sábado, 15 de abril de 2017

Cuentos del Loco XIV: El Último Truco

“La confusión es la clave de sol del hombre. Porque suele entender algunos conceptos, sencillos y comprensibles, dándole el sentido inverso. Así, asociamos el éxito a logros materiales, olvidando que, por definición, lo material se disuelve en una taza de tiempo, como una infusión de olvido templada, que se bebe de un sorbo. En cambio, lo permanente, lo imborrable; esas sensaciones, sentimientos, gestos pintados con el alma, acciones regaladas sin argumentos…ni siquiera son tasadas. Son devaluadas por la mente, y la mente… ¡Oh Dios! Jaula y cielo abierto, amante y verdugo…poderosa…

 En esta ocasión, hablaré de alguien que atesoró fama tiempo atrás. Se hacía llamar mago, capaz de ejecutar portentosos trucos delante de su audiencia, engañando al incauto, sorprendiendo al despistado, complaciendo a quien con poco se conforma. Así de evidente solía ser su auditorio.

Al principio, su historia era un tarro de miel derramado sobre el papel. Sobre las tablas del escenario, representaba un papel. Ganaba cada tramo de atención, cada gota de admiración, con sencillos halagos, y así relajaba la atención de  su audiencia. Entonces, clavaba su astucia en el cuello de las víctimas, que embelesadas, sonreían ante sus geniales maniobras…
Sin embargo, cuando salía a la calle, era alguien normal, que sonreía a los suyos, ayudaba al resto, se complacía en humildad de aquellos que le adornaban el ego…que terminó por devorarlo. Porque, “si siendo así, todos me admiran, será por todo lo que hago sobre el escenario”. Y entonces traspasó su habilidad fuera de las bambalinas. Lejos del patio de butacas. Comenzó a regalar oídos en la calle, a decirle a cada cual lo que esperaba oír.

Pero esto acarrea el problema de que, al final, un halago choca de frente con otro regalado a un tercero, porque su existencia no es compatible, porque para halagar, a veces, se espera de nosotros una lengua envenenada.

La gente empezó a dedicarle miradas huidizas. La puerta de su casa dejó de ser golpeada. En la calle, todos mantenían con él vacías conversaciones. Agotado por su esfuerzo de retornar, de no enfermar de soledad, anunció a todos su mejor truco.

Se trataba de clavarse un puñal en el vientre, y resultar ileso. Obviamente, como era de esperar, empezó a sangrar. Porque las entrañas no saben de engaños, y si son apuñaladas, protestan sangre. Se derramaba su vida, enrojecía aquella tarde con su sangre. Nadie le prestó atención, porque del mentiroso solo cabe esperar una mentira. Y allí, tendido sobre el empedrado…empezaron sus ojos a cubrirse de una tela vidriada, y una última lágrima se diluyó en el charco carmesí que tintaba el suelo…la soledad se comía su magia…” 

-Qué horrible destino!
      -Pero, ¿qué esperabas? Jugar con una habilidad para disfrazar la verdad, cuando esto no se hace para aliviar un impacto a otro, es reírse del destino. Porque cuando alguien basa su gloria en algo manchado por la mentira, ese tinte suele disolverse. Hay que distinguir el escenario, tu cara a quienes no te conocen, de la vida, de quienes te rodean y te quieren. Porque a los primeros nunca los herirás; no puede dañarse a quien no le importas. Pero a los últimos, sí, y si lo haces, te castigarán con el látigo más espinado: la indiferencia.


(Sus ojos, oscuros como siempre, gritaron esa última palabra. Juraría que una lágrima tiznada de negro reptó por la fina piel de su rostro…y del mismo modo, comprendí que, por esa tarde, habíamos terminado. Aquella noche, las agujas de mi despertador me acompasaron pensando en aquella mirada.)

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