martes, 20 de enero de 2015

Y tú, ¿qué quieres?

-A ver, ¿Qué quieres?

Así empieza la conversación conmigo mi reflejo en el espejo. Y vaya pregunta. Porque por más claro que uno quiera tenerlo es a veces complicado. Quieres, por ejemplo, huir de la ciudad de toda la vida, pero cuando no estás...recuerdas. Y ves esas calles en tu retina, que como un proyector plasma la imagen en tu mente, avivando el fuego de la memoria. Y es que somos así: basta un pequeño momento en el mundo, una callejuela oscura, sin aparente encanto, para que atemos ahí un recuerdo, para revivirlo, rescatarlo, cada vez que nos encontramos allí.

Luego piensas que deseas algo o a alguien. Sin embargo, cuando lo tienes o lo piensas en frío, tampoco es eso. Es quizás que quieres vivir una serie de instantes que ahora no tienes, y claro, qué vas a desear: ¿lo que ya tienes o lo que te falta? Es curioso cómo anhelas las nubes cuando no puedes tocarlas, y valoras mantenerte firme, de pie, sobre el suelo. Sin embargo, cuando vuelas, nace en ti, como una zarza que te enreda, la sensación de vértigo, las ganas de volver a caminar.

Y lo mismo pasa con la soledad. Cuando estás solo, no paras de imaginar maneras de aniquilar esa sensación de silencio externo, porque dentro de ti tu mente no para de funcionar, como máquina incansable, como una eterna galopada de tu espíritu. Sin embargo, cuando estás en compañía, llega un momento en el que añoras la quietud del silencio, la ausencia de todo sonido, la compañía de ti mismo.

En resumen: llegamos a ser tan caprichosos a veces como desagradecidos. Es como intentar ver tu película tótem, esa con la que te identificas, saltando todo el rato las escenas. No has terminado de ver ese momento que te eriza el vello, que casi consigue arrancarte una ovación (y sin el casi)...y ya estás queriendo saltar al siguiente.

Quizás sea el año nuevo. Quizás no. Seguramente no. De hecho, no. Es más la corriente que me envuelve, un río de cambio que me arrastra como un barco, cuyo capitán se preocupa más de disfrutar del oleaje y la brisa marina subido al mástil, que de pilotar con lógica el navío.

Vale, espejo, lo tengo. Lo que quiero, es vivir. Y saborear cada instante como un trago de refrescante incertidumbre,

Lo que quiero es vivir. Ahora. Porque ayer ya murió. Y mañana no ha nacido.

lunes, 19 de enero de 2015

No son molinos...nunca lo fueron

El frío parece haber montado campamento en la ciudad. Por todas partes pueden sentirse las unidades del Invierno, que trabajan sin descanso para aprovechar el tiempo que les resta hasta que regrese la Primavera. Parece que el viento susurra escarcha en las aceras, que la noche extiende su manto a su antojo. Sólo unas pocas estrellas cuajan el cielo, quizás para recordarnos que toda noche fría acaba siendo derrotada por el sol...

En esas me encontraba mientras caminaba a casa, recordando...Hubo un tiempo donde no podía divagar, donde las horas me contaban que el tiempo se acababa, como si mi reloj de arena estuviera lleno, simplemente de aire. Era la época en la que soñar era tabú, en la que podía importarme la opinión de los cuerdos...sin querer, me dejé encerrar en una camisa de fuerza, intentando buscar una felicidad demasiado lejana de los sueños, demasiado cercana a la cordura.

Pero un buen día, al abrigo del bosque, en soledad...empecé a imaginar. Si algo bueno tiene el invierno es un café donde podemos confesarnos. Hablando despacio, bajito, casi respirando las palabras, se encadena una conversación, y aunque no lo parezca, estás cambiando el mundo. Acaba de caer una de las correas de mi camisa.

Luego me atreví a embarcarme en el camino que, tarde o temprano (mejor cuanto antes), todos emprendemos: los entresijos de la felicidad. Y es que acabé por darme cuenta de que cualquier pequeño instante puede encerrar una sonrisa grande como un molino...como un gigante,quería decir (qué gran razón tenía Quijote).

Al caer la camisa de correas, decidí hacer como el Hidalgo. Ensillé un caballo, el que me pareció mejor, y le llamé Paciencia. Me armé con una sonrisa y tomé por escudero a la esperanza. Y así me lancé a los caminos de la vida, dejando que ni siquiera las gotas frías del desánimo pudieran calarme. Me he encontrado demasiados Caballeros de la Blanca Luna, y sin embargo...no pudieron desmontarme. Nadie puede detener a quien abrazó a su locura, a un soñador que sólo desea volar por encima de la cordura.

Y ahí seguí. Sin Dulcinea esperándome, pero cabalgando por donde otros sólo ven momentos...porque yo ahí siento oportunidades.

Que nada borre una sonrisa. Que todo nos haga sonreír.