lunes, 17 de agosto de 2015

Entonces me iré

Entonces, sí, me iré. Sólo cuando no quede un sueño por el que pelear. Por pequeño que sea, porque valorar algo por su tamaño es menospreciar lo que esconde, que a menudo, es lo mejor de sí. Incluso cuando hay nubes en el cielo, este no deja de estar ahí. Y a veces el mejor camino es la paciencia, teñida de perseverancia, pintada de esperanza.


Entonces, sí, claro, me iré. Sólo, eso sí, cuando se hayan acabado las cosas por cambiar. Hay que comprender que la vida es un constante ocurrir, es un cúmulo de circunstancias que condicionan lo que ocurre a su alrededor. Porque no hay dos minutos iguales, y el anterior no deja pistas sobre el siguiente. Tirar la toalla, rendirse, es cerrar los ojos a lo que vendrá. Sea bueno o malo, es recomendable continuar caminando.

Entonces, cómo no, me iré. Claro está, cuando luchar se torne innecesario. Y es que, en ocasiones, uno puede llegar a creer que no aguardan más batallas. Y no. Cada día es una nueva etapa. La suerte necesita de valentía que se sacuda el miedo a perder, y tenga claro que la derrota es una posibilidad...pero reversible.

Entonces marcharé. Cuando el tintero se derrame sobre el suelo del olvido y, con él, se desparramen todas las ilusiones. Al final, ilusionarse con volar es el primer paso para batir las alas. Siendo consciente de que el suelo es donde pisamos, nunca pierdo de vista el cielo, porque al final es donde debe brillar el sol.

Eso sí. Me iré. Pero no para siempre. Sólo me iré a preguntarle a la soledad dónde estoy. Si he perdido los sueños, entonces tejeré unos nuevos, acorde a lo que quiero, acorde a lo que busco. En realidad, hay quien decide que la grandeza de los sueños se basa en algo enorme, lejano, y a veces están tan cerca que no les damos la calidad de "sueño".

Iré a seguir buscando aquello que necesita cambiar. Pudiera parecer que los cambios ya no son necesarios, y sin embargo, para bien o mal, siempre existen oportunidades por mejorar, `por aprovechar por vivir.

Iré a recuperar mis armas, a encontrar nuevas batallas. El mismo hecho de querer sonreír es, ya en sí mismo, es una pelea sin cuartel. Pero, a veces, el camino, en su aridez, nos intenta demostrar que ya no es posible ser feliz, y por tanto, que la rendición es la cura. Y, no obstante, siempre hay una etapa más. Pero hay que saber enfrentarse al dolor y la tristeza para no caer en las trampas de la desesperanza.

Y si la tinta se cae...la recogeré en nuevos versos. Si se acaban las esperanzas, plantaré nuevas, con un tronco más fuerte, y más nudoso.

Así que...dudo que me vaya entonces.

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