sábado, 2 de julio de 2016

Los Cuentos del Loco VIII: "El saldo del tiempo"


“Una vez, mientras iba sentado en un tren, rumbo a una ciudad a la que sé que jamás volveré (por fortuna), se sentó a mi lado una persona vestida con harapientas ropas. Parecía que en lugar de vivir, hubiese estado corriendo delante del tiempo, huyendo de unos años en estampida que, finalmente, lo habían arrollado. Me preguntó con voz grave si podía sentarse a mi lado, y yo accedí. Le ofrecí un café caliente, y él, después de un breve silencio, dijo que conocía una historia que tal vez me interesara. ¿Sabes estas veces que sientes que alguien te está mirando? Pues yo intuí que tras aquella espesa mata de pelo grisáceo, de copos de tiempo encaramados a un cabello ralo, dos ojos me miraban el reloj…y se dieron cuenta de que consultaba la hora constantemente. Y la historia decía algo así como…


‘Normalmente se suele decir que es necesario tener dinero para casi todo, ¿no es cierto? Así pensaba aquel hombre, uno que vivía en una aldea al borde de la montaña. Estaba harto de no tener nunca nada, como él mismo decía. Veía cómo sus vecinos, todos ellos (según él contaba) podían construir especificaría al llegar a su presencia.

Tesoro. Sólo eso resonaba en la cabeza de nuestro joven amigo, que metió sus escasas pertenencias en su zurrón, y se encaminó montaña arriba. Y así se enfrentó al camino. Un camino que parecía estar dispuesto al capricho de un dios que quiere poner a prueba a sus transeúntes. Porque las fuentes estaban medidas, para que el escalador llegara totalmente deshidratado a la siguiente. El alimento escaseaba, y en la misma proporción que las fuentes, se hallaban dispuestos árboles frutales.
Sin darse cuenta, el intrépido caminante llevaba meses familias y diseñar un destino prometedor porque tenían todo el dinero necesario. Primero, necesario para cortejar a una dama con flores, regalos y carrozas; después, porque podía viajar con ella, y algún día mantener a sus hijos. Y a él se lo comía una voraz soledad, traída, a su modo de ver, por una pobreza que no quería dejar de atormentarlo.

Un día oyó que el sabio de la montaña, un anciano venerado, cuyo cuerpo estaba hecho más de tinta de leyenda que de carne y huesos, ofrecía su tesoro a cambio de algo muy concreto que se
de caminata, y una noche vio a lo lejos la luz de unas antorchas. Al acercarse, pudo observar una cabaña desvencijada que lo aguardaba. Nervioso, ansioso por recoger su premio, se internó en la estancia. Y allí estaba el anciano. “He cobrado mi parte. Todo el tiempo que te has dejado en este viaje ahora me pertenece. Tu tesoro…creo que ya lo llevas puesto. Es tu tiempo. No seas necio, vuelve a casa, y disfruta del bien que acabas de recibir, utiliza mejor tus minutos…antes de que sea tarde”.

Rompió a llorar. El viajero quería dinero. Cuando abrió sus ojos entrecerrados para cargar contra el anciano –jamás había sentido esa rabia, esa sed de sangre, de venganza-, este ya no estaba. Entonces él se asomó a la cornisa opuesta de la montaña…y se lanzó al vacío…’
Entonces el vagabundo se  marchó en silencio, dejándome allí solo…y un reloj amarrado a su cadena"

-¿Pero por qué se suicidó? ¿Quién era ese hombre que iba en el tren?
- Primero, siempre crees que hay más detrás de la cortina, y en ocasiones, no es así. En realidad, esa persona que se lanza al vacío lo hace porque, como muchos, cree que la riqueza se basa en utilizar el tiempo para acumular cosas, e incluso cometemos el error de intentar acumular personas…cosas que no es así. El tiempo es como el agua: como solemos tenerla cerca, solo la valoramos cuando falta gravemente. Pero sin ella moriríamos. El tiempo que dedicas a alguien, los momentos en los que regalas tu compañía, estás firmando un pacto, según el cual esa parte de tus minutos se los cedes a otro. Yo aprendí aquello demasiado tarde. Y…por cierto, ¿Cuánto hace que no subes a un tren? La próxima estación puede merecer la pena…

(Cuando llegué a casa miré en el bolsillo de mi bata. Un reloj de bolsillo, sin manecillas, descansaba en el fondo. Me había regalado el tiempo sin cadenas, sin agujas que limitaran su libertad.)



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