martes, 10 de marzo de 2015

El café de Dante

Esta historia transcurre en una cafetería. En ella están todos los elementos que uno quiera imaginarse. Están esos pequeños grupos que se reúnen en torno a una mesa, en cuyo centro titila una vela, emitiendo leves susurros de luz.  Los murmullos de estas personas son tan suaves que no impiden que la música siga sonando. Unas notas de algodón que flotan en el aire, que permiten que uno cierre los ojos e imagine lo que quiera en ese momento de relax. Un café humeante espera en la mesa del protagonista.

Y entonces se abre la puerta, pero la cortina oscura repele la luz, así que esa posible molestia no interrumpe las conversaciones. Ella entra  y le sonríe, y va a la barra a pedir un café con leche, pero él ya se lo ha pedido. Con dos chocolatinas, además, como a ella le gusta. Cuando se sienta frente a él, ambos irradian sensaciones con la mirada: es esa sensación irrepetible de la primera vez; es esa necesidad de levantarse y gritar: "Pues sí, somos afortunados de poder compartir este momento"; es ese puñado de segundos que son polvo de hada, que paralizan el reloj...

Y entre conversaciones, y sin saber cómo... se han dado la mano. Y ambos siguen sonriendo. Lo mejor de una historia en la que ambos conocen el desenlace es, precisamente, compartir las sonrisas como algo instintivo. Nunca un café caliente supo tan reconfortante...

Y llega la hora. Antes de irse, ambos toman la misma servilleta. Garabatean una fecha, que coincide con el día que marca  un calendario. Y uno de ellos escribe debajo: "Recuerda esta noche, porque marca el principio de la Eternidad . ( Dante Alighieri)." Y entonces se van.

Dejo al libre albedrío de quien lea estas líneas escoger tanto su personaje como el final. Eso sí: que nadie se prive de tomar un buen café acompañado de una persona con quien com
partir nuestro tiempo. Como demuestra Dante, el Paraíso existe...sólo hay que tener valor de cruzar el Infierno.