miércoles, 26 de agosto de 2015

Promesas de café y cacao

- Un café con leche y un nesquik, por favor.

Cogí las dos tazas y me senté en una mesa apartada de la puerta. Dejé mi bolsa colgada en el respaldo de mi silla, y me senté a esperar. En aquella cafetería era todo fascinante. Envueltos en una nube de rock clásico, la gente charlaba animada, pero sin alzar la voz, comprendiendo que una verdad no es más cierta porque la gritemos, o porque, sencillamente, nos la callemos. Lo curioso es que todas las mesas eran parecidas: redondas, planchas de mármol desgastado que reposaban sobre cuatro patas de madera ajada. Sólo dos sillas, también de madera, con respaldo curvado en horizontal, se enfrentaban. En una, había siempre un niño, o una niña, bastante similares a los que, enfrente, escuchaban sin pestañear, embobados. Pero como en el fondo tiendo a preocuparme poco por lo que parece, decidí amenizar mi espera con un libro.

Cuando entró, lo hizo en silencio. Sólo lo rompió con un susurro, con una voz que me sonaba bastante,

- Vaya, veo que algunas cosas nunca cambian. Leyendo, ¿no?

Mi interlocutor era muy parecido a mí, pero a mi yo de 8 años. De hecho...

- Efectivamente. Soy tú cuando eras niño. Si te he citado aquí, en una cafetería que frecuentas poco, es por una razón importante. Y es que me debes varias promesas, y ambos sabemos lo importante que es dar tu palabra.

Hizo una pausa mientras bebía un sorbo de nesquik. Y entonces, con un pequeño berrete sobre el labio superior, volvió a reanudar la conversación.

- Gracias por la bebida. Como sabes, siempre me gustó el nesquik, sobre todo bien frío en una tarde calurosa como esta. Bien, vayamos al grano. Esta cafetería es, en realidad, un pequeño retal de memoria. Aquí vienen sólo las personas que han olvidado lo que se juraron a sí mismo de niños. Y siempre invitados por el recuerdo de su infancia, que es donde uno realmente se atreve a soñar con imposibles. Y cada uno la ambienta como más le gusta. Siempre te apasionaron las guitarras...

"Vengo a recordarte unas cuantas cosas. Cuando eras yo, ya soñabas con castillos y princesas. Y ya tenías una imaginación desbordante, que rebosaba por los bordes de tu corazón. Y siempre creíste que la magia existe, pero que no todos sabíamos verla. Y me prometiste -te prometiste- encontrarla y utilizarla...o dejar que te envolviera, y compartirla. Y hasta hace poco todo iba bien. 

"Pero llevas unos meses en los que parece que no lo recuerdas. Sólo quiero recordarte que sabes cómo hacerlo. Cuando eras pequeño y te caías, y te pelabas las rodillas, te levantabas y seguías jugando. Luego en casa te curaban, te bañabas, y a la cama. Y mañana una nueva aventura. ¿No ves que la vida es esto mismo? Ahora te has caído. Pero lo que te has herido es el alma, es lo más profundo de ti: tus sueños. Prueba a levantarte, a seguir jugando. Porque la vida es un juego más, donde tienes que aprender que las reglas varían según donde estés jugando, en qué momento lo hagas. Cuando salgas de aquí, quiero que abandones esa seriedad, te coloques en los labios tu mejor sonrisa, y sigas jugando. Porque cada noche puedes descansar, y seguir peleando. Aunque hay quien no te entienda, por cercano que sea; recuerda que, a veces, no encontrarás respaldo externo a tus motivos. Pero eso...también es parte del juego. Así que hazme caso...y sigue compartiendo con el mundo, con quienes quieran recibirlos, tus mejores momentos. Espero que la siguiente vez que te vea...sigas cumpliendo tu palabra.

Y es cierto. Cuando se levantó y se fue, abrí los ojos. Al parecer, sin querer, los había cerrado, en una profunda sensación de bienestar. .Había una nota. Reconocí mi caligrafía infantil. Sonreí.

"Por cierto, paga tú. Los niños no llevamos tanto dinero encima. Total, un helado vale una moneda."








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