lunes, 4 de abril de 2016

Cuentos del Loco III: La torre de montones

"Hubo una vez, hace tantos años como imaginas y en un lugar tan remoto como cercano, existió, tras un frondoso bosque de abetos, una ancha explanada. En el centro de ella, justo en su centro, se alzaba, majestuosa, una alta torre. Tenía algo que la hacía extremadamente especial: estaba rematada en plano, de tal modo que sobre ella des
cansaba una superficie llana, lisa. Y sobre esta superficie...un príncipe.

Al principio, cuando despertó una mañana de primavera, cuando la brisa flirteaba con su cabello, y la calidez taimada del sol acariciaba su piel con ternura, admiró lo que veía. Un vasto bosque, bajo un cielo azul imponente, cuajado de jirones de nubes blancas, como algodones desgajados de una naranja esponjosa y clara...qué suerte. Pero a los pocos minutos se empezó a aburrir. Y lamentando su mala suerte por estar encerrado allá arriba, agotó su mente tanto, tanto...que cayó dormido.

Y cuando despertó, algo había pasado. Una masa informe, un capricho de alguna mano caótica, había vomitado una estructura similar a paredes y techo. Aunque se esforzaba por asomarse, al mirar hacia arriba, no veía el final de su torre. Y si miraba hacia abajo...sólo veía oscuridad. Oscuras aves de rapiña saboreaban los cadáveres esparcidos por el suelo...¿pero de quién?¿qué gente?¿Cuándo habían llegado allí?

Así, mientras el largo de su barba indicaba el paso del tiempo, midiendo el pasado en anécdotas, el presente en quejas, y el futuro en desesperanza...cayó enfermo...y murió sólo...abandonado..."

- ¡Dios Santo!¡Qué turbio!, ¿no?
- Tanto como la vida, querido. En cierto modo, cada persona es el príncipe de su torre, una vida desde la que contemplar qué nos rodea. Poco importa la belleza de lo que percibamos: siempre parece insuficiente. Así, en un mar de quejas, dejamos que se amontonen sobre nosotros hasta apartarnos de lo bello que es vivir. Nos hace incapaces, en nuestra autocompasión, de ignorar el dolor del otro...hasta ser incapaz de reconocerlo. El mejor antídoto para una tristeza tan grande es, ni más ni menos, comprender que un gran momento se compone de pequeños gestos.y una gran historia, contiene pequeñas palabras...

(A veces pienso que el loco saltó de su torre a la mía...y me ayudó, a tiempo (creo), a descabalgar de ella).

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