sábado, 16 de julio de 2016

Los cuentos del Loco IX: Alas de Piedra


“¿Sabes? Claro. ¿Cómo vas a saber, si aún no te he dicho nada? Es un error dar por supuesto que las personas deben conocer, como sea, todo lo que queremos contar, ofrecer…sin darnos cuenta de que lo realmente bello es sorprenderlo, que una rosa rompa en flor desde el capullo, que un…perdón, estoy divagando.

En fin. Hubo una vez, tampoco hace tanto, quizás un par de siglos o tres, una mujer extremadamente hábil. Tanto era así que, cuando un rico comerciante quería un retrato, era ella quien se encargaba de pintar, y su pincel gritaba belleza, rezumaba realismo; si era una pieza musical, los ángeles se hacían los sordos para no arrojar sus liras en señal de franca sumisión…y así con cada arte que se te ocurra. Sobre todas las cosas, ella amaba la escultura.

Decía sentirse Dios (porque no hay nada peor que reconocer que se tiene un talento elevado desde la arrogancia, y no sentado sobre la humildad) cada vez que arrancaba impurezas de la piedra con su cincel. Porque conseguía que un bloque amorfo traspasara las leyes de la realidad, y palpitara vida, movimiento, sentimiento…

Así, un día, cansada de encargos demasiados vulgares, de conocer personas que nada podían ofrecer a su ego, decidió esculpir a su alma gemela. Y comenzó a rascar el mármol. A las pocas horas, se acercó una amiga de la infancia, llevándole café y pastas, para darle un respiro en su labor, y charlar como cuando eran niñas. Pero ella la ignoró, porque no necesitaba nada.

A los pocos días, cuando había dejado una majestuosa figura humana compuesta sobre el mármol, decidió que la cara no era lo suficientemente bella para sí misma, y siguió trabajando. En esas, vino un hombre del pueblo, bastante atractivo, pero no tanto como un joven príncipe de cuento. Le ofreció un breve paseo para que descansara, una pequeña velada. Ella hizo caso omiso, y entre murmullos (“esta mano no es perfecta para acariciar mi piel”), siguió trabajando.

Pero, al ir a corregir un dedo del pie, exhausta, lo arrancó. Se echó a llorar, y al caminar enloquecida por el taller, se vio frente a un espejo: desaliñada, con el pelo sucio, la cara hundida en una cueva de agotamiento, mirada perdida…rodeada de basura…y no pudo soportarlo más. Sus nervios fueron creciendo, se endurecieron…y de repente sintió algo parecido a una esquirla de piedra, que tantas veces había sentido clavada en sus dedos…en el corazón. El tiempo se detuvo, el reloj se rompió, y una aguja atravesó sus días. Se paró de repente, incapaz de soportar ese grado de tensión, de dolor, de nerviosismo…y cayó sin aire, abrazada a su alma gemela…imperfectos ambos…y sin vida…”

- ¿Y ya está? ¿Murió sola? ¿Alguien con tanto talento?
- ¿Qué importa eso, amigo? Ese es el problema. Solemos pensar que, cuando algo nos hace destacar, somos mejores que el resto. Elevamos a nuestra alma gemela a algo extremadamente complejo, cuando, en realidad, la vida es más sencilla que todo eso. Y todos tienen algo que aportar, siempre. Suele darse que quien cree tener esa superioridad ignora lo que necesita de otros. Y, créeme: Nunca va mal un abrazo, que nos escuchen…o un café con pastas, o un breve paseo. Cuando me rechazó aquel día, cuando no quiso desconectar su reloj en mi compañía…entendí que nunca volvería a verla…”


(Siempre creeré que aquella historia tenía lo mismo de verdad que de mentira. Aquella muerte había mordido su mente, pero su veneno había abierto la puerta de su entendimiento.)

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