viernes, 8 de abril de 2016

Cuentos del Loco IV: Las máscaras del baile

"¿Puedes imaginarte un salón muy grande?¿Sí? Fantástico. Ahora quiero que en él ubiques aquellos muebles, adornos y demás parafernalia que tú elijas. Sería lo suyo que me dejaras unos pasillos entre unos y otros, porque van a deslizarse personas por ahí. Y que hubiera unos enormes ventanales, cubiertos de un cristal tan fino que parece que el cristalero los diseñó a partir de lágrimas vidriadas.

Pues bien, en ese palacio que acabas de crear, vivió una vez un joven cuyos padres dejaron una gran fortuna en herencia. Así, levantó este edificio, y diseñó todo lo que le rodea. Tal era su cuidado por este entorno y lo que envolvía, que todos los días recorría el terreno, desde la biblioteca hasta los jardines, pasando por cada una de las salas que el complejo encerraba, vigilando que todo estuviera en su correcto orden. Además, conocía a todos y cada uno de ellos.

Una noche organizó una fiesta al estilo de las grandes cortes del continente. Para amenizar la velada, decidió que unos músicos compusieran un baile, y además, decretó que cada invitada debería portar una máscara. Esta idea se le antojó graciosa, porque suponía un reto para alguien que, como él, tenía todo lo que humanamente se podía desear.

Así, la velada transcurrió al compás que marcaban los músicos. Él estaba radiante, calculando los tempos del evento en cada renglón, siendo la clave de sol que abría cada momento. Sin embargo, se dio cuenta de algo: cada vez que se aproximaba a alguna dama enmascarada,esta recelaba, en un juego perfecto de seducción. Entonces el caballero buscaba sus cosquillas, y su habilidad innata hacá el resto, Una tras otra, las mujeres acababan arrojando sus máscaras, heridas de veneración por él. Y entonces acababa la magia, como despertar una mañana de Reyes sin regalos, donde el encanto hace tiempo que fue despedido.

Pero hubo una capaz de burlar sus encantos. Como un general al mando de un ejército multitudinario, desplegó, uno por uno, todos sus encantos. Midió con calma cada secuencia de la batalla, escogió las mejores palabras para cada momento, las más venenosas miradas, cerrando cada acometida con su sonrisa. Inútil. Por cada rechazo, más la deseaba.

Acabada la fiesta, ella se marchó. Y él se retiró rendido a su habitación. ¡Qué amarga es la derrota cuando la masticamos por primera vez! Libera todo su jugo sobre nuestra lengua, y no nos deja aprender saborear la enseñanza que siempre descansa en el interior de ser vencido. Se obsesionó, y mandó tallar aquella máscara. Desesperado, abandonado por toda alegría y vitalidad, huérfano de nuevas experiencias, fue negándose a vivir, y dejó de lado su maravilloso palacio. Ambos murieron en el olvido, y él pidió ser enterrado con la máscara cubriéndole la faz. Su epitafio "El destino a veces se quita la máscara; otras, nos la regala como consuelo al fracaso."

- Siempre ese toque amargo...y sin embargo...
- Querido, es que la vida tiene un puntito amargo. ¿Cómo valorarías la ausencia de dolor si no hubieras experimentado este? Pero ten cuidado. Observa cómo terminaste en mi cuento.
-¿Yo?
- Claro, si recuerdas el principio, eres tú quien ha imaginado el palacio. Y después te dije que el joven fue quien lo hizo. Sois la misma persona. Ese palacio no es más que tu vida y lo que la rodea. No la descuides por alcanzar una meta que se te resista. Si caes, extrae la enseñanza que te regala el tropiezo. Y abre los ojos. Habrá momentos que te regalen su mejor sonrisa, sin máscaras ni tapujos...y podrán agrandar tu felicidad.

(Aquella tarde, escuchando su voz, noté que algo en mi interior, sonaba a porcelana rota al quebrarse.)

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