ya se ha secado, envejecido por los constantes vaivenes del tiempo. Su postura es rígida, insensible, acostumbrado a que un millar de cuervos se posen sobre sus brazos. Y cubre su cuerpo inerte una ropa remendada que no logra ocultar su desnudez.

Puesto al sol, esos ojos sin visión quedaron cerrados. Los constantes destellos burlones terminaron por arrancarle la vista. Hace años, era capaz de percibir no sólo imágenes con ellos, sino incluso sensaciones, pensamientos o intenciones. Pero  hay ocasiones en las que la luz de la realidad y las sombras de lo posible generan un fogonazo conjunto, y terminan por matar la visión.

El pelo, ahora marchito, antes se dejaba acariciar por el viento, Se fundía con él en una danza suave, como dos bailarines cuyos pasos, improvisados, casan sin problema. Pero el tiempo logró atrofiar su elasticidad. consiguiendo que su movimiento hierático sea capaz de congelar una sonrisa candente.

¿Y el cuerpo? Hace tiempo era capaz de realizar complicadas posturas cuando la situación lo merecía. Podía ejecutar el salto y la caída que los minutos concretos de cada momento parecían exigirle. Más o menos acertado, sabía cómo debía moverse y cómo debía levantarse. Sin embargo, falto de motivación, decidió quedarse así...varado.

¡Por no hablar de sus ropas! lo que hoy son remiendos, fueron en su día bellas prendas que cubrían de una forma especial sus formas: porque eran sonrisas que, si uno se fijaba bien, dejaban pasar la luz positiva que permite ver lo que se esconde en el fondo. El problema es que las sacudidas de la lluvia, ese calabobos que parece no mojar pero empapa, fue destiñendo los vivos colores, sepultándolos a un gris inmudable...y realizando agujeros necesitados de agujas.

Y así esta el alma. Varada sobre un corazón de secano, que necesita que lo rieguen, que precisa de una señal adecuada para abrir los ojos, esbozar una sonrisa, desanclarse del suelo, y quitarse las grises vestiduras.

Porque a final, en un alma que aspira a ser noble, cabe la comprensión y la capacidad de reinventarse y caminar. Es más, caben 100 niños que sonrían y cojan una mano para correr a jugar, pero no hay sitio para un sólo juez.

Mientras tanto...sigue lloviendo sequedad. Y sigue la polvareda en el camino.

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