jueves, 6 de agosto de 2015

Estrella fugaz

Cuando era niño solía quedarme hechizado mirando el fuego. No sé, quizás en su crepitar, en sus chispas, en sus llamas esperaba escuchar algunas explicaciones que no conseguía obtener de otro modo. Recuerdo rascarme los ojos, y seguir escudriñando su brillo con atención. Y cuando conseguía desviar mi atención, me parecía sentirme más en orden con mis pensamientos.

Algo parecido me sucedía (y me sucede) con el río. Cerrar los ojos para abrir los del alma, y tratar de fluir con el agua, cuando a veces la vida se me estanca con los escollos que ella misma va pariendo. Es buscar caminos en movimiento, destinos que me aguarden a cada meandro, para al fin encontrar mi mar.

Pero hay algo que aún hoy me sobrecoge más: un cielo estrellado. Porque en el mapa de las estrellas, donde cada uno puede ver cosas distintas si apaga los sentidos, pienso a veces que hay senderos simulados, reflejos de la realidad. Algo así como si las estrellas fueran sucesos, hechos o misiones que uno debe llevar a cabo, conectando momentos que finalmente formen una constelación. Hay quien cree predecir lo que sucederá con el baile de una moneda, con su caer; otros, miramos el cielo buscando estrellas fugaces.

Lo peor de todo es cuando no sabes qué pedir. Me siento como un niño (en realidad, nunca dejé de serlo) que está en las rodillas del Rey Mago, y cuando este le pregunta qué es lo que quiere como regalo, duda. Porque en principio va a pedir los típicos juguetes de moda...pero reserva para el final algo que desea de verdad, en un juego retórico perfectamente estudiado: si te vas a olvidar de algo, que no sea de esto. Te lo diré al final, y así fortalezco su recuerdo.

Y obviamente, hoy sentía lo mismo. Porque mientras pensaba, trataba de enumerar mentalmente todas aquellas cosas que me gustaría lograr. Y sin embargo, como en una conversación entre dos viejos amigos, tanto la estrella como yo sabíamos cual era el final. Qué era eso que yo pedía.

Hay deseos que se nos antojan imposibles. Para alguien como yo, que eternamente ha creído en que llamar a algo "imposible" es sólo un reflejo de cobardía, o un velo para no reconocer que no queremos luchar...es raro pensar que algo no sea susceptible de ocurrir. He pensado siempre que el esfuerzo, la dedicación, la confianza, la fidelidad a los propios principios y la voluntad de hacer algo, son siempre columnas sólidas de un altar donde convertir lo imposible en posible; de ahí, con ilusión, muda a improbable, para vestirse de poco probable...probable...y finalmente conseguirlo.

Sin embargo, hay noches más oscuras que otras. Hay estrellas fugaces que parecen tener una luz opaca. Tela negra y gruesa que oculta las señales. Y es curioso: a pesar de no temer a caer, de que no me importe pelarme las rodillas una y mil veces...no veo ese brillo. Será que, cuando la ilusión se somete a examen durante demasiado tiempo, comienza a conseguir peores notas.

Tengo por seguro, hoy día, que la imposibilidad y la posibilidad son sólo nombres, no estados de la realidad. Porque para construir ese altar, para llevar a cabo ese juego de chistera...sólo necesito un punto de apoyo. Porque sigo confiando, a pesar de todo, en que salvo la muerte, cada situación vital se puede revertir. Sólo basta sentarse con calma, sacar papel y lápiz...y comenzar a imaginar.

Si el fracaso tiene que encontrarme, prefiero que lo haga mientras camino. Pero al menos, cuando me entregue a los centinelas de la derrota...que sea honesto y diga que, a pesar de todo, luché hasta el último suspiro.

Hoy vi estrellas fugaces...y quiero seguir su camino.

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