viernes, 5 de junio de 2015

Cuentos de la Luna

Una noche veraniega, donde el aire espeso parece caer perezoso sobre las hojas. Apoyado sobre un roble, escuchando como armonía el ulular de las lechuzas. El aroma del verano, que en su huída va dejando la primavera tras de sí, ese olor a junio, esa fragancia del estado intermedio entre frío y calor templado. En los labios, el sabor de lo inesperado, como si lo dulce y lo salado bailaran abrazados, al son de la batuta de la amargura. Y completando sus sentidos, la Luna en lo alto, llena, radiante, resquebrajando la oscuridad con su luz perlada.

Esa Luna...quiere alcanzarla. Quizás por el mismo motivo que se quiere alcanzar lo que se aleja. Es esa esa sensación de querer tener valor, el suficiente como para aceptar que lo imposible es una máscara que se coloca lo improbable para engañarnos. Y al final, algunas mentiras estudian retórica, ensayan su mejor sonrisa, y llegan a convencernos de que es mejor plegar las alas, y caminar, y gatear...hasta que cansados llegamos a ese punto del camino. Sí, ya sabes. Ese. En el que nos apoyamos en un árbol a contemplar a la luna en la distancia.

Y mientras la mira...parece que ella se ruboriza. Con guiños de luz, parece corresponder a sus pensamientos. "¡Qué locura!", pensarían algunos. Claro, se me olvidaba. Cuando hay algo que parece costar demasiado valor, lo teñimos de locura, y eso nos aleja. Bueno, les aleja. Porque él seguía allí, intentando comprender los susurros de la Luna. Porque sólo un loco puede comprender los mensajes crípticos que se caen de los bolsillos al destino.

Quizás ella no esté diciendo nada. Sólo lo ilumina por cortesía; o por quedar bien; o porque no quiere ofender a alguien que lo observa con esa humildad. El caso es que...quizás nunca lo sepa, porque el caballero (¿era un caballero?¿o un bufón? Quizás valiente como lo primero y alegre como el segundo) jamás se lo preguntaría. A lo mejor ni siquiera hablaba con él, y desplegaba una cortesía común entre ella y cualquier otro.

Por eso se levantó, se ajustó los pantalones...y siguió caminando bajo el abrigo de la noche, el manto de las estrellas...y la luz de la Luna. Quién sabe, quizás esos caminos se crucen.

Y es que a veces...lo inesperado llena nuestras vidas, la locura desborda nuestra esperanza...y el destino nos abraza.