sábado, 8 de agosto de 2015

¿Qué pedirías?

Los sonidos de la vida, del día a día, pueden presentarse de diversas maneras. Algunos son como susurros del viento, y para percibirlos hay que prestar atención, evitando caer en las garras del ruido. Otros, sin embargo, son pronunciados de forma clara, con voz cálida e insistente, con la misma serenidad de un mar en calma. También pueden ser gritos, que nos llegan directamente, siendo necesario detenerse un momento a interpretarlos. En fin, hay una gran variedad, y quizás eso sea una de las cosas que hace la vida una experiencia interesante. 

Sin embargo, me he dado cuenta de algunas cosas con el paso del tiempo. Y es que sentimos una serie de necesidades que escondemos. Puede ser el miedo, puede ser el orgullo, la actitud de mostrar ante el mundo que nosotros somos fuertes, que no precisamos ayuda ni regalos de nadie. Entonces el ruido cobra poder, porque se generan una serie de matices que distorsionan lo que debería ser una melodía clara, un diálogo tranquilo entre nosotros y la vida.

Muchas cosas podrían solucionarse pidiéndolas. El transcurrir de los días, de los momentos, va enseñándonos cómo una persona se siente desamparada por no pedir ayuda a tiempo; cómo alguien deja escapar, exhausto, un sueño, porque no acertó a alzar la voz. En ocasiones los problemas no son más que soluciones que no dejamos entrar.

Y esto es lógico, en realidad. Porque abrirnos a soluciones que no conocemos es, en esencia, desnudarnos ante lo que ignoramos. Por ello nos puede dar miedo caer, o si ya hemos caído una y mil veces, no poder seguir caminando. Claro, el miedo es una sensación demasiado humana, y nos acompaña desde el nacimiento, con el miedo a probar el mundo, hasta la misma muerte, cuando lo que nos aterroriza es abandonarlo.

Por eso hoy me pregunto: ¿Es sabio arriesgarse? No sé si lo será, dado que, en el fondo, no sabemos nada. Lo que sí sé es que para comprender el mar y disfrutar de lo que esconde es necesario lanzarse a él, y pelear cada día por navegar. Las estrellas pueden esconder un sinfín de secretos, pero no podemos averiguarlo sin desplegar las alas (que todos las tenemos) y volar hacia ellas. 

Habrá ocasiones que el ruido venga de nosotros mismos; de aquellos que nos acompañan; desde fuera, desde arriba...de todos lados. Pero las mejores cosas de la vida, además de carecer de definición exacta, no se perciben con los sentidos, sino con el alma. Y pretender encontrar el Edén, o el Dorado, sin echar a andar, sin luchar, sin exponerse al dolor...y a pesar de hallarlo, seguir perseverando...es intentar hacer artificial lo que precisamente nos hace humanos: aquello que transmitimos y escapa a los sentidos.

Por eso, pregúntate. ¿Qué pedirías? ¿Qué quieres? Que no te importe dar un paso atrás o hacia delante: en la vida, el avance siempre es relativo. Y ante todo, salta sobre el miedo, porque detrás de él, te espera tu camino.

Ruido. Ignóralo. Lo mejor, desde luego, siempre comienza una y otra vez.

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