lunes, 24 de octubre de 2016

Interludio: la Negociación del Caballero

"Esta historia no la firmaré con tinta, sino con segundos. Con minutos, años. Es tiempo lo que humedece este papel ajado, son vivencias que se me caen del alma, y quedan arrugadas, apelotonadas...en suma, este cuento quedará aquí, en esta celda que es mi castillo, mi orgullo, el harén de mis psicosis, Olimpo de mis delirios...y su pirámide será una losa, la que está en el centro del palacio, para que sobreviva a mi sombra, a mi espíritu...a mi ya deshilachada sonrisa.

Cuentan que un joven juglar, cuya única virtud descansaba en las cuerdas de un laúd, perseguía a la fortuna por los caminos. Esquivando a salteadores, ladrones y proscritos, portaba sobre sus bailes mil historias, que contenían diversas aventuras. Algunas hacían reír al respetable. Otras, arrancaban lágrimas de los ojos más reacios. Había, en fin, esas que hacen que el más pequeño hombre quiera salir a la arena a encarar a su destino.

Pero, como suele pasar a menudo, cuando estaba en lo más alto de su momento, cuando atesoraba el suficiente valor como para esquivar cualquier dardo que procediera de la más afilada de las gargantas...cayó. Por motivos que se enredan en las raíces del tiempo, alargadas y quebradizas, decidió que era el momento de colgar el laúd y agarrar las bridas de su caballo. Quería calzarse su vieja armadura, abandonada durante tantos años...porque, efectivamente,antes de ser juglar, fue caballero. Cuando estaba cubierto de derrotas decidió salir a los campos siguiendo el rastro de su propia voz, los designios de su destino, del que iba escribiendo con su baile...

Y, claro, tenía que ocurrir. Se lanzó, una vez más, contra aquel viejo enemigo. Un caballero de negra armadura. Ciego, sordo, pero extremadamente hábil percibiendo a sus presas. El Miedo lo esperaba, portando su lanza y su escudo. Y entonces, se enzarzaron en un brutal combate. Los envites rasgaban el viento, que se quejaba en agudos aullidos que saltaban de las chispas de las armas. La luna llena no perdía detalles, arropada ya con las oscuras nubes para velar la batalla. Abolladuras, llagas, rasguños...y exhausto, anegados sus ojos en un fango de derrota, tristeza y rabia...el juglar hincó sus rodillas. Volvió a ocurrir. Y negoció su rendición:

'Hagamos un trato: Yo no me enfrentaré más a ti con estas armas. Sólo lo haré cantando y bailando, con tinta, pluma y papel
. Porque no porto espada que ensarte tus sombrías entrañas, y tú abres mil caminos en las mías. Tú ganas'

Y cuando recobró el habla, cuando fue consciente de su realidad, estaba en una celda, que era su castillo, su orgullo, el harén de sus psicosis, Olimpo de sus delirios..."

sábado, 22 de octubre de 2016

Cuentos del Loco XII: La pluma y la espada

"Suele ser un mal común. No sabemos comprender, a veces, que la vida deja algunas llagas en los dedos, y algunas ampollas en el alma. Creemos saber sanar ambas, y al tratarlas como heridas equiparables, cometemos ese error. No hay peor veneno que el que anida en el alma, el que mancha los sueños, el que empapa el valor. Por eso, es preciso saber cuándo uno se enfrenta a lo terrenal, y cuando cose los descosidos jirones del alma...

Escuché una noche de luna nueva de la boca de una bruja (quizás era mi imaginación la que me hablaba, pero su voz era tan parecida a la de una bruja...) la siguiente historia. Un joven poeta había desarrollado una importante habilidad. Era capaz de pintar, con sus palabras, cualquier escena que se le pidiera. Su pluma esparcía la tinta sobre el papel de un modo magistral, componiendo en frases historias de todo tipo, alabanzas, amor, odio...cualquier cosa. Tanto es así que un afamado gobernante lo acogió bajo su ala, y sin querer, cortó las del poeta. Porque su trabajo consistía en componer todo aquello que su mecenas le solicitaba.

Una noche, mientras la luna llena arrancaba del río pálidos destellos, donde las ramas jugaban a cortar la imagen del cielo, el poeta conoció a una preciosa mujer. Sus ojos, tan grandes como el deseo que despertaban, coronaban un rostro cuyos labios parecían arropar cada palabra que manaba de su garganta.

Hinchó su pecho, intentó que brotaran de él hermosos versos que planeaban sobre su mente. Metáforas e hipérboles entrelazadas en su inspiración, sostenidas por tercetos y cuartetos que ya tenían puesto el sombrero para salir...pero no podía. Porque no hay nada peor que tener afónica el alma, que haber dejado la inspiración en el paragüero de cualquier local...

Intentó seguirla, convencerla de que aún tenía puro el espíritu de aquel que se expresa en versos, de aquel que sólo busca la belleza como último destino. Cuando por fin consiguió alcanzarla, su pluma pesaba en el bolsillo, y estaba afilada. Había mudado en espada. Y al sacarla, sin querer, escupió un tajo sobre su musa. Y ambos se desangraban bajo la lluvia de aquella noche...una en sangre; el otro en lágrimas."

- ¿Se puede morir si se pierden todas las lágrimas?
- Por supuesto. Esa es la muerte en vida. La de aquel que no puede hacer nada por mitigar su dolor. Dolor que nuestro amigo recibe al saltarse la única regla, creo yo, que alguien debe marcarse: ser uno mismo, y no venderse ante nadie. Cuando uno olvida quien es, puede herir a quien le rodea, y no hay peor dolor que el ajeno, el de sufrirlo por haber dañado a quien se ama.

(Quizás fuera el ambiente, quizás la sugestión, pero mi amigo manaba espesas lágrimas a través de sus pupilas...y quedaban atrapadas al filo de su barba. Parecía empezar a morir en vida, como él decía. Y ahí...la tristeza me dio un pellizco.)

lunes, 29 de agosto de 2016

Cuentos del Loco XI: Bajo la Carpa del Maldito

"¿Sabes? Lo que distingue a un hombre feliz del que no lo es, precisamente, será su capacidad de ser feliz. O lo que es lo mismo, lo que puede llegar a disfrutar de su camino. Camino que germina, se camina, se termina...y vuelta a empezar; y en todo ese baile, en un frenesí de curvas, en un banquete de sensaciones, mientras las manecillas del reloj llegan  trabarse por no poder filtrar a la vez tal torrente de tiempo...uno danza, se ríe, disfruta, aprende...se sorprende.

Oh, perdona. A veces mi mente pinta un cuadro que no soy capaz de transmitir de modo comprensible. Recordemos, mejor, la historia de aquel hombre, adinerado, rico y poderoso mercader. Respetado en su comunidad por haber amontonado más oro que el que puede saciar al más insaciable avaro. Gastaba ese oro en ropas que lo hicieran respetable ante sus vecinos; respeto que, una vez más, procedía del hecho de haber amontonado más oro que el que puede saciar al más insaciable avaro...y así sucesivamente.

Paseando una noche, vio en un descampado de la ciudad una carpa enorme, bajo la que parecía no haber nada. Curioso, con la calma que baña a quien cree tenerlo todo, entró a satisfacer su sed de conocer. Entró, así, en un circo, que a su llegada, se iluminó tenuemente. Salió a la palestra un joven, un niño, muy parecido al mercader. De hecho, se presentó como el mismo mercader, pero con 7 años.

'Observa'. Entonces entraron los payasos. Llevaron a cabo complicados números, que conseguían que la risa ronca del niño resonara en la abovedada carpa. Sin embargo, el mercader no era capaz de dibujar ni la más leve sonrisa. Tampoco con los trapecistas, el domador....

'¿Ves? Eres incapaz de disfrutar con aquellas cosas sencillas que, cuando niño, te hacían estallar en mil carcajadas. Has crecido, y has olvidado que la inocencia es la garganta de la alegría, y es quien te imanta para atraer al resto de tus semejantes de un modo sincero. Así, cuando todo termine, serás capaz de darte cuenta. '

Intrigado, salió a la calle. La voz de su yo de 7 años le había despertado una inusual inquietud. Despistado, cayó al suelo, y un grupo de personas, harapientas, sin qué llevarse a la boca, se abalanzaron sobre él y lo robaron...cuando quiso pedir ayuda...no tenía voz...desesperado, intentó levantarse...pero un frío acero atravesaba su costado...y todo empezó a teñirse de una niebla espesa...gris..."

- ¡Dios Santo!¡Qué final más terrible! Pero...¿Por qué nadie lo ayudaba?¿Por qué estaba mudo?
- A veces, las personas crecemos y creemos que, para ser alguien en la vida, es necesario acumular riquezas, aunque no tengamos en qué gastarlas. Cuando el protagonista no ríe con lo más cercano a la infancia, cuando su niño interior se rebela, es cuando comprende que alejarse de la felicidad llana, que olvidar que seguimos llevando un niño con nosotros, nos puede apartar de las personas; dejamos de ver a compañeros, a amigos, para únicamente pensar en qué hacer para obtener más y más...así nadie le ayudó cuando le robaron. Su voz no salía porque sus semejantes no querían escucharla. Respetaban a un hombre adinerado; no respetaban a un hombre en apuros. Y querer a otro es, en esencia, respetarle siempre...

(Desde aquella tarde, no pasa un sólo día en el que mis labios no hayan
dado cobijo, al menos, a una sonrisa. Pero la sonrisa más grande, más pura, más angelical...estaba pintada en el rostro de mi amigo...Bendita locura, pues.)

sábado, 20 de agosto de 2016

Los Cuentos del Loco X: El saco de las Cosas que Nadie Pide

"Pensarás que para cada cosa alguien escribió un cuento. Claro que no. Los cuentos se escriben no se escriben con tinta, sino que se tallan con la voz. Con la de cada uno. Nadie enseña al portador de historias, como en el guión de una obra de teatro ,dónde debe insistir, dónde colocar el acento, ni siquiera a qué dar más relevancia. Lo más bello de contar un cuento es que se es libre para hacerlo del modo que a uno más le convenga...y recuerda: la libertad no es algo que se nos regale. La libertad se aferra a nosotros cuando nos cortan el cordón, al nacer, para sobrevivir. Por eso eternamente va con nosotros; por eso...por ese motivo, es nuestro derecho y nuestro deber ser libres...

Quizás fue esa libertad, la capacidad de elegir, lo que truncó el destino de nuestro protagonista. Desde niño, soñaba con ser un héroe. Corría entre los árboles de su aldea imaginando un centenar de batallas. Era atacado por monstruos terribles, criaturas fabricadas con su fantasía, cuyo punto débil era él mismo, que escogía los momentos dramáticos para matarlas. Creció, modificando su concepto de héroe, tratando ahora de ayudar a aquellos que le rodeaban, porque entendía que la heroicidad, cuando uno crecía, se basaba en ofrecer trozos de felicidad a quienes habían dejado de saborearla.

Una noche, cuando dormía, tuvo un sueño. Estaba en una tierra desértica, bajo un sol estrellado. Un anciano, sentado bajo un árbol, le miraba con detenimiento. Sus ropas parecían estar tejidas de la misma tela de arpillera que el tiempo. Sus ojos eran dos tajos dados a la oscuridad, suficientes para ver, sin mostrar ninguna emoción. Unos cabellos canos, como alargadas lianas de plata, cubrían los laterales de su rostro, enmarcándolo. 

"Escoge, amigo, cuál quieres que sea tu destino". Una voz suave,potente, cargada de sabiduría y de años, invitaba al chico. Este, no lo dudó. "Quiero ser un héroe. Quiero regalar a las otras personas momentos que les den felicidad." La respuesta, entonces, fue firme: "Recuerda que cada paso que des, cada camino que tomes, irá empedrado de consecuencias, todas ellas de diversa forma y sentido."

Cuando abrió los ojos, no notó nada extraño en su interior. Pero, bajo su cama, había un saco, sobre el cual, tejido, había un rótulo: "Las Cosas que Nadie Pide". Lo cogió, y dentro no había nada. Pero como le pareció algo extraordinario, decidió guardarlo consigo. En cierta ocasión, hablando con un amigo, sintió que su saco tosía. Y al abrirlo, extrañado, descubrió que había algo en sus entrañas. En este caso, era un pergamino en el que aparecía un mensaje: "Pregúntale sobre su trabajo". Cuando lo hizo, su amigo se alegró enormemente, y le contó todo con pelos y señales, sonriendo. Después, este le pidió consejo, pero se había hecho tarde, y tenían que marchar.

Más tarde, una joven llorosa se acercó a él. Cuando miró en su saco, conscientemente esta vez,  un nuevo mensaje yacía en su fondo: "Deja que cuente su historia y dile que todo irá bien". Así lo hizo. Y ella sonrió, alabó sus palabras, a él mismo...pero se marchó, y jamás volvieron a verse.

Y así fueron pasando los años. Un sentimiento de soledad pesaba en su alma. Porque en ese saco mágico siempre había respuestas para las preguntas de otros, pero jamás salidas a sus problemas. Triste, sobre su cama, sintiendo que permanecer de pie era una carga insoportable, recibió la visita del anciano que le regaló el saco. "Quise advertirte, pero simplemente soy tu Conciencia: especificaste que querías ayudar a las 'otras' personas, no a ti mismo. Por eso no has podido ayudarte, y al invertir tu tiempo solamente en el resto, hoy dejaste tu vida sin construir...y ya es tarde..."

- ¿Qué ocurrió?
- Nadie lo sabe, amigo. Al fin y al cabo, es un personaje de leyenda. Pero es triste lo que le sucedió. Sucede a muchos. Incluso a ti, que escuchas mis palabras con atención. Es a nuestra conciencia a quien debemos preguntarle qué queremos ser. Ella, con la sabiduría que le han dado todos los años que hemos vivido, con la ceguera justa para no dejarse influir con lo demás, nos guiará. Pero cuidado, porque elegir un camino es siempre desechar otros tantos. Y muchos queremos ayudar al resto, y el ser humano suele ser egoísta, y restar valor a lo que a otros les sucede. Unido al hecho de que es costumbre cuidar menos a quien más se preocupa (porque parece que jamás desaparecerá), el portador de ese destino, el forjador de sonrisas, naufraga en una soledad amarga...


(Un destello sombrío cruzó su mirada. Me pregunto si, aquella tarde, mi amigo no estaba empezando a desnudar su alma...pero marcó a fuego la mía, como siempre. En su honor, prometí buscar el equilibrio a mi destino, dibujando buenos momentos a todos. Incluido a mí mismo.)















sábado, 16 de julio de 2016

Los cuentos del Loco IX: Alas de Piedra


“¿Sabes? Claro. ¿Cómo vas a saber, si aún no te he dicho nada? Es un error dar por supuesto que las personas deben conocer, como sea, todo lo que queremos contar, ofrecer…sin darnos cuenta de que lo realmente bello es sorprenderlo, que una rosa rompa en flor desde el capullo, que un…perdón, estoy divagando.

En fin. Hubo una vez, tampoco hace tanto, quizás un par de siglos o tres, una mujer extremadamente hábil. Tanto era así que, cuando un rico comerciante quería un retrato, era ella quien se encargaba de pintar, y su pincel gritaba belleza, rezumaba realismo; si era una pieza musical, los ángeles se hacían los sordos para no arrojar sus liras en señal de franca sumisión…y así con cada arte que se te ocurra. Sobre todas las cosas, ella amaba la escultura.

Decía sentirse Dios (porque no hay nada peor que reconocer que se tiene un talento elevado desde la arrogancia, y no sentado sobre la humildad) cada vez que arrancaba impurezas de la piedra con su cincel. Porque conseguía que un bloque amorfo traspasara las leyes de la realidad, y palpitara vida, movimiento, sentimiento…

Así, un día, cansada de encargos demasiados vulgares, de conocer personas que nada podían ofrecer a su ego, decidió esculpir a su alma gemela. Y comenzó a rascar el mármol. A las pocas horas, se acercó una amiga de la infancia, llevándole café y pastas, para darle un respiro en su labor, y charlar como cuando eran niñas. Pero ella la ignoró, porque no necesitaba nada.

A los pocos días, cuando había dejado una majestuosa figura humana compuesta sobre el mármol, decidió que la cara no era lo suficientemente bella para sí misma, y siguió trabajando. En esas, vino un hombre del pueblo, bastante atractivo, pero no tanto como un joven príncipe de cuento. Le ofreció un breve paseo para que descansara, una pequeña velada. Ella hizo caso omiso, y entre murmullos (“esta mano no es perfecta para acariciar mi piel”), siguió trabajando.

Pero, al ir a corregir un dedo del pie, exhausta, lo arrancó. Se echó a llorar, y al caminar enloquecida por el taller, se vio frente a un espejo: desaliñada, con el pelo sucio, la cara hundida en una cueva de agotamiento, mirada perdida…rodeada de basura…y no pudo soportarlo más. Sus nervios fueron creciendo, se endurecieron…y de repente sintió algo parecido a una esquirla de piedra, que tantas veces había sentido clavada en sus dedos…en el corazón. El tiempo se detuvo, el reloj se rompió, y una aguja atravesó sus días. Se paró de repente, incapaz de soportar ese grado de tensión, de dolor, de nerviosismo…y cayó sin aire, abrazada a su alma gemela…imperfectos ambos…y sin vida…”

- ¿Y ya está? ¿Murió sola? ¿Alguien con tanto talento?
- ¿Qué importa eso, amigo? Ese es el problema. Solemos pensar que, cuando algo nos hace destacar, somos mejores que el resto. Elevamos a nuestra alma gemela a algo extremadamente complejo, cuando, en realidad, la vida es más sencilla que todo eso. Y todos tienen algo que aportar, siempre. Suele darse que quien cree tener esa superioridad ignora lo que necesita de otros. Y, créeme: Nunca va mal un abrazo, que nos escuchen…o un café con pastas, o un breve paseo. Cuando me rechazó aquel día, cuando no quiso desconectar su reloj en mi compañía…entendí que nunca volvería a verla…”


(Siempre creeré que aquella historia tenía lo mismo de verdad que de mentira. Aquella muerte había mordido su mente, pero su veneno había abierto la puerta de su entendimiento.)

sábado, 2 de julio de 2016

Los Cuentos del Loco VIII: "El saldo del tiempo"


“Una vez, mientras iba sentado en un tren, rumbo a una ciudad a la que sé que jamás volveré (por fortuna), se sentó a mi lado una persona vestida con harapientas ropas. Parecía que en lugar de vivir, hubiese estado corriendo delante del tiempo, huyendo de unos años en estampida que, finalmente, lo habían arrollado. Me preguntó con voz grave si podía sentarse a mi lado, y yo accedí. Le ofrecí un café caliente, y él, después de un breve silencio, dijo que conocía una historia que tal vez me interesara. ¿Sabes estas veces que sientes que alguien te está mirando? Pues yo intuí que tras aquella espesa mata de pelo grisáceo, de copos de tiempo encaramados a un cabello ralo, dos ojos me miraban el reloj…y se dieron cuenta de que consultaba la hora constantemente. Y la historia decía algo así como…


‘Normalmente se suele decir que es necesario tener dinero para casi todo, ¿no es cierto? Así pensaba aquel hombre, uno que vivía en una aldea al borde de la montaña. Estaba harto de no tener nunca nada, como él mismo decía. Veía cómo sus vecinos, todos ellos (según él contaba) podían construir especificaría al llegar a su presencia.

Tesoro. Sólo eso resonaba en la cabeza de nuestro joven amigo, que metió sus escasas pertenencias en su zurrón, y se encaminó montaña arriba. Y así se enfrentó al camino. Un camino que parecía estar dispuesto al capricho de un dios que quiere poner a prueba a sus transeúntes. Porque las fuentes estaban medidas, para que el escalador llegara totalmente deshidratado a la siguiente. El alimento escaseaba, y en la misma proporción que las fuentes, se hallaban dispuestos árboles frutales.
Sin darse cuenta, el intrépido caminante llevaba meses familias y diseñar un destino prometedor porque tenían todo el dinero necesario. Primero, necesario para cortejar a una dama con flores, regalos y carrozas; después, porque podía viajar con ella, y algún día mantener a sus hijos. Y a él se lo comía una voraz soledad, traída, a su modo de ver, por una pobreza que no quería dejar de atormentarlo.

Un día oyó que el sabio de la montaña, un anciano venerado, cuyo cuerpo estaba hecho más de tinta de leyenda que de carne y huesos, ofrecía su tesoro a cambio de algo muy concreto que se
de caminata, y una noche vio a lo lejos la luz de unas antorchas. Al acercarse, pudo observar una cabaña desvencijada que lo aguardaba. Nervioso, ansioso por recoger su premio, se internó en la estancia. Y allí estaba el anciano. “He cobrado mi parte. Todo el tiempo que te has dejado en este viaje ahora me pertenece. Tu tesoro…creo que ya lo llevas puesto. Es tu tiempo. No seas necio, vuelve a casa, y disfruta del bien que acabas de recibir, utiliza mejor tus minutos…antes de que sea tarde”.

Rompió a llorar. El viajero quería dinero. Cuando abrió sus ojos entrecerrados para cargar contra el anciano –jamás había sentido esa rabia, esa sed de sangre, de venganza-, este ya no estaba. Entonces él se asomó a la cornisa opuesta de la montaña…y se lanzó al vacío…’
Entonces el vagabundo se  marchó en silencio, dejándome allí solo…y un reloj amarrado a su cadena"

-¿Pero por qué se suicidó? ¿Quién era ese hombre que iba en el tren?
- Primero, siempre crees que hay más detrás de la cortina, y en ocasiones, no es así. En realidad, esa persona que se lanza al vacío lo hace porque, como muchos, cree que la riqueza se basa en utilizar el tiempo para acumular cosas, e incluso cometemos el error de intentar acumular personas…cosas que no es así. El tiempo es como el agua: como solemos tenerla cerca, solo la valoramos cuando falta gravemente. Pero sin ella moriríamos. El tiempo que dedicas a alguien, los momentos en los que regalas tu compañía, estás firmando un pacto, según el cual esa parte de tus minutos se los cedes a otro. Yo aprendí aquello demasiado tarde. Y…por cierto, ¿Cuánto hace que no subes a un tren? La próxima estación puede merecer la pena…

(Cuando llegué a casa miré en el bolsillo de mi bata. Un reloj de bolsillo, sin manecillas, descansaba en el fondo. Me había regalado el tiempo sin cadenas, sin agujas que limitaran su libertad.)



domingo, 5 de junio de 2016

Los cuentos del loco VII: " Punto final y seguido".

"Hubo una vez, según me contaron hace mucho tiempo, alguien que recordaba cómo, de niño, le contaron esta historia...se trataba de un reino muy lejano, al borde de lo humano, en la frontera de aquello que no se puede reglar. Pero, como en todas partes, allí también tenía turno el invierno, que está esperando el día 20 de diciembre a las 12 menos diez de la noche, fumando un cigarro, con el síndrome postvacacional todavía...

Con esa pereza cayó aquel frío, con fuertes heladas incapaces de ser retenidas. Una casa quedó aislada en el valle (¿era un cerro? Bueno, es igual). Se trataba de una persona muy rica: terrenos, dinero, posesiones...todas las amistades que su dinero era capaz de reunir en torno a él. Su felicidad era extrema. Porque sentía aquello que invade a quienes son capaces de adquirir cualquier cosa con dinero, ya sean personas, cosas...

A su lado, una pobre familia racionaba sus alimentos. En la casa contigua, se disponían a tapar las grietas que se habían instalado entre los maderos de las paredes, que dejaban pasar al frío y el agua de contrabando. Frente a la hoguera, se arropaban unos a otros, con viejas mantas. 

Fueron pasando las noches. Una daba paso a la otra. Y los caminos seguían vedados. Aquel hombre fue sintiendo algo que jamás había hollado su alma: la soledad. Porque con todo su dinero no podía comprar la voluntad de esos amigos que vendían sus abrazos por monedas. La comida no lo saciaba, la bebida no hidrataba su garganta...y no dormía. Al principio del invierno salía fuera, a su jardín, y sus vecinos le invitaban a pasar a su humilde morada. Pero este pensaba "Su compañía no valdría ni una moneda en el mercado...."

Y así, poco a poco...fue enfermando. Un médico, pagado a buen dinero, acudió a su casa, atravesando el bosque como buenamente pudo. Cuando pudo examinarlo...concluyó que padecía una terrible enfermedad, que quizás no extinguiera su vida, pero sí sus ganas de vivir, Y con ellas...se iría apagando..."

- ¿Qué le pasó a aquel pobre infeliz?
- Está sentado aquí, hablando contigo. Me llamaban loco, lo cual es un halago. Porque al sufrir aquello experimenté un cambio en mi modo de ver el mundo. Pero en realidad, lo que me sucedía, es que simplemente necesitaba un abrazo...gratis. Y valorar la compañía o el calor de otro por aspectos materiales, sin pararse a ver más allá...conduce a una soledad absoluta. Este hospital no es mi cárcel. Hoy es mi hogar...y mañana...ya veremos.

(No sería su último consejo, ni fue el primero...pero sí una de las advertencias más ricas que he recibido nunca. Debo muchos abrazos, me debo muchos momentos..y a él le dejé un abrazo pendiente. Pero no sería hoy.)







domingo, 1 de mayo de 2016

Cuentos del Loco VI: Los Restos del Naufragio

"La masa de agua que parece no moverse, pero baila una danza pausada, constante. Parece que el mar en calma intenta que quien lo mire sienta que no se mueve. El náufrago juega con él al escondite inglés, y cada vez que se gira para mirarlo, le envuelve esa sensación de desidia...

Joven el marino, apuesto, seguro de conocer (como todos) los grandes secretos de la mar. Se sentía capaz de leer los gritos de aquella tempestad, capaz de enderezar el barco, asirlo por la cintura, y hacerle bailar bajo los relámpagos, sobre el bravo oleaje, con un mar que echaba espuma por sus fauces...y claro...cuando abrió los ojos, flotaba sobre una pequeña tabla...

De pronto, un día, vio acercarse una pequeña barca. El marrón oscuro de su casco delataba su antigüedad. Un pescador anciano, con el rostro cincelado de arrugas, le invitaba a subir. Pero el náufrago prefirió no subirse a esa embarcación, porque pensó que no era lo que alguien como él, de su posición, merecía. Así, ignoró al pescador, y maldijo su suerte...

Más tarde, notando el rugir de sus entrañas, consiguió llegar a una isla diminuta, que le ofrecía el alimento justo para subsistir día a día. El pelo y la barba cubrían su rostro, a una velocidad semejante a la que su cuerpo iba perdiendo grosor...

Un buen día, mientras contemplaba  su mar (después de tantas horas marcado por él, podía considerarlo parte de sí mismo), vio cómo una embarcación bastante grande se acercaba a sus terrenos. Pero cuando se dio cuenta de que aquello era exactamente lo que siempre había querido,se asustó,y decidió ignorarlo, como ya hiciera con aquel pescador anciano.

Continuó rehuyendo la mirada de nuevas naves que se aproximaban a sus calas, hasta aquella noche. Débil, somnoliento, se detuvo a contemplar sus nudosas manos. El pelo, antaño negro como una noche sin estrellas, ahora parecía remendado con algodón. Notaba el peso de los años, y las astillas de la soledad clavadas en sus costillas. Había llegado el momento...se acurrucó...y dejó que la arena de su reloj se derramara del todo..."

- Y entonces murió sólo.
- ¿Qué esperabas? Es que, hasta que conseguimos aprender, somos así. Navegamos a través de la vida, sorteando peligros y creyendo que sabemos todo acerca de ella. Cuando de verdad sufrimos, y caemos al suelo, nos cuesta volver a subir a una nueva oportunidad. Y donde comienza la inconformidad, se mece nuestra soledad, plácidamente, Porque no importa cuán bueno sea lo que conocemos:a veces creemos merecer más, o todo nos asusta...pero, amigo, al final, el tiempo huye por el desagüe del último bis...Que eso ocurra en plenitud, o en decadencia, depende la valentía y de la humildad, a partes iguales, de cada persona..."

(Así, cada vez que encallo entre los pliegues de la vida, vuelvo a escuchar aquella voz templada, recordándome que nada es tan malo como parece, ni tan bueno que no pueda alcanzarlo.)

viernes, 15 de abril de 2016

Cuentos del Loco V: Un universo en el baúl

"Poca era la luz que atravesaba su mundo. Tan sólo el haz que entraba por la ancha cerradura, por la que cabía ajustada una pequeña llave. Allí,en la penumbra del día, en la oscuridad de la noche, descansaba acostado contra la esquina. Era un bufón, un pequeño bufón de juguete. Cada tarde, un niño lo alzaba con sus manos, y entonces, despertaba el hechizo. La personita dejaba al bufón ser protagonista de mil historias diferentes, y gracias a tener personaje, el muchacho se convertía en autor, que surca las nubes de sus relatos inventados...

Cierto día, mientras descansaba apoyado contra una jirafa de peluche, el baúl se abrió, y la mano del niño llevaba en volandas algo nuevo: ¡otro bufón! Así, al principio recelando, el primer muñeco, el juguete original, se acercó lentamente, y sonrió. Le cogió de la mano, y empezaron a pasar las horas del día, los instantes de la noche, contándose el uno al otro las historias que habían vivido con el niño, que ya era un poquito más mayor. ¿Sabes ese placer de saborear lo que has experimentado una y otra vez? A eso sabía el aliento de estos personajes...

Pero un día...la mano del pequeño, que ya parecía más grande, sólo entraba en el baúl para depositar otras cosas. Un día, dejó abatido "el Principito", que acunaba sus hojas, arrullándolas con pena, mientras el elefante dentro de la serpiente lloraba con tristeza. Otro, las hojas de "Alicia en el País de Las Maravillas" dieron de bruces a los pies de los bufones, que, apoyados contra la pared de su mundo, veían como poco a poco tenían más y más sueño, y la melancolía los abrazaba como la hiedra a un castillo en ruinas...

Así, empezaron a culparse el uno al otro. Mientras que una cedía en cada discusión, siendo por ello tremendamente infeliz, el otro dejó de surcar mundos inventados y empezó a consumirse en su soledad y su carácter amargo...y así, comprendiendo que les quedaba poco...se abrazaron, arrepentidos...y se tumbaron...el sueño...que ya llegaba, imparable...iba a ser demasiado largo..."

- ¡Murieron!
- No, amigo. Porque la Locura y la Inocencia no pueden morir. Ese niño es, desgraciadamente, cada ser humano que pisa, ha pisado y (ojalá me equivoque) pisará este planeta. Porque cuando es pequeño, sólo tiene inocencia,sólo sabe que el límite es parar de jugar para hacer caso a los mayores...y luego vuelve a abrir la frontera de la realidad. Después adquiere la locura, y da forma a esos pensamientos, dándole igual qué piensen de él por hacer lo que
le guste, pues, por experiencia te digo...eso es estar loco. Pero cuando crecemos -crecéis-, se olvida todo esto. Y encerramos nuestra inocencia y nuestra locura para crecer y ser mayores. Y la una sin la otra se muere, y la otra sin la una, es capaz de matar. Pero nunca mueren...duermen, y pueden ser rescatadas. Todo depende de ti mismo...de ti."

(¡Cuántas veces, como un polluelo rompiendo el cascarón, he podido quebrar la realidad, sonreír al mundo, y ser feliz en la locura...gracias a las palabras que tejía con su voz...)

viernes, 8 de abril de 2016

Cuentos del Loco IV: Las máscaras del baile

"¿Puedes imaginarte un salón muy grande?¿Sí? Fantástico. Ahora quiero que en él ubiques aquellos muebles, adornos y demás parafernalia que tú elijas. Sería lo suyo que me dejaras unos pasillos entre unos y otros, porque van a deslizarse personas por ahí. Y que hubiera unos enormes ventanales, cubiertos de un cristal tan fino que parece que el cristalero los diseñó a partir de lágrimas vidriadas.

Pues bien, en ese palacio que acabas de crear, vivió una vez un joven cuyos padres dejaron una gran fortuna en herencia. Así, levantó este edificio, y diseñó todo lo que le rodea. Tal era su cuidado por este entorno y lo que envolvía, que todos los días recorría el terreno, desde la biblioteca hasta los jardines, pasando por cada una de las salas que el complejo encerraba, vigilando que todo estuviera en su correcto orden. Además, conocía a todos y cada uno de ellos.

Una noche organizó una fiesta al estilo de las grandes cortes del continente. Para amenizar la velada, decidió que unos músicos compusieran un baile, y además, decretó que cada invitada debería portar una máscara. Esta idea se le antojó graciosa, porque suponía un reto para alguien que, como él, tenía todo lo que humanamente se podía desear.

Así, la velada transcurrió al compás que marcaban los músicos. Él estaba radiante, calculando los tempos del evento en cada renglón, siendo la clave de sol que abría cada momento. Sin embargo, se dio cuenta de algo: cada vez que se aproximaba a alguna dama enmascarada,esta recelaba, en un juego perfecto de seducción. Entonces el caballero buscaba sus cosquillas, y su habilidad innata hacá el resto, Una tras otra, las mujeres acababan arrojando sus máscaras, heridas de veneración por él. Y entonces acababa la magia, como despertar una mañana de Reyes sin regalos, donde el encanto hace tiempo que fue despedido.

Pero hubo una capaz de burlar sus encantos. Como un general al mando de un ejército multitudinario, desplegó, uno por uno, todos sus encantos. Midió con calma cada secuencia de la batalla, escogió las mejores palabras para cada momento, las más venenosas miradas, cerrando cada acometida con su sonrisa. Inútil. Por cada rechazo, más la deseaba.

Acabada la fiesta, ella se marchó. Y él se retiró rendido a su habitación. ¡Qué amarga es la derrota cuando la masticamos por primera vez! Libera todo su jugo sobre nuestra lengua, y no nos deja aprender saborear la enseñanza que siempre descansa en el interior de ser vencido. Se obsesionó, y mandó tallar aquella máscara. Desesperado, abandonado por toda alegría y vitalidad, huérfano de nuevas experiencias, fue negándose a vivir, y dejó de lado su maravilloso palacio. Ambos murieron en el olvido, y él pidió ser enterrado con la máscara cubriéndole la faz. Su epitafio "El destino a veces se quita la máscara; otras, nos la regala como consuelo al fracaso."

- Siempre ese toque amargo...y sin embargo...
- Querido, es que la vida tiene un puntito amargo. ¿Cómo valorarías la ausencia de dolor si no hubieras experimentado este? Pero ten cuidado. Observa cómo terminaste en mi cuento.
-¿Yo?
- Claro, si recuerdas el principio, eres tú quien ha imaginado el palacio. Y después te dije que el joven fue quien lo hizo. Sois la misma persona. Ese palacio no es más que tu vida y lo que la rodea. No la descuides por alcanzar una meta que se te resista. Si caes, extrae la enseñanza que te regala el tropiezo. Y abre los ojos. Habrá momentos que te regalen su mejor sonrisa, sin máscaras ni tapujos...y podrán agrandar tu felicidad.

(Aquella tarde, escuchando su voz, noté que algo en mi interior, sonaba a porcelana rota al quebrarse.)

lunes, 4 de abril de 2016

Cuentos del Loco III: La torre de montones

"Hubo una vez, hace tantos años como imaginas y en un lugar tan remoto como cercano, existió, tras un frondoso bosque de abetos, una ancha explanada. En el centro de ella, justo en su centro, se alzaba, majestuosa, una alta torre. Tenía algo que la hacía extremadamente especial: estaba rematada en plano, de tal modo que sobre ella des
cansaba una superficie llana, lisa. Y sobre esta superficie...un príncipe.

Al principio, cuando despertó una mañana de primavera, cuando la brisa flirteaba con su cabello, y la calidez taimada del sol acariciaba su piel con ternura, admiró lo que veía. Un vasto bosque, bajo un cielo azul imponente, cuajado de jirones de nubes blancas, como algodones desgajados de una naranja esponjosa y clara...qué suerte. Pero a los pocos minutos se empezó a aburrir. Y lamentando su mala suerte por estar encerrado allá arriba, agotó su mente tanto, tanto...que cayó dormido.

Y cuando despertó, algo había pasado. Una masa informe, un capricho de alguna mano caótica, había vomitado una estructura similar a paredes y techo. Aunque se esforzaba por asomarse, al mirar hacia arriba, no veía el final de su torre. Y si miraba hacia abajo...sólo veía oscuridad. Oscuras aves de rapiña saboreaban los cadáveres esparcidos por el suelo...¿pero de quién?¿qué gente?¿Cuándo habían llegado allí?

Así, mientras el largo de su barba indicaba el paso del tiempo, midiendo el pasado en anécdotas, el presente en quejas, y el futuro en desesperanza...cayó enfermo...y murió sólo...abandonado..."

- ¡Dios Santo!¡Qué turbio!, ¿no?
- Tanto como la vida, querido. En cierto modo, cada persona es el príncipe de su torre, una vida desde la que contemplar qué nos rodea. Poco importa la belleza de lo que percibamos: siempre parece insuficiente. Así, en un mar de quejas, dejamos que se amontonen sobre nosotros hasta apartarnos de lo bello que es vivir. Nos hace incapaces, en nuestra autocompasión, de ignorar el dolor del otro...hasta ser incapaz de reconocerlo. El mejor antídoto para una tristeza tan grande es, ni más ni menos, comprender que un gran momento se compone de pequeños gestos.y una gran historia, contiene pequeñas palabras...

(A veces pienso que el loco saltó de su torre a la mía...y me ayudó, a tiempo (creo), a descabalgar de ella).

domingo, 3 de abril de 2016

Cuentos del Loco II: La Huida del Fuego

"Era invierno en aquella aldea. La nieve había decidido hacer del lugar su reino, y cubría todos los caminos, tejados...pero sus gentes ya estaban aclimatadas. Quien más, quien menos, había crecido al amparo de la nieve, las duras temperaturas, y los inviernos despiadados. Rara vez sentían miedo, el frío interno que sopla al alma, esa sensación de inseguridad que va más allá de lo que se puede sentir con racionalidad...

Pero esta vez sí tenían una inquietud creciente. Porque estaba ocurriendo algo inusual. Demasiado inusual: alguien estaba robando las llamas de las antorchas. Cada vez más testigos afirmaban que el fuego había desaparecido, abandonando a unas teas que ahora se veían huérfanas. Incluso en las chimeneas de los hogares, ahora sólo se veían las huellas de hollín en el interior de sus muros. Nadie se lo explicaba.

Curioso. Algo tan cotidiano como el fuego, de un uso tan común, desaparece de repente...y le damos una importancia vital. Así transcurrieron varios días. Semanas. Meses. Y todos esperaban que, tarde o temprano, regresara.

Hasta que una buena mañana alguien decidió buscarlo, un grupo de niños. Pasaban muchas horas frente al fuego, admirando su danza, dejando que su crepitar llevara lejos su imaginación. Admiraban la sensación de calor que cubría cada poro de su piel, el suave ondular de la luz en su escenario, dentro de la chimenea...

Así, tras días de vagar por un bosque, vieron cómo en el interior de una casa refulgía una luz casi celestial. A la puerta, una figura encapuchada se reclinaba sobre una hamaca, puliendo una pequeña madera con su navaja.

-No esperaba menos. Al final, sólo quienes valoran las cosas salen a buscarlas, y sólo ellos son capaces de hallarlas. Aquí duerme vuestro fuego. Tranquilos, mañana por la noche, el fuego volverá a vuestros hogares..."

- Y así, a veces, cuando no valoramos lo cotidiano, lo que tenemos; cuando no sabemos comprender que en el cuidado de lo que nos llena descansa su valor, y la felicidad que irradia...el cruel olvido se cubre el rostro con su capucha, y nos lo arrebata de las manos. Cuidar lo que vivimos, lo que alumbra nuestro día a día...es la firma de la alegría.

(Quién sabe. Algún día decida recopilar todo aquello que me enseñó el Loco. Y algún día quizás explique por qué se decidió que era mejor encerrar su sabiduría que dejarla volar,)







viernes, 1 de abril de 2016

Cuentos del Loco I: El ángel desamparado

"Oscuridad. Una sábana espesa que cubre el cielo cada noche. Más aún cuando, incapaces, las estrellas no quiebran su manto, y lo que nos rodea parece cercar a todos los sentidos. Ese frío que congela el pensamiento, que hace tiritar al valor, que aterra a nuestro pulso. Parece que el suelo se deja impregnar de lo que está ocurriendo sobre él. Está cubierto de una neblina grisácea, como jirones de nubes derrotadas...y al fondo...se alzan las verjas de Camposanto.

El cementerio cubría una gran parte del terreno irregular. Para poder discernir que había a una distancia corta, era necesario entornar los ojos, que podían secarse como pedazos de cuero al sol. Hileras e hileras de lápidas olvidadas, descuidadas, marcaban los límites de los senderos, trazados al azar, sin más lógica que la necesaria para entender cuánto ocupan las piernas al caminar...y no respetar demasiado este razonamiento.

Y al fondo, en la zona central, se alzaba un enorme panteón de mármol negro, derruido. Sus piezas se amontonaban, como colocadas por un jugador de ajedrez caótico, sin orden, sin medida...silencio. Una enorme capa de silencio envolvía este paisaje, pero de repente una respiración entrecortada quebraba su melodía. Sobre una losa más grande de esa piedra vencida por el devenir de los días...descansaba un cuerpo.

Su pelo liso, negro, tiras de alquitrán finísimas. Sus ojos entrecerrados dejaban entrever un brillo color de sombra, brillantes, como dos llamas de fuego negro, que derretían delicadas lágrimas. En su sinuoso sendero, se deslizaban por un rostro de suave cincelado, extremadamente bello. Los labios, arqueados en un rictus de pena, parecían mantener la sensualidad de una sonrisa anterior, ya olvidada.

Su cuerpo se disponía en una posición extraña, vencido, como si hubiese sido colocado de ese modo por un titiritero, sin voluntad propia. Pero aunque este era tan bello como el rostro...lo que más destacaba era lo que nacía de la espalda de la criatura: dos enormes alas oscuras, dobladas, partidas, rasgadas, dañadas, rot..."

-No sigas...Es muy oscuro que le ocurra algo a un ángel.
-Bien, doctor. Sólo te diré que ese ángel es, en realidad, lo mejor de ti.
- ¿Cómo?
- Sí, verás. Todo lo bueno que atesoras tiene forma de ángel, porque es bello y libre, y puede proteger a quienes te rodean con su sonrisa. Pero a veces, sin darnos cuenta, dejamos que se caiga y se haga daño. Entonces, como se apaga la luz, brota todo eso que has visto a su alrededor...y hay dolor. Y sufrimiento. Pero, ¿sabes lo mejor de todo?
-No...¿qué?
-Que siempre sale el sol, y cada mañana trae en su regazo nuevas oportunidades.

(A día de hoy, años después de abandonar mi puesto en aquel Sanatorio Mental, sigo recordando el cuento de aquel "loco", lo que aprendí de él, ...y lo mucho que lo extraño.)











lunes, 21 de marzo de 2016

Y así nos comemos la tarde

Bueno, pues esta todo. Parece que llegó la hora. Joder, llevas esperando un momento largo tiempo, y, sin embargo, cuando llega, te pilla a medio vestir, con la maleta sin hacer.

Ummm...tengo que meter ese libro. Estaría muy feo acudir al primer café sin la lectura que le prometí llevar. Nunca es tarde ni pronto para tener un detalle, pero el hoy ha enfermado en ese sentido, y hay quien se empeña en ponerle por qués a las cosas...Pero no, simplemente, es algo que se puede hacer, si uno quiere. Además, en lo que nos atienden, después de los dos besos de rigor, de la sonrisa de bienvenida, podemos valorar brevemente la lectura. Lo bonito de regalar libros es que, en el fondo, estás regalando aventuras, misterios, amor, odio, pena, fantasía...todo entre dos pastas.

Vale. Ahora, tengo que llevar el reloj. Me será muy útil en lo que llega, porque aunque llegue puntual, yo estaré allí un poco antes. Prefiero sentarme tranquilamente, a disfrutar de la tarde que ha instalado la primavera  -los operarios llevan trabajando en ello desde hace unas horas-, y mirar de vez en cuando el reloj. Pero cuando llegue me lo quitaré, porque las leyes del espacio tiempo -me han dicho- se pueden obviar en circunstancias especiales. Y un café agusto, donde cada segundo va cargado de energía, donde el hoy adelanta al pasado y retiene un poco al futuro en la misma baldosa...es una circunstancia especial. Así pues, no necesitaré medir un tiempo que no va correr. 

Bien, cogeré también...sí, me puede valer. Mi chaqueta. Es que...a ver. Si no voy a contar el tiempo, es absurdo pensar en que cuando vuelva a casa hará frío. Pero como espero que la tarde se disuelva lentamente en un magma templado de risas, miradas cómplices, anécdotas, reflexiones...y, por qué no, un pequeño paseo, en ese momento del día en el que el aire de la tarde y la brisa de la noche juegan juntos...pues sí. Igual hasta hace frío.

Y ya,,,para terminar...que no se me olvide. Voy a dejarme en casa la maleta. Porque no me gustan las despedidas, y sin querer, asocio a las maletas a las despedidas. ¿Para qué despedirme cuando estoy bien? Si es que nos lo buscamos todo a veces...

Además, lo más importante lo llevo encima: ganas de sonreír, la ilusión de pasar un buen rato, y sobre todo...la certeza de que, cuando vuelva a casa, vendré más lleno que cuando me fui, con más aprendido, más disfrutado...más vivo, en suma.

Y bueno, me voy ya, que al final, con la tontería, llego tarde.

"¿Café?¿O prefieres otra cosa?

Te estaba esperando." 

Y sonrisa.












domingo, 20 de marzo de 2016

Lo que se espera de lo inesperado

"¿Tienes dudas? Claro, es lógico. A fin de cuentas nunca solemos tener todas las respuestas para las preguntas que nos va formulando la vida. Y claro, esto te lo dice una persona que siempre estuvo vestida con telas discretas, sin desear llamar la atención...porque las mejores cosas vienen de la mano del secreto, acurrucadas por el silencio, alimentadas por la duermevela.

Pero siéntate. Cuéntame. ¿Qué te preocupa? El mañana, lo que vendrá, ¿no es eso? Lo suponía. Somos expertos en pensar en qué vendrá, y preferimos tratar de saborear la taza de café que tomaremos mañana a soplar el vaho de la que reposa entre nuestras manos. Cuando, al ritmo de los segundos, aparece algo nuevo, tendemos a ofrecerle poco para que baile. Por cierto, ¿quieres bailar?

(Eso es, pequeños movimientos, deslízate, apóyate en mí). ¿Sabes? Todos solemos valorar la mirada de las personas. Decir que unos ojos nos transmiten  sensaciones más allá de lo físico, es algo que a todos puede ocurrirnos. Pero luego quizás no nos asomamos demasiado. Y en ocasiones, si el color de la mirada es bello, más lo es aquello en lo que se refleja. Podría decirse que la mirada emite una luz que, en realidad, se proyecta desde dentro, desde lo más profundo,

Antes de irte, recuerda que todas las personas tienen algo que ofrecerte, algo que enseñarte,..y algo que regalarte. Yo, de momento, te regalo esto. No lo olvides...."

Y entonces abrió los ojos. Una sensación extraña podía sentirse desde las sábanas, como cuando hay algo que te esperas...pero no sabes cómo viene. En la mano tenía una nota. "El mejor regalo que puedes darle al mundo. A veces, para sonreír, uno necesita mirarse en otro rostro".

Cuando se miró en el espejo comprendió. No esperaba que un sueño le diera la respuesta. Pero ahí estaba: tenía una sonrisa perdida colgada de sus  labios. Ahora...era cuestión de coger unas cuantas oportunidades...y no negarse a descubrir...

A volar...

domingo, 28 de febrero de 2016

Hasta...

A través de la ventana, se ve a la lluvia caer con fuerza, siguiendo la dirección que le impone el viento. La farola, adosada a la pared, ilumina tenuemente algunas gotas, que me permiten darme cuenta, de que efectivamente llueve. Como en aquel viaje, cuando mis sueños estaban tiernos, sin necesidad de ser homologados por la práctica. Miraba, absorto, por la ventanilla de aquel bus, a la lluvia precipitarse contra el suelo, cansada de vivir en su nube.

De eso hace ya muchos años. ¡Qué difícil encabezar una carta a veces! es más fácil perderme en este mar de recuerdos, masa de sensaciones, trozos de tiempo ajados. Pero, en fin, enfrentemos el papel:

"Buenas noches:

No sé cuándo leerás estas líneas, por eso prefiero saludarte desde el momento en el que estoy yo ahora. Siempre me gustaron más las noches, por su soledad, su quietud, su sensación de inmensidad....

Disculpa. Estoy divagando. Lo sé. Pero es que, aunque para ti significará una anécdota más, un segundo más que ha levantado el vuelo desde las agujas de tu reloj....para mí es algo complicado.

Suelen decir que las experiencias de una persona inciden sobre su carácter, insertándose en este, como si de una pieza de barro se tratase,..y formando parte del conjunto paulatinamente. Y, a decir vedad, algo así me ocurrió a mí. ¿Sabes? La gente es muy distinta a como nos gustaría, en muchos casos. No es algo negativo, pero es un hecho innegable. Y cuando encuentras la falta de oportunidad, la traición, la indiferencia...e incluso el olvido...terminas por desistir,

Por eso me quedo, ¿Pensabas que me iba? No, claro que no. Siempre que parece sencillo, no suele serlo. Marcharme supondría renunciar a mi manera de ver la vida, a mis principios...y no. La falsedad es una bruma espesa que cubre ciertos planos la realidad, pero yo prefiero que a mí no me arrope.

Sin embargo, me quedo cambiando algunos patrones. Cierto interés, algún que otro minuto desperdiciado a la espera...mi vida corre por raíles bien cuidados, y su velocidad es alarmante. Ya sabes, subirme o perder los trenes,,,no hay otra,"

Así. Y ahora, la tiro al fuego. Total, la acabas de leer , ¿no?

domingo, 21 de febrero de 2016

Creer, confiar y volar

Vivimos actualmente en un tiempo donde dudar de todo es la tónica. Cierto es que la mejor manera de conocer, de aprender, es dudar de los que percibimos, entendiendo que dudar es preguntarse el por qué de las cosas. Sin embargo, puede ser pernicioso no creerse nada ni a nadie.

¿Cuántas amistades podemos perder, cuántos  momentos, sólo por el hecho de negarnos a descubrir? Si la vida dejara de sorprendernos, habitaríamos un espacio lineal, un camino sin curvas ni aliciente para girarlas. De ahí la necesidad de no conocer las respuestas a todas las preguntas que plantea el día a día. Precisamente, entre esos hilos de sorpresa...se esconde la magia.

Suele decirse que la magia no existe, que son sólo trucos. Y siempre tiendo a pensar que todas las cosas son tal y como las percibamos nosotros. Un café es un café, claro, pero si somos capaces de mantener una charla interesante, reírnos, y dar la oportunidad al destino de que nos muestre puertas por abrir, es entonces cuando seremos capaces de abrirlas o dejarlas cerradas, no antes. 

Es como la música. Las notas de un pentagrama son los latidos de un mensaje, de una melodía que es capaz de recorrer cada poro de nuestra alma, cada centímetro de nuestra mente, y azotar como una tempestad nuestros recuerdos, nuestros deseos. El susurro de un violín, la carcajada de una batería...una voz que atraviesa nuestros oídos e inserta imágenes en nuestras retinas...¿No es acaso magia traspasar los sentidos, saltar de la vista al oído, pasando por el tacto?

Por eso, dejar que la vida nos sorprenda, permitirle al destino que nos muestre caminos que atravesar, es una buena manera de descubrir nuevos mundos. Pero debe ir acompañado de nuestra valentía. Ser valiente para explorar nuevas opciones. Las personas tienen mensajes que transmitir, momentos para ofrecer, y una historia que contar. Negarse a conocer es darle la espalda al aprendizaje.

Siente la magia. Sonríele a la vida. No te niegues a probar. 

Camina. Trepa. Salta...

Y vuela.

Alto. 

domingo, 14 de febrero de 2016

Érase una vez

Al final esto es cuestión de creerlo o no. Y hay tantas interpretaciones, quizás, como personas. Hablamos del interior de cada uno, del conjunto de virtudes y defectos, de lo que no se puede medir ni calibrar. Lo que algunos llaman alma.

En cuanto a su forma, dependerá también de la que quiera darle cada uno; no faltaba más, que siendo libres para hacer, decir o decidir, no lo fuéramos para darle forma y sentido a lo que late en nuestro interior, a lo que alimenta nuestra voluntad para perseguir lo que deseamos, al impulso más fuerte...
Por eso, yo siempre he creído la forma de mi alma es la de un niño.

Los niños. Son asombrosos maestros que pueden ofrecernos largas sesiones de conocimientos si nos detenemos a aprender de ellos...y si lo hacemos en su idioma, claro. Son exigentes: rara vez razonaran con palabras lo que nos aportan. Y en pocas ocasiones nos fundamentarán sus acciones. Es preciso estar atento a todo aquello que hacen, porque en los más pequeños segundos pueden encerrarse las mayores lecciones para la vida.

Una cosa que puede desprenderse de sus enseñanzas es actuar conforme a nuestras convicciones. Sin la necesidad, por cierto, de explicarle a nadie por qué elegimos un camino y no otro. Es cotidiano ver a un niño que quiere jugar ahora a ser policía, dentro de 20 minutos luchará  contra el monstruo de moda, y al rato, quizás, esté lanzando el penalti que le dé a su equipo la final de la Copa de Europa. No te razonará por qué hace cada cosa; quizás entienda que su sonrisa, sus carcajadas y su cara de satisfacción hablan por sí solas. Por eso, mientras me veas sonreír...descuida. Estoy bien. Habrá días más tontos (hasta el maestro se pela las rodillas si se cae)...pero no hay mejor Betadine que una desconexión, que un relax...que un rato para uno mismo.

Además, y más importante...el niño imagina. Se fía. Disfruta de lo sencillo, precisamente por su sencillez de base. Parece que, mientras crecemos, vamos dejando caer trocitos de fantasía al suelo, juntos con los minutos que han ido cayendo, color cobre, de las ramas del tiempo. ¿Por qué? A veces tumbarse en la cama, cerrar los ojos e imaginar, visualizar y casi tocar la meta...es una manera de obtener moral para saciar esa sed de fe en uno mismo que a veces nos agrieta la esperanza.

Así que...como lema...me propondré "Érase una vez". Y ahí añadiré todo lo que quiero que ilustre a mi historia.  Sin miedo. Sin explicar. Sin complejos. Y con el paso de las páginas...iré añadiendo o quitando. A fin de cuentas...es mi historia, ¿no?

Y sin más tardanza...

Érase que se era...

domingo, 7 de febrero de 2016

Expreso, café y destinos.

El traqueteo era el sonido de fondo de mis pensamientos. El café que me esperaba sobre mi mesa lo hacía exhalando vapor, caliente, prácticamente hirviendo, llenando el compartimento de ese aroma inconfundible a café recién hecho, un olor que algunos ligamos a momentos de la vida muy concretos. En mi caso, huele a proyectos, a confesiones, a imaginación....a recuerdo.

Supongo que sí, que para muchos como yo, la memoria huele a café. Dejé el libro que estaba leyendo al lado de la taza. Todos esos reyes, esos héroes, fechas...tendrían que esperar. Ahora llamaban a la puerta de mi memoria los recuerdos, que querían absorber ese café. Así que...mientras miraba por la ventana, y veía danzar el paisaje enfrente de mí, mientras el sol se mecía en la cuna del ocaso, recordé.

Amaneceres de antaño. Risas compartidas desgranando los mejores momentos que acababan de ocurrir. La sonrisa que se dibuja en el rostro ante la espera del que sabe que algo grande está por llegar. Irse a la cama con un secreto inconfesable, bailar en la verbena con alguien que acaba de aparecer en los recovecos de la noche,..

¡Qué pronto puede envejecer el alma!¡Y qué pronto volver a ser cría! La expresión de mi cara...bueno, no se le puede llamar así a lo que los rasgos de mi cara acababan de pintar. Porqué la inexpresión más absoluta se había hecho dueña de mi rostro. Torciendo la cabeza, me volví al café. Estaba templado ahora...había pasado demasiado tiempo recordando.

 Y como de nada sirve lastimarse ni rodearse de viejos recuerdos como si de tesoros de lejanas batallas se tratase, mejor era afrontar el destino, ese ferrocarril: de momento, sigo sobre los raíles. No hay estación que me reclame. 

Porque sigo en ese mismo vagón, al que cariñosamente decidí llamar vida: haré las escalas que sean necesarias. Lo que al final nos da la felicidad, creo yo, es ser nosotros mismos, y tratar de obrar sin torpedear al otro.
Mmmm...mientras quede café. que el paisaje se mueva. Yo sigo firme sobre los raíles.

jueves, 14 de enero de 2016

Maderas que flotaban

"Y es que en el fondo era mucho más sencillo. Al final, la vida es un simple hilo de lana, que tenemos de desenrollar poco a poco, desmadejar, y ver hacia donde nos va llevando. Pero, en ocasiones, tendemos a anudarlo en aristas que deshilachan los momentos, hieren el tiempo, sangra segundos...sembramos el sendero con mas dificultades de las que ya, la vida en sí misma, nos regala.

Pienso, por ejemplo, en la cantidad de veces que infravaloré personas. Buscando una perfección malentendida, rechazando a aquellos que presentaban un mínimo detalle que no encajara, que desentonara con la paleta de colores en que basamos nuestra criba para etiquetar a los demás. Y no me daba cuenta de que, en realidad, la perfección consiste en asumir que uno tiene defectos, y pegarse cada día con ellos hasta morir.

O aquellos momentos en los que desprecié abrazos, sintiendo que la debilidad es necesitar ayuda. Y no, muy tarde, a mi pesar, comprendí que la debilidad es tal cual eso, pero entendiendo que es tan humano como razonar o sentir. Además, el mundo siempre será un lugar mejor si unos a otros nos ayudáramos, si fuéramos capaces de pedirle auxilio a otro.

Y, ¿por qué no menospreciar la historia de otro? A veces tardamos en asimilar que el aprendizaje de veras se esconde entre las ramas de la percepción, en las aguas de nuestros sentidos. Cada persona a la que ignoramos es una lección perdida.

Aprendí demasiado tarde que la diferencia entre ser feliz y no serlo depende de uno mismo, es una cuestión de actitud, no de aptitud."

Así cerró el náufrago su despedida. Abandonado por todos, sin más bagaje que sus escasos recuerdos, poco importaba ya que la marea arrastrara sus huesos al fondo del océano...

Maderas que flotaban...recuerdos que se hundían...en las pesadas aguas...del destino.