lunes, 29 de agosto de 2016

Cuentos del Loco XI: Bajo la Carpa del Maldito

"¿Sabes? Lo que distingue a un hombre feliz del que no lo es, precisamente, será su capacidad de ser feliz. O lo que es lo mismo, lo que puede llegar a disfrutar de su camino. Camino que germina, se camina, se termina...y vuelta a empezar; y en todo ese baile, en un frenesí de curvas, en un banquete de sensaciones, mientras las manecillas del reloj llegan  trabarse por no poder filtrar a la vez tal torrente de tiempo...uno danza, se ríe, disfruta, aprende...se sorprende.

Oh, perdona. A veces mi mente pinta un cuadro que no soy capaz de transmitir de modo comprensible. Recordemos, mejor, la historia de aquel hombre, adinerado, rico y poderoso mercader. Respetado en su comunidad por haber amontonado más oro que el que puede saciar al más insaciable avaro. Gastaba ese oro en ropas que lo hicieran respetable ante sus vecinos; respeto que, una vez más, procedía del hecho de haber amontonado más oro que el que puede saciar al más insaciable avaro...y así sucesivamente.

Paseando una noche, vio en un descampado de la ciudad una carpa enorme, bajo la que parecía no haber nada. Curioso, con la calma que baña a quien cree tenerlo todo, entró a satisfacer su sed de conocer. Entró, así, en un circo, que a su llegada, se iluminó tenuemente. Salió a la palestra un joven, un niño, muy parecido al mercader. De hecho, se presentó como el mismo mercader, pero con 7 años.

'Observa'. Entonces entraron los payasos. Llevaron a cabo complicados números, que conseguían que la risa ronca del niño resonara en la abovedada carpa. Sin embargo, el mercader no era capaz de dibujar ni la más leve sonrisa. Tampoco con los trapecistas, el domador....

'¿Ves? Eres incapaz de disfrutar con aquellas cosas sencillas que, cuando niño, te hacían estallar en mil carcajadas. Has crecido, y has olvidado que la inocencia es la garganta de la alegría, y es quien te imanta para atraer al resto de tus semejantes de un modo sincero. Así, cuando todo termine, serás capaz de darte cuenta. '

Intrigado, salió a la calle. La voz de su yo de 7 años le había despertado una inusual inquietud. Despistado, cayó al suelo, y un grupo de personas, harapientas, sin qué llevarse a la boca, se abalanzaron sobre él y lo robaron...cuando quiso pedir ayuda...no tenía voz...desesperado, intentó levantarse...pero un frío acero atravesaba su costado...y todo empezó a teñirse de una niebla espesa...gris..."

- ¡Dios Santo!¡Qué final más terrible! Pero...¿Por qué nadie lo ayudaba?¿Por qué estaba mudo?
- A veces, las personas crecemos y creemos que, para ser alguien en la vida, es necesario acumular riquezas, aunque no tengamos en qué gastarlas. Cuando el protagonista no ríe con lo más cercano a la infancia, cuando su niño interior se rebela, es cuando comprende que alejarse de la felicidad llana, que olvidar que seguimos llevando un niño con nosotros, nos puede apartar de las personas; dejamos de ver a compañeros, a amigos, para únicamente pensar en qué hacer para obtener más y más...así nadie le ayudó cuando le robaron. Su voz no salía porque sus semejantes no querían escucharla. Respetaban a un hombre adinerado; no respetaban a un hombre en apuros. Y querer a otro es, en esencia, respetarle siempre...

(Desde aquella tarde, no pasa un sólo día en el que mis labios no hayan
dado cobijo, al menos, a una sonrisa. Pero la sonrisa más grande, más pura, más angelical...estaba pintada en el rostro de mi amigo...Bendita locura, pues.)

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