martes, 25 de agosto de 2015

Esos cuerdos...¡Que se callen!

No podría decir si es de día, si es de noche, si las horas han pasado o simplemente están enredadas en las zarzas de lo cotidiano, de la rutina que pesa como el aire de una tarde calurosa de agosto. La verdad es que aquí dentro no puedo percibir algunas cosas; con los ojos abiertos no me basta para ver. Mientras trato de escuchar los sonidos del exterior, me he dado cuenta de que ese exterior está difuminado, en sepia, como si una neblina me separara de él. Aquí sólo estoy yo.

Estoy encerrado, como un recuerdo que cae preso de una canción eternamente; como una idea que se queda abandonada a su suerte en el mar del olvido; como un sueño que se quedó encajado en las paredes del desánimo. La camisa de fuerza que me han colocado a traición me queda grande, y por ello sigo estando tan "loco" (así me llaman, creo, aunque tampoco les presto demasiada atención) como siempre.

Paseo por mi celda. En realidad la conozco bastante bien, porque es mi mente: las presiones de lo que sucede, el miedo a lo que sucederá, la amargura de lo que sucedió, son tres de las paredes que ahora encierran mi espíritu. Y en realidad no es que falte una: es que sobra. Porque cuando no te apetece salir de tu prisión no es necesario que te encierren. Sin embargo, esas paredes se han levantado por sí mismas, supongo que para que pueda apoyarme en algo, o escribir algunos versos. La verdad, no tengo ni idea.

Después de un tiempo (mucho, mucho tiempo) aquí metido, me he dado cuenta de muchas cosas. Me quedé aquí dentro a propósito, con el fin de estar a la sombra del bochorno de las decepciones, la rabia o la tristeza. Pensé que el calor se apagaría, como una bombilla que, a pesar de seguir caliente cuando se oscurece, se enfría lentamente. Pero no ha sido así. refugiarme entre esas paredes que no he elegido no ha resultado como yo esperaba.

Ahora que el recuerdo de aquellos momentos de desazón; esos sorbos amargos que le dí a la tinaja del tiempo; aquellas paradas en los peajes de la vida; aquello por lo que luchaste pero que no sirvió...liberado de todo eso, la camisa se ha caído sola. No hay nada como darse cuenta de que, en realidad, la felicidad se esconde en cada uno, amando tu propio día a día, sin esperar lo repentino.

Porque lo repentino existe, claro, pero no es algo que pueda esperarse; si no, por definición, no sería inesperado, sino esperado...que tontería, por favor. Prefiero salir de aquí, seguir mi camino, y cuando ciertas voces del pasado me llamen, si ciertos personajes de mi vida eligen que es el momento de regresar...entonces estaré listo. Porque...simplemente...ya no estaré.

Así que elijo salir de aquí ya. A lo tonto, se me está escurriendo la vida, como un malabarista que avanza rápidamente con mil platos sobre las manos, y siente que se le caen irremediablemente. 

¡Anda! El sol sigue ahí. Curioso, ¿no?

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