sábado, 22 de octubre de 2016

Cuentos del Loco XII: La pluma y la espada

"Suele ser un mal común. No sabemos comprender, a veces, que la vida deja algunas llagas en los dedos, y algunas ampollas en el alma. Creemos saber sanar ambas, y al tratarlas como heridas equiparables, cometemos ese error. No hay peor veneno que el que anida en el alma, el que mancha los sueños, el que empapa el valor. Por eso, es preciso saber cuándo uno se enfrenta a lo terrenal, y cuando cose los descosidos jirones del alma...

Escuché una noche de luna nueva de la boca de una bruja (quizás era mi imaginación la que me hablaba, pero su voz era tan parecida a la de una bruja...) la siguiente historia. Un joven poeta había desarrollado una importante habilidad. Era capaz de pintar, con sus palabras, cualquier escena que se le pidiera. Su pluma esparcía la tinta sobre el papel de un modo magistral, componiendo en frases historias de todo tipo, alabanzas, amor, odio...cualquier cosa. Tanto es así que un afamado gobernante lo acogió bajo su ala, y sin querer, cortó las del poeta. Porque su trabajo consistía en componer todo aquello que su mecenas le solicitaba.

Una noche, mientras la luna llena arrancaba del río pálidos destellos, donde las ramas jugaban a cortar la imagen del cielo, el poeta conoció a una preciosa mujer. Sus ojos, tan grandes como el deseo que despertaban, coronaban un rostro cuyos labios parecían arropar cada palabra que manaba de su garganta.

Hinchó su pecho, intentó que brotaran de él hermosos versos que planeaban sobre su mente. Metáforas e hipérboles entrelazadas en su inspiración, sostenidas por tercetos y cuartetos que ya tenían puesto el sombrero para salir...pero no podía. Porque no hay nada peor que tener afónica el alma, que haber dejado la inspiración en el paragüero de cualquier local...

Intentó seguirla, convencerla de que aún tenía puro el espíritu de aquel que se expresa en versos, de aquel que sólo busca la belleza como último destino. Cuando por fin consiguió alcanzarla, su pluma pesaba en el bolsillo, y estaba afilada. Había mudado en espada. Y al sacarla, sin querer, escupió un tajo sobre su musa. Y ambos se desangraban bajo la lluvia de aquella noche...una en sangre; el otro en lágrimas."

- ¿Se puede morir si se pierden todas las lágrimas?
- Por supuesto. Esa es la muerte en vida. La de aquel que no puede hacer nada por mitigar su dolor. Dolor que nuestro amigo recibe al saltarse la única regla, creo yo, que alguien debe marcarse: ser uno mismo, y no venderse ante nadie. Cuando uno olvida quien es, puede herir a quien le rodea, y no hay peor dolor que el ajeno, el de sufrirlo por haber dañado a quien se ama.

(Quizás fuera el ambiente, quizás la sugestión, pero mi amigo manaba espesas lágrimas a través de sus pupilas...y quedaban atrapadas al filo de su barba. Parecía empezar a morir en vida, como él decía. Y ahí...la tristeza me dio un pellizco.)