domingo, 14 de febrero de 2016

Érase una vez

Al final esto es cuestión de creerlo o no. Y hay tantas interpretaciones, quizás, como personas. Hablamos del interior de cada uno, del conjunto de virtudes y defectos, de lo que no se puede medir ni calibrar. Lo que algunos llaman alma.

En cuanto a su forma, dependerá también de la que quiera darle cada uno; no faltaba más, que siendo libres para hacer, decir o decidir, no lo fuéramos para darle forma y sentido a lo que late en nuestro interior, a lo que alimenta nuestra voluntad para perseguir lo que deseamos, al impulso más fuerte...
Por eso, yo siempre he creído la forma de mi alma es la de un niño.

Los niños. Son asombrosos maestros que pueden ofrecernos largas sesiones de conocimientos si nos detenemos a aprender de ellos...y si lo hacemos en su idioma, claro. Son exigentes: rara vez razonaran con palabras lo que nos aportan. Y en pocas ocasiones nos fundamentarán sus acciones. Es preciso estar atento a todo aquello que hacen, porque en los más pequeños segundos pueden encerrarse las mayores lecciones para la vida.

Una cosa que puede desprenderse de sus enseñanzas es actuar conforme a nuestras convicciones. Sin la necesidad, por cierto, de explicarle a nadie por qué elegimos un camino y no otro. Es cotidiano ver a un niño que quiere jugar ahora a ser policía, dentro de 20 minutos luchará  contra el monstruo de moda, y al rato, quizás, esté lanzando el penalti que le dé a su equipo la final de la Copa de Europa. No te razonará por qué hace cada cosa; quizás entienda que su sonrisa, sus carcajadas y su cara de satisfacción hablan por sí solas. Por eso, mientras me veas sonreír...descuida. Estoy bien. Habrá días más tontos (hasta el maestro se pela las rodillas si se cae)...pero no hay mejor Betadine que una desconexión, que un relax...que un rato para uno mismo.

Además, y más importante...el niño imagina. Se fía. Disfruta de lo sencillo, precisamente por su sencillez de base. Parece que, mientras crecemos, vamos dejando caer trocitos de fantasía al suelo, juntos con los minutos que han ido cayendo, color cobre, de las ramas del tiempo. ¿Por qué? A veces tumbarse en la cama, cerrar los ojos e imaginar, visualizar y casi tocar la meta...es una manera de obtener moral para saciar esa sed de fe en uno mismo que a veces nos agrieta la esperanza.

Así que...como lema...me propondré "Érase una vez". Y ahí añadiré todo lo que quiero que ilustre a mi historia.  Sin miedo. Sin explicar. Sin complejos. Y con el paso de las páginas...iré añadiendo o quitando. A fin de cuentas...es mi historia, ¿no?

Y sin más tardanza...

Érase que se era...