martes, 4 de agosto de 2015

No son molinos: son gigantes.

La mejor manera de comprender un naufragio es analizar sus restos. Cada madero que ha quedado flotando a la deriva puede ser un recuerdo: es posible dejarlo eternamente a su suerte, o bien, coger uno de aquí y allá, repararlo, y volver a utilizarlo.

Lo único que puede saberse con certeza, tras una tormenta de sangre y arena, es el estado en el que uno mismo se encuentra. Y es curioso. Los valores que siempre he tratado de defender siguen intactos. Tiene quizás alguna mancha en las urnas que los protegen. Pero su esencia se mantiene inmaculada.

Hablaba de tormentas. Durante mucho tiempo me he visto inmerso, como casi cualquiera, en una nube de confusión, golpes y bailes con el viento bravío, nadando en aguas tan incontrolables como los momentos que la vida te pide vivir. Y pasan los días. Las semanas. Los meses.

Y sólo me queda algo: mi alma. Para mí (aunque no me guste ponerle nombres a según que cosas, puesto que es el principio de limitarlas), el alma es el conjunto de todo aquello que cada uno tiene, pero que no se puede calibrar o medir. Es el libro donde están escritas las ideas o los sentimientos que rigen nuestros pasos, el frasco que esconde el olor de todas nuestras emociones.

Y al mirarme en ella...sigo viendo los mismos colores. La locura, entendiendo esta como un modo de vida bastante extraño que  permite saborear algunos matices que una rígida cordura no dejaría filtrar. La incapacidad para rendirme, porque una victoria no puede ser completa si uno para de luchar, y las derrotas duelen más cuando vemos que nuestras manos no se han manchado de minutos útiles.

Observé también que mi libertad seguía gritando, que me exigía que la escuchara. Vi como la cara de un niño me pedía que no me olvidara de disfrutar de correr junto a ellos como uno más. Los ojos de una pantera me miraban desde unos arbustos, con la seriedad y la firmeza de un maestro, expresándome que la única manera de vencer es seguir en el ruedo.

Al final, a pesar de amarguras, de olvidos a los que nos negamos, de los reproches que le hacemos a nuestra vida...lo importante es luchar por lo que uno quiere. Negarse a uno mismo la existencia de un deseo, de un propósito, aunque el aval sea un miedo o el dolor...es dejar en bancarrota a nuestra alma.


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