domingo, 5 de junio de 2016

Los cuentos del loco VII: " Punto final y seguido".

"Hubo una vez, según me contaron hace mucho tiempo, alguien que recordaba cómo, de niño, le contaron esta historia...se trataba de un reino muy lejano, al borde de lo humano, en la frontera de aquello que no se puede reglar. Pero, como en todas partes, allí también tenía turno el invierno, que está esperando el día 20 de diciembre a las 12 menos diez de la noche, fumando un cigarro, con el síndrome postvacacional todavía...

Con esa pereza cayó aquel frío, con fuertes heladas incapaces de ser retenidas. Una casa quedó aislada en el valle (¿era un cerro? Bueno, es igual). Se trataba de una persona muy rica: terrenos, dinero, posesiones...todas las amistades que su dinero era capaz de reunir en torno a él. Su felicidad era extrema. Porque sentía aquello que invade a quienes son capaces de adquirir cualquier cosa con dinero, ya sean personas, cosas...

A su lado, una pobre familia racionaba sus alimentos. En la casa contigua, se disponían a tapar las grietas que se habían instalado entre los maderos de las paredes, que dejaban pasar al frío y el agua de contrabando. Frente a la hoguera, se arropaban unos a otros, con viejas mantas. 

Fueron pasando las noches. Una daba paso a la otra. Y los caminos seguían vedados. Aquel hombre fue sintiendo algo que jamás había hollado su alma: la soledad. Porque con todo su dinero no podía comprar la voluntad de esos amigos que vendían sus abrazos por monedas. La comida no lo saciaba, la bebida no hidrataba su garganta...y no dormía. Al principio del invierno salía fuera, a su jardín, y sus vecinos le invitaban a pasar a su humilde morada. Pero este pensaba "Su compañía no valdría ni una moneda en el mercado...."

Y así, poco a poco...fue enfermando. Un médico, pagado a buen dinero, acudió a su casa, atravesando el bosque como buenamente pudo. Cuando pudo examinarlo...concluyó que padecía una terrible enfermedad, que quizás no extinguiera su vida, pero sí sus ganas de vivir, Y con ellas...se iría apagando..."

- ¿Qué le pasó a aquel pobre infeliz?
- Está sentado aquí, hablando contigo. Me llamaban loco, lo cual es un halago. Porque al sufrir aquello experimenté un cambio en mi modo de ver el mundo. Pero en realidad, lo que me sucedía, es que simplemente necesitaba un abrazo...gratis. Y valorar la compañía o el calor de otro por aspectos materiales, sin pararse a ver más allá...conduce a una soledad absoluta. Este hospital no es mi cárcel. Hoy es mi hogar...y mañana...ya veremos.

(No sería su último consejo, ni fue el primero...pero sí una de las advertencias más ricas que he recibido nunca. Debo muchos abrazos, me debo muchos momentos..y a él le dejé un abrazo pendiente. Pero no sería hoy.)