sábado, 11 de febrero de 2017

Cuentos del Loco XIII: Los ecos del tiempo

“¿Cuánto mide una hora? 60 minutos si estoy cómodo, sonriente; 3600 segundos si es tristeza quien se sienta en mis rodillas. Entonces… ¿medimos en sonrisas o en lágrimas el tiempo?  Cuestión difícil. Precisamente por eso hay que atrapar el momento al vuelo, cuando llama a la puerta, cuando se posa en tu barandilla. Lágrimas, muchas. Sonrisas, escasas. Momento…único. Aunque, claro, reconozco que un reloj que mida algo que no sea horas, minutos o segundos…tiene una fabricación compleja.

¿Conoces la historia de aquel famoso príncipe?¿El que vivía en el Palacio Grande a la orilla del año que pasó, en frente del venidero. Bueno, es igual. El caso…la historia nos cuenta que este chico se jactaba de una ajetreada vida. No podía tener un único secretario, porque terminarán con las muñecas inutilizadas, porque dos manos no bastaban para recoger lo que iba a vivir nuestro príncipe.
Se preocupaba de enumerar sus eventos, sus capítulos, no de protagonizarlos. Porque dos siempre es más que uno, se decía a sí mismo, y lo importante era acumular citas y quehaceres. Por este motivo, no podía evitar pensar en el siguiente paso mientras estaba aún en la zancada del anterior. Y así fue escribiendo sus días, así fue tejiendo su tiempo.

En cierta ocasión, preparando un viaje, memorizó cada etapa que debía realizar. Pese a que su aventura era fascinante, moteada de momentos por vivir, él se preocupó más de anotar cuántos pasos eran, y en qué orden se darían.Así, mientras cabalgaba en su caballo, por un sendero, iba tan seguro de su siguiente cruce que no reparó en que su montura brotaba espuma de su boca. Y al llegar a aquel cruce, mientras trataba de concentrarse en el siguiente puente, no vio como el corcel iba cerrando sus ojos…y el mirar a la otra orilla, ya en el puente, se dio cuenta en el aire de cómo se desplomaba su caballo, y el caía al agua. Cuando salió del río, sin transporte, de noche…intentó encontrar su camino…pero no tenía esto planeado.

Tampoco sabía cuándo se iría la soledad que ahora estaba en su agenda. Frío, helado, se recostó bajo un árbol. Durmió unas horas, y a la mañana siguiente, comenzó a hablar consigo mismo, intentando recordar dónde iba…pero al no ser capaz…ahogó,en un mar de suposiciones de futuro, sus recuerdos pasados…olvidó quién era…dónde iba…de dónde venía…”

-         - ¿Y ya está?¿Vagó eternamente?
-         - ¿Cómo saberlo? Si no era capaz de vivir sin predecir, ¿cómo hacerlo sin guía?¿cómo conseguirlo sin recordad? Porque los momentos no se enumeran, se viven. Se disfrutan si se puede, y si no, al menos, aprendemos de ellos. Si es importante saber dónde se va, también merece la pena no olvidar de dónde se viene.


(Siguiendo el eco de sus palabras, aprendí a desandar los minutos, y su mirada me recordó de que parpadeo veníamos, y sin embargo, me cuesta pintar sus ojos sobre el papel.)